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El presidente estadounidense Donald Trump anunció este miércoles la expansión más vasta y agresiva de su política arancelaria hasta el momento, incluyendo lo que ya había hecho durante su primer mandato.
Durante semanas se había especulado por el rumbo del anuncio y el alcance de las medidas. Lo que estaba sobre la mesa eran dos grandes opciones: aranceles generalizados o tarifas diferenciales para ciertos países y productos.
Excepto por la Casa Blanca, el consenso entre economistas es que los aranceles son una mala idea y que la subsecuente guerra comercial no beneficia a nadie. Entonces, de entrada, estamos hablando de un escenario ciertamente negativo. Y lo que pasó este miércoles es que algo que ya era malo se puso peor.
Trump anunció una mezcla de estas dos opciones: una tarifa general y global de 10 % para los bienes que entren a EE.UU., además de una serie de aranceles recíprocos que aplican para las naciones con las que ese país sostiene mayores déficits comerciales.
El anuncio es una carga de profundidad sobre el sistema de comercio mundial, que el propio Trump ve como una gran injusticia hacia su país. Precisamente, Estados Unidos es uno de los principales importadores del mundo, con más de US$3,3 billones en compras internacionales en 2024 (superando el PIB de algunas economías avanzadas).
¿Qué significa el anuncio en términos prácticos? Dos cosas. Para algunos países los aranceles hacia sus productos tendrán una serie de tasas diferenciales, 34 % para el caso chino, 46 % para Vietnam, 49 % para Camboya, 24 % para Japón, 26 % para India. O sea, a estos ejemplos les cae la tarifa general de 10 %, además de un extra por portarse mal, desde la lógica trumpiana.
Para todos los que no estamos dentro de la lista de aranceles recíprocos aplica una tasa global de 10 %. Esto incluye a Colombia, cuyo principal socio comercial es, justamente, Estados Unidos.
El mundo del comercio según Trump
El presidente estadounidense está invocando una ley de 1977 que le permite al inquilino de la Casa Blanca intervenir en las transacciones internacionales del país (con fines de atender una emergencia económica o de seguridad nacional, principalmente).
Durante su discurso en los jardines de la Casa Blanca, Trump aseguró que esta orden ejecutiva busca corregir aberraciones en el comercio mundial. Habló de aranceles de 250 % por parte de Canadá a los productos lácteos estadounidenses. Pero no mencionó que en el acuerdo comercial que tienen ambas naciones (firmado durante su primer mandato) hay cuotas exentas de estas tasas y que estas cantidades de exportaciones están siendo aprovechadas a capacidad por los productores lecheros de ese país.
Trump también mencionó que China le impone 65 % de aranceles al arroz estadounidense, pero no mencionó que durante la primera ronda de guerra comercial en su anterior mandato la administración federal tuvo que ofrecer ayuda para agricultores de ese país que se vieron perjudicados por los aranceles de ese entonces.
También habló del 10 % de aranceles que la Unión Europea le impone a los vehículos hechos en EE.UU., pero a la vez no dijo que su país le impone 25 % a los camiones fabricados en el exterior.
El argumento sobre el desbalance y, ciertamente, el tono de víctima de una conspiración global parece ser del todo menos cierto, al menos en la extensión presentada por Trump.
“Los aranceles de Trump tienen varios problemas”, argumenta Daniel Rangel, director de investigaciones de Rethink Trade, un centro de pensamiento, con sede en Washington, enfocado en política comercial.
Y añade: “Uno es la magnitud y cobertura: estos aranceles parecen mucho más agresivos de lo que sería necesario para apoyar la industria local. Segundo, la dispersión: imponer tasas de aranceles punitivos individualizados por país va a ser muy difícil de administrar. El tercer problema es la falta de certidumbre. No sabemos por cuánto tiempo van a permanecer estos aranceles y si va a abrirse un proceso de negociación bilateral en la que ciertos países logran salvarse”.
Los problemas de las medidas de Trump
Rangel toca un punto clave: no está claro cuál es el alcance completo de la medida de Trump. En la orden ejecutiva hay algunas excepciones básicas, entre ellos energía y minerales, pero no es del todo claro hasta el momento si cubrirá algunos productos tropicales que no se producen en ese país, y que no tienen un horizonte de producción cercano.
Así mismo, tampoco se sabe cuánto pueden durar estas medidas. Entrarán en efecto el 5 de abril en su modalidad general y el 9 de abril en la recíproca, pero no es claro hasta cuándo.
“Si nos guiamos por la justificación que dan, es decir, el déficit comercial crónico de Estados Unidos, uno esperaría que los aranceles se quedan por un buen tiempo ya que el déficit comercial en bienes de EE.UU., que supera el billón de dólares, no va a desaparecer en un par de meses. Ahora, si los aranceles causan demasiada disrupción económica, pueden echarlos para atrás o empezar a negociar acuerdos bilaterales”, explica Rangel.
Este nivel de incertidumbre es un asunto peligroso en este escenario, especialmente por los efectos que puede tener sobre los mercados y, así mismo, sobre el consumo.
Esto es algo que ya se puede leer a través de indicadores como la confianza de los consumidores en EE.UU., que registró en marzo su peor punto en 12 años, o el comportamiento de los mercados: el índice S&P 500 de Wall Street tuvo su peor mes (marzo) desde 2022 como consecuencia de los anuncios, y retractaciones, de Trump.
Los efectos de las medidas de Trump
En la mitad de estos anuncios, que con seguridad serán respondidos por parte de algunos jugadores, como la Unión Europea y China, juega la estabilidad de la economía global, así como el comportamiento de la inflación en EE.UU. (algo que le pega a las tasas de interés de la Reserva Federal y por ahí, a la salud del dólar).
