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Introducción: el gran engaño, un embuste
Superar los grandes retos de nuestro tiempo —desde pandemias hasta la crisis climática— requiere ambición y destreza. En nuestras economías, la experiencia y el conocimiento técnico, y las personas con habilidades para la gestión de proyectos, deberían guiar cualquier tipo de organización. Las empresas, los gobiernos y las organizaciones de la sociedad civil con estas capacidades pueden entonces trabajar juntas para satisfacer nuestras necesidades colectivas de carácter social, económico y medioambiental.
Y, sin embargo, esto no describe el mundo en que vivimos. Muchos gobiernos han dejado de invertir en su capacidad y sus competencias, y no asumen riesgos por miedo al fracaso. Numerosas empresas han eludido la responsabilidad de hacer cambios y se centran en obtener beneficios a corto plazo mediante estrategias cómodas e improductivas, como por ejemplo la recompra de sus acciones para aumentar su precio, o no pagar a los trabajadores lo que por justicia les corresponde. En el último medio siglo, el mal gobierno, tanto de las empresas como del Estado, ha hecho que el cortoplacismo se imponga a las inversiones necesarias para el progreso. Estas tendencias han hecho que las organizaciones se vacíen de conocimiento, capacidades y visión.
Hay un grupo de actores que ha aprovechado esta forma de capitalismo y la merma subyacente de las competencias para, mientras tanto, ganar enormes sumas de dinero: el sector de la consultoría.
Empresas como McKinsey, Boston Consulting Group (BCG) y Bain & Company (a las que se suele llamar las “tres grandes” consultoras estratégicas) y PricewaterhouseCoopers (PwC), Deloitte, KPMG y Ernst & Young (EY) (las “cuatro grandes” consultoras de auditoría) son contratadas por gobiernos, empresas y otras organizaciones para que realicen varios tipos de tareas en su nombre. Cuando las empresas contratan a consultoras, a veces las tareas que les encargan tienen que ver con la estrategia corporativa, a veces con la gestión y ejecución de un proyecto específico y a veces con una capacidad concreta, como las tecnologías de la información (TI) o la planificación financiera. Los gobiernos suelen contratar a las consultoras para que les ayuden a realizar funciones esenciales, desde el desarrollo de estrategias de adaptación al cambio climático hasta el despliegue de programas de vacunación y la puesta en marcha de servicios sociales.
Hoy en día, el sector de la consultoría y los contratos que se le adjudican han alcanzado un tamaño descomunal. Y su crecimiento no muestra ningún indicio de desaceleración. En 2021, las estimaciones del mercado global de servicios de consultoría oscilaban entre casi US$700.000 millones y más de US$900.000 millones (de 640.000 millones de euros a más de 825.000 millones de euros), aunque estas cifras no proporcionan una visión completa de la actividad de las consultoras.

En todas partes
La omnipresencia de los consultores en la economía resulta sorprendente. De hecho, durante los dos primeros años de la pandemia del covid-19 (2020-2021), los gobiernos gastaron una cantidad de dinero sin precedentes en contratos con las grandes consultoras. En julio de 2020, McKinsey ya había conseguido más de US$100 millones (92 millones de euros) del Gobierno federal de Estados Unidos para llevar a cabo tareas relacionadas con la pandemia.
En el Reino Unido, Deloitte recibió al menos 279,5 millones de libras (325 millones de euros) del Gobierno central en 2021. Una estimación sugiere que, ese mismo año, los organismos públicos británicos adjudicaron contratos de consultoría por valor de más de 2.500 millones de libras (2.900 millones de euros).
En Italia, McKinsey fue contratada para organizar la parte que correspondía al país del fondo europeo de recuperación, destinado a enfrentar las consecuencias de la pandemia, que ascendía a 191.500 millones de euros. Los consultores también han participado en la toma de decisiones al más alto nivel durante muchas de las turbulencias económicas globales de la última década, desde la crisis de deuda de la eurozona hasta la recuperación de Puerto Rico tras el huracán María.
Durante ese tiempo, las tres grandes y las cuatro grandes también han sido contratadas para diseñar ciudades inteligentes, desarrollar estrategias nacionales de cero emisiones netas, proponer reformas educativas, asesorar a ejércitos, gestionar la construcción de hospitales, redactar códigos de ética médica, elaborar legislación fiscal, supervisar la privatización de empresas estatales, gestionar fusiones entre empresas farmacéuticas y llevar las infraestructuras digitales de innumerables organizaciones. Los contratos de consultoría abarcan varios sectores y cadenas de valor, diferentes países y continentes, e influyen en todos los ámbitos de la sociedad.
¿Acaso tiene eso alguna importancia? ¿Debería preocuparnos? Al fin de cuentas, ¿no se limitan a ayudar a sus clientes a ser más eficientes, a hacer aquello de lo que estos no son capaces de hacer?
