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En la campaña presidencial se evidencia el desconocimiento de la situación real del régimen impositivo colombiano.
Los candidatos prometen aumentar o reducir los impuestos, hacer una reforma o no hacer nada, porque no se requieren más recursos, como afirma el candidato Santos, pero no se advierte en sus frases que conocen el problema y la urgencia de resolverlo. Porque no se trata simplemente de reducir el déficit o financiar la salud; es indispensable corregir los graves defectos del sistema tributario, que además son crecientes, gracias a los contratos de estabilidad jurídica y de zonas francas.
Se afirma como principio que la redistribución del ingreso debe surtir efecto a través del gasto social, antes que en el ingreso, pero este principio parte de una adecuada y suficiente recaudación tributaria. Porque es imposible hacer gasto social con los impuestos que se esfuman, y en Colombia este es un hecho común y frecuente, debido a una legislación que facilita la evasión, que regala o reduce los impuestos de manera discrecional, que estimula la fuga de capitales a través de paraísos fiscales, que traslada recursos del fisco a los países de origen de los inversionistas extranjeros, que favorece a los grandes contribuyentes por encima de los pequeños y medianos y que poco o nada hace por la generación de empleo.
No se necesita crear nuevos o mayores impuestos; hay que cobrar los que equitativamente corresponden a cada ciudadano.
Nuestro sistema tributario sigue contribuyendo a incrementar las desigualdades, dejándose contagiar de alguna manera de la fiebre de ese afán de enriquecimiento inmediato y desmedido, exacerbado por la abundancia de los dineros del narcotráfico. En cuanto a desarrollo real, nada sacamos con mostrar las bondades de las cifras macroeconómicas, si, por el contrario, los datos de pobreza, miseria, informalidad, desigualdad y concentración de la riqueza nos ubican como un país del tercer mundo.
El verdadero desarrollo no es el que se lee en los diarios económicos, sino el que se siente en las calles, en los hospitales públicos, en las escuelas y en los barrios marginales. Cada año, en época de lluvias, las mismas zonas se inundan, los mismos caminos se destrozan; pero la solución, si aparece, siempre es coyuntural: hasta el próximo deslizamiento.
La gente en Colombia es solidaria, pero no podemos vivir de ayudas temporales, donaciones y limosnas, a veces con fines electorales. En un país rico en recursos naturales, el Estado debe estar en condiciones de atender sus responsabilidades, y la forma más efectiva de hacerlo es a través de una tributación general, justa, equitativa, eficiente y bien administrada.
Las oportunidades de corrupción surgen muchas veces en la expedición misma de las normas, y se alimentan del clientelismo, porque las recomendaciones puramente políticas no son siempre ingenuas ni desinteresadas. Sólo uno o dos candidatos se han referido en esta campaña a la meritocracia, quizá por el desprestigio que ha sufrido ese vocablo en el Gobierno que termina; pero el hecho de que la confianza en el Estado se haya deteriorado tanto en los últimos años no significa que debamos renunciar a luchar por los más elementales principios éticos.
Consultor tributario