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Nunca antes el mundo había pedido prestado tanto dinero en un solo año. Al cierre de 2026, gobiernos y empresas acudirán a los mercados de bonos para endeudarse por un total de USD29 billones, el doble de lo que era hace apenas una década, según las más recientes estimaciones de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
La organización informa que la deuda soberana (los bonos que emiten los gobiernos para financiarse) de los países desarrollados ya alcanzó los USD 61 billones en 2025, y advierte que la relación entre lo que deben los gobiernos y lo que producen sus economías se proyecta en 85 % para este año, es decir, 39 puntos porcentuales más alta que antes de la crisis financiera global de 2008.
El costo de mantener esa deuda tampoco da tregua. El gasto en intereses de los países OCDE (bloque al que pertenece Colombia desde 2020) llegó al 3,3 % del PIB agregado en 2025, cerca de su pico en la última década, y ya superó en 2024 lo que esos mismos países destinan al gasto en defensa. Es decir, el pago de intereses cuesta más que sostener ejércitos.
Carmine Di Noia, director de Asuntos Financieros y Empresariales de la OCDE, escribió en el Informe Global de Deuda 2026 del organismo que los mercados de deuda “navegan un terreno difícil” y que, aunque los indicadores superficiales no muestran señales de turbulencia, “esta estabilidad superficial esconde desarrollos estructurales más profundos que pueden estar acumulando riesgos que podrían cristalizarse de golpe si las tendencias macroeconómicas actuales continúan”.
La espiral de deuda
Pedir prestado para pagar lo que ya se debe. Esa es, en buena medida, la dinámica que describe el informe de la OCDE para retratar el estado actual de las finanzas públicas globales.
Y es que, como se decía líneas arriba, de los USD 29 billones proyectados para 2026 la mayor parte no irá a financiar gasto nuevo sino a refinanciar deuda existente: en 2025, los requerimientos de refinanciación de los países de la OCDE alcanzaron un récord de USD 13,5 billones, cerca del 80 % del endeudamiento bruto total. Y se proyecta que esa cifra siga creciendo.
Para lidiar con las altas tasas de interés en los plazos largos, consecuencia de mayores déficits fiscales, menor demanda de crédito largo y una creciente percepción de riesgo entre los inversionistas, gobiernos y empresas tomaron una decisión lógica: endeudarse a plazos más cortos, pero esto es algo que les complica a futuro.
Entre los países de la OCDE, la proporción de emisión soberana a más de 10 años cayó en 2025 a su nivel más bajo desde 2009. En el caso corporativo, al más bajo jamás registrado. Las letras del Tesoro (instrumentos de deuda que vencen en menos de un año y que los gobiernos usan para cubrir necesidades de financiación de corto plazo) representaron cerca del 48 % del endeudamiento soberano total en 2025.
Eso significa que una porción enorme de la deuda mundial tiene que renovarse constantemente, en condiciones de mercado que pueden cambiar tan rápido como un misil cruza el horizonte.
Los nuevos dueños del crédito
Durante años, los bancos centrales fueron los grandes compradores de deuda soberana. La Reserva Federal de Estados Unidos, el Banco Central Europeo y el Banco de Japón adquirían bonos en volúmenes enormes como parte de sus programas de estímulo monetario, sin importar demasiado el precio.
En su momento de mayor protagonismo, en 2021, llegaron a representar el 30 % del total de tenencias de deuda soberana y corporativa. Hoy están en el 20 % y siguen bajando, a medida que reducen sus balances.
El hueco lo están llenando, en parte, los llamados fondos de cobertura, conocidos en el mundo financiero como hedge funds; son fondos de inversión que operan con estrategias complejas y apalancadas: invierten con dinero prestado para multiplicar sus ganancias potenciales. Y, a diferencia de los bancos centrales o los fondos de pensiones tradicionales, no tienen mandatos de largo plazo ni obligaciones de mantenerse en el mercado. Cuando las condiciones cambian, pueden salir rápido y en masa.
La OCDE documenta que, en algunos mercados soberanos como el canadiense, estos fondos llegaron a absorber cerca del 40 % de los bonos emitidos en días de subasta durante 2025.
Pero no es solo su presencia lo que preocupa sino su tamaño. El Fondo Monetario Internacional (FMI), en su Informe de Estabilidad Financiera Global de abril de 2026, señala que la exposición bruta de estos fondos a derivados de tasas y bonos soberanos más que se duplicó entre 2020 y 2025, pasando de menos de USD9 billones a más de USD 18 billones.
Así las cosas, estos fondos de cobertura aportan liquidez cuando todo va bien. Pero cuando algo huele mal, salen rápido y en masa. Y en un mercado que depende cada vez más de ellos, basta una crisis o, como dicen los expertos en estos temas, un shock para que el sistema de la deuda global muestre su fragilidad.
Y la guerra llegó
El terreno no podría haber sido menos favorable. Deuda récord, tasas de interés altas y, como documenta la OCDE, una base de inversionistas cada vez más sensible a los choques externos. En este contexto llegó la guerra en Oriente Medio.
