Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los alimentos son turistas en el país: salen de una región, recorren mil kilómetros para llegar a su destino y, en casos extremos, regresan a su origen. Una paradoja de la logística. Así luce la ineficiencia de la cadena de comercialización de la comida para João Marcelo Intini, oficial para sistemas alimentarios en América Latina de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés).
Son kilómetros y kilómetros los que deben recorrer para ser preparados en la cocina de una casa o restaurante. Esos paseos extensos perjudican la calidad de los productos frescos, los encarecen y congestionan las vías de las ciudades.
Que el sistema de comercialización sea muy ineficiente trae consigo amplias consecuencias para la seguridad alimentaria del país. Identificar esas falencias y solucionarlas permitiría reducir el costo de los productos y garantizar precios justos para toda la cadena. Pero para entender el panorama, hay que comenzar por el principio: las fallas.
Los viajes que salen caros
En palabras sencillas, el problema principal son los recorridos largos que deben hacer los productos desde que salen de la finca hasta que los adquiere el consumidor, lo que implica una larga lista de intermediarios. Una muestra de ello es que en Bogotá hay algunos alimentos que pueden tener hasta ocho puntos de intermediación en su recorrido, de acuerdo con Carolina Chica, directora de Economía Rural y Abastecimiento de la Secretaría de Desarrollo Económico de la capital.
Al ser tantos, no todos añaden valor al proceso. Muchos de esos son “ociosos” porque venden lo que compran, pero le suben el precio para cubrir gastos de transporte, trabajadores o arrendamiento de un local y, por supuesto, tener ganancias. Incluso hay productos que llegan a las centrales de abasto de Bogotá cuando esa ciudad no es el destino final de la comercialización.
Otro caso de intermediarios son aquellos que aportan algo al proceso, aunque no sea un ítem complejo. Por ejemplo, la papa se lava en la capital y luego se distribuye a otras zonas, se trata de un proceso sencillo que pueden hacer los mismos productores y ayudaría a recortar algunos kilómetros del viaje y sumar valor, relata Carlos Martínez Chacón, coordinador de proyectos de la FAO en Colombia.
Los extensos paseos traen consigo sobrecostos para la comida y no sólo por cuenta del transporte. En el largo trayecto se daña buena parte de lo que se produce en el país. “A veces no se tienen las adecuaciones necesarias y suficientes para acopiar los productos o son muy perecederos, como las frutas. Entonces, el sistema está desperdiciando aproximadamente 30 % del total. Ahí pierden todos, al ser menos mercancía se vuelve más costosa”, explica Marcos Rodríguez, líder de Agricultura familiar en FAO Colombia.
Todo esto no sólo implica mayores sobrecostos para la comida, también deteriora su calidad, aumenta la congestión vial de las ciudades y suma emisiones de carbono al ambiente que son innecesarias.
La paradoja: producir y no comer
Los consumidores son los que terminan pagando los kilómetros de más y las consecuencias de la ineficiencia de la cadena. Así se explica, en buena parte, una paradoja de Colombia y América Latina: pese a que es una región productora de comida fresca, es la zona del mundo en la que es más costoso acceder a una dieta saludable, con un promedio de US$5,16 por persona al día, según el último informe del estado de la seguridad alimentaria en el mundo realizado por la FAO en 2024.
Agustín Zimmermann, representante de la organización en Colombia, sostiene que los más perjudicados por dicha situación son los hogares con menos recursos porque usan entre 70 % y 80 % de sus ingresos en alimentos y no les alcanza para productos de calidad y frescos. Por esa doble vía se expresa la inseguridad alimentaria: difícil acceso por falta de dinero y consumo de productos poco nutritivos.
Lo anterior también ayuda a entender por qué en el país hay más deficiencias en la ruralidad, situación que ha empeorado últimamente. Entre 2023 y 2024, la inseguridad alimentaria moderada y grave pasó de 32,5 % a 34,2 % en el campo y en las áreas urbanas pasó de 26,8 % a 23 %, lo que amplía la brecha entre ambas zonas, de acuerdo con los datos del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE).