Este libro muestra por qué el aumento de los contratos de consultoría, el modelo de negocio de las grandes consultoras, los conflictos de intereses subyacentes y la falta de transparencia importan muchísimo. El sector de la consultoría actual no es una simple mano amiga; su asesoramiento y sus actuaciones no son de carácter estrictamente técnico y neutral, ni se limitan a facilitar un funcionamiento de la sociedad más eficaz y a reducir los “costes de transacción” de los clientes. Permite que se lleve a la práctica una visión particular de la economía que ha creado disfunciones en gobiernos y empresas de todo el mundo.
En la Edad Dorada estadounidense de finales del siglo XIX, los engaños —o las estafas— recurrían a ofertas de información privilegiada, tecnología asombrosa y engaños lingüísticos para cometer delitos de robo y extraer riqueza de manera ilegal.
Lo que nosotras llamamos el Gran Engaño no es una actividad delictiva. Describe el embuste que el sector de la consultoría lleva a cabo en sus contratos con gobiernos vaciados y tímidos y con empresas que maximizan el valor para los accionistas. Estos contratos le permiten obtener unos ingresos que superan con creces el valor real que proporciona; son una forma de “rentas económicas” o unos “ingresos obtenidos que exceden la retribución que correspondería a la contribución de un factor de producción a la creación de valor”.
Estas rentas no derivan necesariamente de la posesión de activos de conocimiento escasos y valiosos, sino de la habilidad para crear una impresión de valor. Las prácticas de la consultoría y los enormes recursos y redes de las grandes consultoras contribuyen a infundir confianza en el valor de la consultoría y la profesión de consultor.
Si bien la consultoría es una profesión antigua, el Gran Engaño se incrementó a partir de las décadas de 1980 y 1990, tras las reformas tanto de la derecha neoliberal como de los progresistas de la “tercera vía”, a ambos lados del espectro político. Las empresas se orientaron cada vez más a beneficiar los intereses a corto plazo de sus accionistas.
El sector público se transformó de acuerdo con el credo de la nueva gestión pública, una agenda política que pretendía que el funcionamiento de la administración se pareciera más al de una empresa y redujo la confianza en las capacidades de los funcionarios. Estas tendencias también hicieron que quienes trabajaban en empresas y organizaciones gubernamentales se volvieran inseguros y necesitasen justificar constantemente sus decisiones ante los demás: los ejecutivos de las empresas, ante sus accionistas; y los funcionarios, ante una población y unos medios de comunicación siempre escépticos, que les culparían de cualquier fallo o error.
Aprovechar las tendencias del capitalismo
Por supuesto, el Gran Engaño no es responsable de todos los males del capitalismo moderno, pero prospera gracias a sus disfuncionalidades: las finanzas especulativas, un sector empresarial cortoplacista y un sector público reacio al riesgo. Ha capitalizado la ambición genuina de algunos ciudadanos, políticos y líderes empresariales de afrontar retos como la crisis climática, la pandemia y la creciente desigualdad, que se consideran oportunidades para asesorar a aquellas organizaciones que necesitan adaptarse.
Existe una relación arraigada y de refuerzo mutuo entre el sector de la consultoría y las actuales formas de gobierno heredadas en empresas y administraciones públicas. Su éxito se debe al poder estructural único que las grandes consultoras ejercen a través de amplios contratos y redes que abarcan toda la economía, y a su reputación histórica de ser proveedores objetivos de conocimiento especializado.
De hecho, los consultores tienen cabida en nuestra economía. El asesoramiento y la capacidad de la consultoría resultan productivos cuando son complementarios y provienen de actores capaces, que poseen un conocimiento auténtico que crea valor. El problema no es la consultoría en sí ni las intenciones de los consultores, que a menudo esperan lograr cambios con su trabajo, sino el sector de la consultoría, que se desplaza de los márgenes al centro y no deja de expandirse. Se alimenta de las debilidades de nuestras economías y al hacerlo, en lugar de ayudar a los clientes, los vacía, lo que después crea más oportunidades para las rentas acumuladas. Sería como si un psicoterapeuta no estuviera interesado en que sus clientes lograran ser independientes y tuvieran una buena salud mental, sino que utilizara esa salud frágil para generar una dependencia y un flujo de honorarios cada vez mayor.
Desde que en 2019 empezamos a investigar para este libro, los periodistas de investigación y las indagaciones gubernamentales han ido sacando a la luz con mayor frecuencia escándalos que implican a las consultoras.
Apenas pasa una semana sin que salga alguna noticia sobre un nuevo caso de corrupción, un conflicto de intereses o un accidente evitable en el que está involucrada una consultora global. Pero estos fiascos que aparecen en los titulares son solo la punta del iceberg. Los ejemplos evidentes de fracaso o abuso por parte de una gran empresa de consultoría suelen ser manifestaciones de problemas sistémicos más amplios, aunque rara vez se entienden como tales.
