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Los acuerdos entre aerolíneas no motivarán el despegue del capital

Alguna vez Warren Buffet hizo la famosa observación de que cualquier capitalista en sus cabales que hubiese visto la aeronave de los hermanos Wright despegar de Kitty Hawk habría debido derribarla y ahorrarle a los inversionistas un siglo de agonía. Tenía razón.

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Desde los albores de la aviación comercial las aerolíneas han dado rendimientos insignificantes. La Asociación Internacional de Transporte Aéreo calcula que la industria perdió US$9.400 millones en 2009. Por desgracia, la agonía no da señales de estar llegando a su fin.

Persiste no porque las aerolíneas necesariamente sean improductivas, sino por un exceso de intervención gubernamental. Gran parte de estos problemas provienen del fin de la Segunda Guerra Mundial, cuando se diseñaron las convenciones internacionales en torno al tránsito aéreo. Hoy éstas afianzan los excedentes de oferta y restringen la consolidación transfronteriza. Son anticuadas y afectan sobre todo a las empresas de los mercados maduros, como Europa y Estados Unidos.

Las aerolíneas pretenden ser industrias como las de otros sectores. Sus participantes ejecutan alianzas transfronterizas y fusiones. Sin embargo, esto no atiende el problema de la oferta. La más reciente de estas alianzas, la fusión entre British Airways e Iberia, promete generar ahorros. No obstante, esto no implica la reducción de la oferta o de servicios como el mantenimiento de las aeronaves. No cerrarán ninguna de las dos sedes principales. Seguirán conviviendo dos aerolíneas con banderas nacionales dentro de la entidad fusionada.

Es una historia similar a la que sucede en los Estados Unidos. Aunque es cierto que no aplican las restricciones transfronterizas, Washington dificulta el logro de acuerdos entre aerolíneas nacionales. El que United haya reanudado sus conversaciones con US Airways no quiere decir que el éxito esté asegurado. La última vez que hablaron fue en 2001, cuando el acuerdo estaba deshecho luego de que los sindicatos y las autoridades antimonopolio amenazaran con bloquearlo.

Un último problema es que las naciones son reacias a permitir que de sus aerolíneas desaparezca su bandera, dificultando la consolidación por descarte.

Aunque se ha hablado de una reforma internacional durante los últimos 20 años, la voluntad política es débil. Un acuerdo que habría podido liberalizar las reglas de propiedad en Europa y Estados Unidos las dejó intactas. Claramente, el transporte aéreo sigue siendo un sector “estratégico”, que en la mente de los políticos está conectado al comercio y al empleo. Los políticos aún se preocupan por la bandera sobre el costado de una aeronave, así no lo hagan sus pasajeros.

La causa a favor de un cambio, sin embargo, es contundente. Las restricciones a la toma entre empresas se deben levantar y es necesario permitir que las aerolíneas fracasen. Mientras esto no suceda, los inversionistas deberían atender lo que afirma Buffet y evitar a las aerolíneas; o al menos acercarse a ellas sólo para un aleteo.

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