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La noticia de la descertificación de Colombia por parte de EE.UU. en materia de cultivos ilícitos era casi que un hecho descontado del calendario, como la certeza de que después del domingo viene, lamentablemente, el lunes.
Lo que estaba en la balanza eran las medidas económicas que podrían venir de la mano de esta decisión, que ya en dos ocasiones (1996 y 1997) se manifestaron con reducción de asistencia militar y económica.
Sin embargo, la decisión del gobierno de Donald Trump estuvo más del lado político de la ecuación, responsabilizando a la administración de Gustavo Petro de los malos resultados en materia de reducción de cultivos ilícitos.
“La no certificación para Colombia también es un fracaso para Estados Unidos y su política antidrogas, que deberán ser motivo de revisión y autocrítica, pues no hay que olvidar que el combate contra las drogas es una batalla conjunta, que deben librar tanto los países productores como los consumidores”, anota la Asociación Nacional de Comercio Exterior (Analdex) en una carta abierta publicada sobre este tema.
En el documento, sin embargo, la Asociación advierte un asunto que flota sobre el escenario económico: “Si bien la determinación de EE. UU. no representa, en primera instancia, un cambio en las barreras comerciales y arancelarias, podría significar para Colombia un escollo en la negociación bilateral con Estados Unidos por aranceles recíprocos, al tener aún menos poder de negociación. Hoy estamos con un arancel base de 10 % y anhelábamos tener algunas categorías de bienes excluidos”.
En otras palabras, la decisión puede representar una oportunidad perdida para mejorar el escenario comercial del país, justo en momentos en los que las exportaciones pasan por una situación interesante.
María Claudia Lacouture, presidenta de la Cámara Colombo Americana (AmCham), recuerda que “desde el 2 de abril de 2025, Estados Unidos impuso aranceles a más de 130 países. Colombia recibió el arancel menor del 10 %, que en la práctica actúa como un ‘nuevo 0 %’ frente a los niveles que enfrentan otros competidores, con excepciones para aluminio y acero y exenciones para petróleo y oro”.
Según cifras del Departamento Administrativo de Estadística Nacional (DANE), entre enero y julio de 2025, las exportaciones totalizaron US$28.820 millones, lo que se traduce en un crecimiento del 0,6 % frente al mismo periodo de 2024.
El sector agropecuario, alimentos y bebidas mostró el mayor aumento entre grandes renglones (35,8 %), seguido de las manufacturas (5,3 %). A la par, los combustibles y las exportaciones de las industrias extractivas, si bien siguen representando el mayor valor (US$11.275 millones entre enero y julio), mostraron una caída anual de casi 20 %.
“En tres años, Colombia ha resistido los choques externos y ha empezado a reconfigurar su comercio exterior hacia más valor agregado. Aunque las exportaciones han mostrado variaciones mensuales, el promedio anual se ha estabilizado cerca de US$4.000 millones FOB. Esto es una señal de resiliencia frente a caídas en el minero-energético gracias al impulso de otros sectores”, explica
Si bien las cifras sólo de julio mostraron una reducción frente al mismo mes del año pasado, vale destacar que los números del séptimo mes de este año (US$4.429 millones) son el mejor resultado de 2025 hasta el momento.
“Esto refleja un contexto global incierto y la volatilidad de los precios de los commodities, lo que implica seguir promoviendo y generando estrategias para impulsar las exportaciones del país”, asegura Clara Inés Pardo, profesora titular de la Escuela de Administración de la Universidad del Rosario.
Aquí es clave recordar que el principal socio comercial de Colombia es, y ha sido históricamente, Estados Unidos. Según Analdex, a julio de este año, más de 30 % de las exportaciones nacionales tienen como destino ese país.
En este contexto Lacouture explica que 82,7 % de las ventas de Colombia a Estados Unidos mantienen su competitividad. “Esta posición abre oportunidades para ganar participación en agroindustria, manufacturas y bienes no minero-energéticos, pero persisten desafíos en productos puntuales donde la competencia es fuerte o la elasticidad de precio es alta. La clave será aprovechar la ventaja actual reforzando productividad, diversificación y vínculos estratégicos”.
La descertificación, entonces, puede representar la pinchada del globo de la esperanza de mejorar la competitividad para ese 17 % que hoy pelea en condiciones desiguales frente a otros países a la hora de entrar al mercado estadounidense.
Las cifras del DANE permiten ver que, si bien el comercio exterior de Colombia no ha crecido significativamente en los últimos tres años, parece reconfigurarse de manera positiva para la diversificación de las exportaciones, un asunto que es tanto una necesidad, como una deuda.
