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El 12 de julio, en Washington, Ignacio García-Bercero caminó sonriente hacia los micrófonos de los periodistas que lo esperaban atentos para escuchar sus declaraciones. “Esta semana ha sido muy productiva”. Una frase que parece calcada de todos los representantes de gobierno que se acaban de adentrar en una negociación de un acuerdo comercial. Como jefe negociador de la Unión Europea, García-Bercero no se podía salir de la plantilla.
A su lado, Dan Mullaney, micrófono en mano, calificó las discusiones como “muy positivas”, refiriéndose, por supuesto, al balance de los primeros cinco días en los que su equipo y el de su vecino de conferencia habían tratado temas trascendentales para el comercio mundial. Bueno, para el comercio entre Estados Unidos y la Unión Europea, pues Mullaney es el jefe negociador del equipo designado por Barack Obama y que en una estrategia para incrementar las exportaciones ve en el Viejo Continente una buena porción de consumidores.
Sin muchos reparos y más bien con un discurso preparado, los dos ejecutivos advirtieron que una “amplia gama de temas” se debatieron como preámbulo. Agro, apertura de mercados públicos y propiedad intelectual, por ejemplo. “Los negociadores han identificado áreas de convergencia (…) y comenzaron a estudiar la forma de conciliar sus visiones en los puntos de divergencia”, apuntaron. De nuevo. En concreto, no dijeron nada.
Lo que se sabe, por razones obvias de comercio internacional, es que el objetivo del acuerdo es eliminar todas las barreras, aduaneras y sobre todo reglamentarias, que obstaculizan el comercio entre Estados Unidos, catalogada la primera potencia mundial, y la Unión Europea, su principal socio comercial. Sólo un “queremos avanzar rápidamente” fue el destacable anuncio.
Declaraciones que, al final, no fueron noticia. Las que sí, vinieron de parte de Pascal Lammy, el director de la Organización Mundial de Comercio (OMC), una semana después, cuestionando esas conversaciones en las que andan europeos y americanos. Tras los anuncios de las negociaciones comerciales entre la Unión Europea y los Estados Unidos, y las conversaciones de 11 países para crear un Acuerdo Estratégico Trans Pacífico de Asociación Económica (Aetpae), al que Japón se unirá por primera vez la semana que entra, de acuerdo con el diario británico Financial Times, “han sido vistas por algunos como grandes rivales a la ronda de liberalización de Doha, apoyada por la OMC”.
Advierte Lammy, en una entrevista concedida al mismo periódico, que “no era claro si los funcionarios en Washington, Bruselas y Tokio habían pensado cómo un acuerdo transatlántico encajaría con uno transpacífico y con otros esfuerzos de negociación regional, como la Asociación de Naciones del Sureste Asiático, que tiene 10 miembros, y que intenta unificar sus acuerdos bilaterales con países como China, Australia y Japón, dentro de un solo marco regional”.
Aún no hay nada firmado. No se ha puesto un sello de tinta sobre ningún documento, por eso la preocupación es tan respetable como importante. Lammy tiene razón en preocuparse, porque siente que no hay claridad en si el mensaje que enviaron EE.UU. y la UE debe verse como un preámbulo o una barrera a lo que ya se estaba trabajando con el Aetpae. A final de cuentas, aclara Lammy, lo que se busca desde la Organización Mundial del Comercio es la coherencia regulatoria.
En la misma entrevista que le dio a The Financial Times, suelta una duda. Y otra más. “Cuando hago esta pregunta en Bruselas me dicen: ‘no se preocupe, director general, lo haremos coherente’. Cuando voy a Washington y hago estas preguntas, me dicen: ‘no se preocupe, lo haremos coherente’. Y cuando voy a Tokio y pregunto quién lo va a hacer coherente, dicen: ‘no sabemos’”.
En octubre se reunirán los europeos y los americanos nuevamente para una segunda semana de negociación, de discusiones y preacuerdos. Al final, como dijo Lammy en su entrevista, “la pregunta real es si esto llevará o no a una convergencia multilateral” que beneficie a todo el comercio internacional. Como en toda las negociaciones, vendrán muchas rondas largas y extensas. Sólo cuando lleguen a sanción presidencial se podrá saber si Lammy tenía razón o no. Para ese momento ya se habrá ido de la OMC.