Un análisis de Moody’s, una de las principales firmas calificadoras de riesgo, aseguró que si se aplican aranceles generalizados la recesión pasa de ser una posibilidad teórica a una realidad tangible casi que de forma inmediata. Los efectos económicos adversos durarían al menos un año y la tasa de desempleo pasaría 7 % (actualmente está en 4,1 %).
Claro, los aranceles traerían uno de los picos de recaudo tributario en EE.UU. más altos en la historia del país, con cifras que podrían acercarse a los US$6 billones.
Pero, a la vez, los efectos inflacionarios, así como en la creación y mantenimiento de empleo, podrían superar ampliamente las nuevas entradas de ingresos del gobierno federal.
“Desde la perspectiva del comercio internacional y del equilibrio global, es una mala noticia. Las guerras comerciales rara vez generan ganadores y, en este caso, es posible que veamos un efecto de choque sobre el ingreso que dependerá de múltiples factores. Aunque en términos de competitividad relativa los precios podrían mantenerse, el contexto económico se verá afectado”, aseguró Daniel Gómez Gaviria, vicepresidente del Consejo Privado de Competitividad (CPC).
El impacto de los aranceles en la economía colombiana
Estados Unidos es el principal socio comercial de Colombia y el mayor receptor de algunos de nuestros renglones más importantes en ventas internacionales. Hablamos acá de productos como flores, café y petróleo, por mencionar sólo algunos.
Tan sólo en los últimos 10 años, EE.UU. ha tenido una participación en las ventas internacionales de Colombia que no ha bajado de 25 % año a año, llegando a un pico de 32 % en 2016 y a su punto más bajo en 2018, con 25,47 %, según datos del Ministerio de Comercio.
Para hacerse una idea, en 2024, el 28,9 % de las exportaciones del país tuvieron como destino a EE.UU. El siguiente destino en el escalafón fue Panamá, con 8,7 %, según datos del DANE.
De fondo, el costo extra que imponen los aranceles se divide (aunque no en partes iguales) entre el precio que paga el consumidor final y los propios exportadores de los bienes.
El efecto sobre la economía colombiana aún no está del todo calculado, pues lo reciente de la medida, y su inusitada agresividad, sorprendió a prácticamente todo el ecosistema económico. Así lo reconoce Bruce Mac Master, presidente de la ANDI: “Es probablemente el hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, más disruptivo en términos de efectos sobre los mercados de comercio internacional. Tendremos que, con mucha serenidad, evaluar realmente cómo logramos aumentar nuestra competitividad y logramos además poder vender nuestros productos en los mercados internacionales”.
Sin embargo, hay algunas proyecciones. “Estimamos que el efecto neto sobre el crecimiento económico y, asimismo, sobre la balanza comercial de Colombia, de un arancel de 10 %, estaría en el rango 0,1-0, 3 puntos porcentuales del PIB. Ahora bien, este es un ejercicio preliminar en la ausencia de detalles. Además, no se puede descartar que se produzcan efectos positivos indirectos sobre algunos bienes por cuenta de los mayores aranceles impuestos por EE. UU. a otros países”, asegura Daniel Velandia, managing director de Research de Credicorp Capital.
En medio de este escenario, desde la Cámara de Comercio Colombo Americana (Amcham) se envió un mensaje de calma. María Claudia Lacouture, cabeza del gremio, aseguró que “Entendemos la preocupación que esta noticia puede generar, especialmente en sectores exportadores clave. Sin embargo, es importante mantener la perspectiva: al tratarse de una medida universal, todos los países proveedores enfrentan el mismo aumento, por lo que los productos colombianos siguen siendo competitivos en el mercado estadounidense”.
Y añadió: “Tomemos el caso del café: Colombia es el segundo país exportador de café a EE. UU., y aunque se enfrenta a un arancel de 10 %, este mismo porcentaje aplica para Brasil, su principal competidor, mientras que Vietnam, otro gran proveedor, enfrenta un arancel mucho más alto, de 46 %. Esta diferencia abre una ventana de oportunidad para Colombia en ese mercado”.
Algo similar opina Javier Díaz, de la Asociación Nacional de Comercio Exterior: “Para Colombia creo que la noticia en general es mala, porque estamos restringiendo el comercio, poniendo barreras al comercio y eso no resulta bueno. El comercio libre, el comercio abierto, sin restricciones beneficia a todos. Pero que se haya puesto un arancel general de 10 % a todos los países nos deja en igualdad de condiciones y de pronto aquellos países que tienen aranceles más altos quedan en desventaja frente a los que tienen la base general”.
Desde el Gobierno, con vocería de la Cancillería, se informó que “el Ministerio de Comercio estará revisando las medidas y sus implicaciones en el actual TLC con Estados Unidos y lo que se establece la Organización Mundial del Comercio”.
Se espera que este jueves en la mañana haya un pronunciamiento del Mincomercio desde Washington.
Si se quiere ver el vaso medio lleno, este momento podría servir para explorar algunas opciones, como explica Gómez, del CPC: “También es un momento para evaluar si existen espacios para revisar barreras arancelarias y no arancelarias, lo que podría abrir oportunidades de negociación en ciertos sectores. En ese sentido, aunque el panorama general es desafiante, pueden surgir áreas de diálogo que resulten en beneficios estratégicos”.
Lacouture finaliza diciendo algo en un tono parecido: “Hagamos una pausa, analicemos con objetividad y tomemos medidas estratégicas. Este es el momento de fortalecer la productividad, la promoción y la diversificación de mercados. Con inteligencia comercial y unidad, se puede enfrentar y salir fortalecidos”.
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