Y es que las actividades de agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca son la fuente de ingresos para 43,6 % de las personas que se reconocen como campesinas. Pero sus ingresos no son suficientes, pues con los jornales que consiguen pueden hacerse entre $300.000 y $400.000 mensuales, asegura Nilson Liz, presidente de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC).
La realidad del campo es tal que la FAO estima que entre el 10 % y 15 % del precio de los alimentos se va para el productor. Por eso hay momentos en los que cultivar comida deja de ser rentable y solo quedan pérdidas. Así ha ocurrido en los últimos meses con los arroceros y paperos, pues los precios de compra ni alcanzaban a cubrir los costos de producción.
Precios justos como meta
Pero no todas son malas noticias. Las enfermedades del sistema de comercialización están bien identificadas y eso permite que el Gobierno y las demás entidades del Estado puedan trabajar en la cura. Se trata de un asunto clave, pues para Zimmermann este es el principal obstáculo que se tiene hoy para mejorar la seguridad alimentaria.
Aunque de por sí se trata de un tema esencial para la vida de los colombianos, se vuelve más urgente si se tiene en cuenta que el país atravesó un importante ciclo de inflación en la canasta básica desde finales de 2022. Si bien se logró atajar el crecimiento del IPC, que llegó hasta el 25 % para el rubro, la comida no ha bajado de precio desde entonces, en palabras de Intini.
Reducir los puntos de intermediación y recortar el viaje de los productos es lo que facilitaría conectar los dos extremos de la cadena: cultivadores y consumidores. De ese modo será posible cumplir con la meta de que los productores reciban un buen pago y los consumidores paguen menos por alimentarse.
Es un tema clave porque, para la organización de la ONU, Colombia tiene las condiciones para ser una potencia alimentaria y eso pasa por mejorar el sistema de abastecimiento.
Viajes cortos, información y otros remedios
Para lograrlo hay varias estrategias que resalta Intini. Una de ellas es ordenar la oferta callejera de comida, como los mercados campesinos, tiendas de barrio y hasta vendedores ambulantes. Dichos puntos de venta se presentan como una ventaja porque suelen tener precios más bajos.
Otro elemento importante es descentralizar los grandes puntos de abasto de las ciudades, para que sean varios más pequeños los que cumplan esa función.
Pero la eficiencia no excluye a las centrales mayoristas, ellas también deben ser fortalecidas. “Necesitamos que hagan parte de una red de transformación de la comercialización en lógica de justicia, que nos permita manejar excedentes y que los productores reciban el precio justo, pero que los alimentos no suban de precio”, reconoce la ministra de Agricultura, Martha Carvajalino.
La información es otra clave para mejorar el sistema. Es necesario conocer quién produce qué en dónde y quién consume qué en dónde para conectarlos por cercanía geográfica y con el recorrido más corto posible.
Hay demandas muy obvias que se pueden organizar, como la de un colegio, y se puede conectar directamente con el productor. “El circuito requiere de mucha más inteligencia y digitalización para rastrear y hacer una trazabilidad. No es difícil, pero se requiere de voluntad política porque es un tema de todos los días”, dice el oficial de la FAO para sistemas alimentarios.
Una muestra de estos esfuerzos es la alianza entre la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca, la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico (SDDE), la Región Administrativa y de Planeación Especial (RAP-E Región Central) y la FAO. En conjunto crearon el Sistema de Abastecimiento Regional Agroalimentario (SARA), que busca garantizar el acceso sostenible y oportuno a alimentos frescos y transformados, principalmente, en Cundinamarca y los departamentos de la Región Central (Boyacá, Huila, Meta y Tolima).
El objetivo es construir un plan de abastecimiento a largo plazo que sirva para conectar mejor el campo y ciudad, especialmente a Bogotá. Esto incluye estrategias para revelar los precios de los alimentos, así el mercado sería más transparente, se reduciría la especulación y los consumidores podrían tomar mejores decisiones, expresa Chica.
Todas las estrategias que apuntan a reducir el turismo de los alimentos terminarán por favorecer la seguridad alimentaria de los colombianos y, por qué no, ahorrarle algunos pesos del bolsillo cuando vaya a mercar.
💰📈💱 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias económicas? Te invitamos a verlas en El Espectador.