Según el FMI, desde febrero de 2026 los precios de las acciones globales cayeron un 8 %, después de haber sido impulsados por sólidas ganancias corporativas en los meses anteriores. Los rendimientos de los bonos soberanos subieron con fuerza, impulsados por expectativas de mayor inflación (que aumentaron entre 0,3 y 0,8 puntos porcentuales en varias economías avanzadas y emergentes).
Los activos de los mercados emergentes, especialmente los de países importadores de materias primas, se depreciaron ante un dólar más fuerte y el encarecimiento de la energía, mientras sus monedas perdieron valor y el costo de endeudarse externamente aumentó.
En contexto: El precio de la guerra en Irán para la economía mundial: esto dice la OCDE
El FMI advierte además que los flujos de capital hacia los mercados emergentes tomaron lo que el organismo llama un patrón “en forma de K”: mientras algunos países reciben dinero, otros quedan rezagados, y en general ese dinero llega más como deuda especulativa que como inversión productiva.
Por cuenta de la incertidumbre que genera la guerra, los inversionistas internacionales prefieren apuestas de corto plazo que pueden deshacerse rápido, como el carry trade (apostar a ganar con las diferencias de tasas de interés entre países), en lugar de comprometerse con inversión extranjera directa, que implica instalar fábricas, construir infraestructura o crear empleos y cuyos efectos son más duraderos en una economía, pero también más difíciles de revertir si algo sale mal.
Las economías de frontera, las más pequeñas y vulnerables, que emitieron cantidades importantes de deuda desde comienzos de 2025, podrían enfrentar desafíos serios de sostenibilidad si el conflicto se prolonga.
Tobias Adrian, consejero financiero del FMI y firmante del informe, reconoce que el sistema financiero global ha resistido el choque hasta ahora, pero advierte que “esta resiliencia no debe darse por sentada”, porque la calma que muestran los mercados “puede indicar que estos no han valorado plenamente los escenarios más adversos”.
La otra deuda que se viene
La inteligencia artificial (IA) está en el centro de la mayor apuesta de inversión corporativa de los últimos tiempos. Las empresas que lideran esa carrera, conocidas como hyperscalers (entre ellas Alphabet, Amazon, Meta y Microsoft) están construyendo la infraestructura digital que, según sus propias proyecciones, sostendrá la economía global de las próximas décadas: centros de datos, chips, redes de energía, sistemas de computación a escala masiva.
Y para pagar todas estas inversiones, están acudiendo a los mercados de deuda como nunca antes lo habían hecho.
Solo en 2025, según la OCDE, estas nueve empresas emitieron USD122.000 millones en bonos, casi la mitad de toda la emisión tecnológica global. Y eso es apenas el comienzo: entre 2026 y 2030 proyectan gastar USD 4,1 billones en infraestructura, una cifra que supera el gasto de capital total de todas las empresas no financieras de Estados Unidos en 2025.
Lo que hay que resaltar es que una porción importante se financiará con deuda, lo que según la OCDE podría transformar la estructura del mercado corporativo global.
El FMI advierte además que las estructuras de financiamiento que están usando, en las que las mismas empresas actúan simultáneamente como clientes, inversionistas y financiadoras entre sí, generan una interconexión que puede volverse frágil si el ritmo de inversión se frena, algo que un conflicto prolongado en Oriente Medio podría propiciar.
Esa carrera por tener la mejor IA tiene lugar mientras el mundo lidia con una guerra. Y Tobias Adrian, del FMI, recuerda que en períodos de conflicto “los precios de los activos raramente reflejan la situación de las economías más vulnerables”, aquellas que enfrentan inseguridad energética y alimentaria. Si bien la apuesta por la inteligencia artificial puede ser ahora la prioridad para los hyperscalers, los efectos más crudos del conflicto los absorben economías que tienen otras urgencias.
La cuenta por pagar
El FMI y la OCDE no anuncian una crisis inminente en torno a la deuda global, pero en ningún caso invitan a la tranquilidad. Lo que se ha observado hasta ahora en los mercados de deuda, dice Adrian, es mejor verlo “no como un punto de llegada, sino como un recordatorio del trabajo que queda por hacer”.
Por un lado, la OCDE pide que los gobiernos garanticen la sostenibilidad de largo plazo de su deuda, que reduzcan los déficits fiscales y que mejoren la eficiencia del gasto público. Sin eso, el riesgo de desplazar la inversión privada, incluyendo la corporativa y la de IA, es real.
El FMI va en la misma dirección. A grandes rasgos, insta a los gobiernos a reorientar su política fiscal hacia una postura más restrictiva para estabilizar la trayectoria de la deuda pública. El gasto nuevo (de ser necesario), debe ser temporal, y con fecha de vencimiento, mientras que los bancos centrales deben preservar la estabilidad de precios sin perder su independencia.
En últimas, ambas entidades coinciden en que uno de los trabajos más urgentes es entender mejor quiénes son hoy los dueños de la deuda global. Los fondos no bancarios (como los hedge funds) operan bajo marcos regulatorios distintos a los de la banca tradicional, y según el FMI, los reguladores aún enfrentan vacíos importantes sobre cuánto deben, cómo están posicionados y qué harían cuando las cosas se tuercen. Cerrar esas brechas de información, dicen ambos organismos, es una condición para que el sistema de deuda resista el próximo choque.
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