Las exportaciones no mineras
El ministerio de Comercio, Industria y Turismo ha dejado en claro que la intención de la administración es enfocarse principalmente en las exportaciones no minero energéticas. Según AmCham, “el cambio más significativo ha sido la diversificación hacia bienes agroindustriales y manufacturas, con crecimientos destacados en café, aceite de palma, frutas, flores, químicos y productos elaborados”.
“Hay una transición en la estructura exportadora de Colombia. Las exportaciones no minero energéticas están creciendo con vigor y representan una participación cada vez mayor en el total exportado. En cambio, las minero-energéticas —tradicionalmente dominantes— están mostrando retrocesos significativos en valor y volumen”, explicó Pardo. Además, dentro de los productos que más apoyan este crecimiento Pardo señala que el café ha sido un especial “motor del dinamismo exportador en 2025”.
Ahora bien, la diversificación no se da por generación espontánea y, claro, no puede hacerse sin un norte claro. Sobre esto, Pardo señala que “diversificar no es negativo per se. Lo que puede ser riesgoso es diversificar sin estrategia o sin ventajas competitivas claras. Lo ideal es diversificar con inteligencia productiva, aprovechando sectores con potencial comprobado”.
Leonardo Barón, director comercial y socio fundador de Portic, empresa especializada en logística internacional, explica que la forma en la que se exportan los productos es fundamental.
“No pensemos en solamente exportar commodities. […] En vez de exportar plátano o banano, podemos exportar productos industrializados con algún valor agregado para que no dependamos de los valores de mercado internacionales, sino ya de un producto transformado que tiene márgenes de utilidad mucho mayores, menores fricciones y mayores ventajas competitivas por producto”, explica Barón.
Las nuevas apuestas exportadoras y la descertificación
Uno de los renglones que más resaltan gremios y analistas es la fabricación de transformadores eléctricos, que en buena parte están saliendo desde Risaralda. El renglón es interesante, pues no sólo le apunta a diversificar las ventas internacionales, sino también a fortalecer la fabricación industrial de bienes con valor agregado).
Por ejemplo, Hitachi Energy tiene una planta de transformadores ubicada en el municipio de Dosquebradas y a la fecha el 70 % de la misma se enfoca en su totalidad en la exportación. Jorge Camacho, Gerente de Transporte y Logística de la empresa explica que “desde Colombia, las exportaciones de Hitachi Energy se orientan en más de 80 % a las Américas, siendo Estados Unidos el principal destino, y el porcentaje restante otros países de Europa”.
Según lo explicado por Camacho, “las exportaciones de la compañía desde Colombia crecieron 79 % del 2022 al 2023 y 121 % del 2023 al 2024″, principalmente por la iniciativa de la empresa por la utilización de energías limpias para lograr un futuro “neutro en carbono”.
De acuerdo con Analdex, las exportaciones entre enero y julio con destino a Estados Unidos sumaron US$8.811 millones, lo que representa un crecimiento de casi 8 % frente al mismo periodo de 2024.
Otro punto delicado en las relaciones comerciales con EE.UU. (y en general en el comercio exterior de Colombia) es la atracción de inversión extranjera directa.
En este contexto, Estados Unidos también juega un papel importante: según los datos del Banco de la República, cerca de 35 % de la inversión extranjera directa (IED) en el primer semestre de este año proviene de ese país.
Los datos históricos pintan un panorama más bien gris a la hora de correlacionar IED y descertificación: para 1996 y 1997 (descertificaciones continuas), el dinero que llegó por este concepto al país marcó los puntos más altos hasta 2004. Y en 1998, año de certificación, el total de la IED bajó considerablemente, para subir un poco en 1999 y mantenerse en niveles anteriores a 1996 hasta 2004.
Cuando se desglosan los datos por países, se puede ver que la inversión directa desde EE.UU. creció en 1996 y 1997 y se mantuvo estable en 1998. Pero tuvo altibajos entre 1999 y 2001, cuando alcanzó el punto más alto hasta ese momento. Un crecimiento sostenido (no consecutivo) vendría a partir de 2001, cuando la cifra superó los US$1.000 millones por primera vez y superaría los US$2.000 millones desde 2005, nivel que mantendría excepto por tres años: 2010 y los dos momentos duros de la pandemia, 2021 y 2021.
El dinero que llega de EE.UU. por concepto de inversión extranjera se encuentra en sus niveles más altos históricamente desde 2022, con el mejor resultado alcanzado en 2024 (US$5.522 millones).
El panorama exportador presenta retos, pero también oportunidades, en un escenario en el que ya no sólo hay que navegar las presiones arancelarias, sino también los efectos derivados de la descertificación por parte de EE.UU.
Gremios y analistas piden una hoja de ruta para volver sobre un camino que, al menos, despeje algunas de las variables de esta ecuación en la que se juegan millones en ventas y crecimiento económico, pero también miles de empleos.
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