Los numerosos contratos adjudicados a las consultoras, su pretendida pericia, sus incentivos económicos y la influencia que se concede a estas grandes empresas en ámbitos importantes del Gobierno y los negocios no se analizan como síntomas de problemas estructurales más amplios y profundos derivados de la manera en que hemos organizado el sistema capitalista.
Y lo cierto es que la mayoría de los votantes y empleados casi nunca saben cuándo hay consultores implicados, cuánto se les paga, quiénes son sus otros clientes, el alcance de sus intereses, a menudo opuestos, ni para qué se les ha contratado. Desconocen si la consultora contratada ha realizado bien o mal la tarea; ni, cuando esta sale mal, quién es el responsable.
La naturaleza de los contratos de consultoría, la responsabilidad limitada y el modelo de negocio de las grandes consultoras hacen que normalmente sean los empleados de sus clientes y los ciudadanos los que acaban asumiendo los riesgos del fracaso de la consultoría. Esta diferencia entre las retribuciones que se llevan (grandes) y el riesgo real que asumen (pequeño) hace que las rentas obtenidas sean aún mayores.
La historia de la consultoría moderna es, en el fondo, la historia del capitalismo moderno: el Gran Engaño se ha aprovechado de todas las tendencias. En el Gobierno, las grandes consultoras han promovido y se han beneficiado de las tendencias relacionadas con la privatización, la reforma de la gestión, la financiación privada, la externalización de los servicios públicos, la digitalización y la austeridad.
En las empresas, han contribuido a afianzar nuevos modelos y formas de gestión corporativa, desde la difusión de la contabilidad de costes hasta la proliferación en toda Europa de las corporaciones multidivisionales en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y el auge de la maximización del valor para el accionista en todo el mundo a partir de la década de 1980.
Estas políticas no fueron idea de las consultoras, pero ellas han contribuido a difundirlas y conformarlas y, en última instancia, las han utilizado para extraer valor. Ahora que el mundo se va dando cuenta de los males del capitalismo moderno y de que es necesario un “propósito” mayor tras el gobierno corporativo, el sector de la consultoría promete revertir los problemas que ayudó a crear: el auge de los contratos de asesoramiento “medioambiental, social y de gobierno corporativo” (ESG por sus siglas en inglés) es el último ejemplo.
Tal vez el ámbito en el que el Gran Engaño ha tenido mayores consecuencias es la lucha contra la catástrofe climática. El sector de la consultoría contribuyó a implantar formas de producción orientadas a la maximización del beneficio a corto plazo que han incrementado las emisiones de carbono. Ahora, ante la creciente preocupación por la crisis climática, se suma a una nueva tendencia y está obstruyendo transformaciones a gran escala que es necesario llevar a cabo en todas nuestras economías, que son grandes generadoras de carbono.
Está proporcionando a los gobiernos y empresas unos marcos que facilitan la apariencia de compromiso sin la exigencia de tomar medidas, por ejemplo, mediante la creación y promoción de herramientas ESG que Tariq Fancy, antiguo ejecutivo de BlackRock y más tarde denunciante, ha llamado una “distracción peligrosa”.
El sector de la consultoría es uno de los muchos actores que han conformado una respuesta a la crisis climática impulsada por el mercado y se han beneficiado de ella, pero son las generaciones futuras y los que viven ahora en las regiones más expuestas al cambio climático quienes soportarán los riesgos del fracaso de esa respuesta.
En otras palabras, las consecuencias que el Gran Engaño tiene en nuestra capacidad colectiva para abordar los enormes retos actuales son claras y más urgentes que nunca.
* Se publica con autorización de Penguin Random House Grupo Editorial. Mariana Mazzucato es catedrática de Economía de la Innovación y Valor Público en el University College de Londres, donde dirige el Instituto de Innovación y Propósito Público. Bajo el sello editorial Taurus ha publicado El valor de las cosas (2019), Misión economía (2021) y El Estado emprendedor (2022). Es asesora de varios gobernantes internacionales, incluso ha tenido charlas con el presidente colombiano Gustavo Petro, y es presidenta del Consejo de Economía de la Salud para Todos de la Organización Mundial de la Salud, así como miembro de la Junta Consultiva de Alto Nivel de Asuntos Económicos y Sociales de la ONU. Rosie Collington es economista y doctoranda en el Instituto de Innovación y Propósito Público del University College de Londres, donde investiga de la gobernanza del Estado y la transición ecológica. Ha escrito para The Guardian, OpenDemocracy, The Independent, New Political Economy y el Institute for New Economic Thinking.
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