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El desempleo en los jóvenes es una problemática que se ha estudiado durante muchos años en Colombia, sin que hasta la fecha se haya logrado un avance importante. El más reciente reporte del Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE) revela que la tasa en ellos (esto es, entre quienes tienen de 15 a 28 años) es del 16,4 %, cifra que es 6,8 puntos porcentuales mayor al promedio de la población en edad de trabajar. Una brecha que no es insignificante.
El problema, señalan los expertos, es que no se está aprovechando el denominado bono demográfico, es decir, la oportunidad de que en este momento más jóvenes puedan engrosar la cantidad de ocupados en el país.
En el informe “Panorama de empleo juvenil en Colombia”, desarrollado por la Organización Internacional del Trabajo (OIT), se señala que ahora la población joven ronda el 24 %, cifra que ha caído un 2 % desde 2016, y que llegaría a estar cerca del 23 % en 2026. En suma, la población está envejeciendo.
Macroeconómicamente hablando, esta problemática tiene muchas aristas, entre las que se encuentra la pérdida de productividad, la disminución en los aportes a los sistemas de seguridad social, el aumento de la informalidad (ante las pocas oportunidades para esta población), el incremento de la desigualdad y la reducción del consumo de bienes y servicios.
Ante este panorama, son diversas las barreras laborales que enfrentan los jóvenes en el país, y las cuales se deberían atacar.
Formación para el trabajo
Según lo explicado a este medio por la decana de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes, Angelika Rettberg Beil, parte del problema se debe a la desconexión que existe entre la academia y el empleador, pues no siempre se logra ese emparejamiento entre lo que una ofrece y lo que el otro demanda.
“Debe haber un mejor diálogo con los empleadores, preguntar qué necesitan, pero también educarlos sobre qué van a necesitar. Explicarles qué puede pasar si emplean a un profesional con determinadas características para aportar al crecimiento, desarrollo e innovación de su organización”, señala.
También dice que el panorama actual es cambiante, lo que demanda que los trabajadores tengan que actualizarse constantemente para responder a esas nuevas necesidades. Es por esto que para ella los programas académicos cortos y puntuales (como los diplomados, cursos y talleres) aumentarán su protagonismo.
Por ejemplo, según el Ministerio de las TIC, en 2025 Colombia tendrá un déficit de 112.000 programadores, lo que hace que las empresas “se peleen” la atracción del poco talento que existe en esta materia. Muchas ni siquiera piden una formación académica de base (como un pregrado) en los requisitos para la contratación. Lo único que les interesa es que la persona sepa realizar esa labor puntual, la cual incluso se puede aprender en línea con cursos que son gratuitos.
Muestra de lo anterior es que, según el mencionado reporte de la OIT, la mayor cifra de desempleo entre los jóvenes de 25 a 28 años en Colombia está entre quienes hicieron un pregrado, con el 10,7 %. Lo anterior no se traduce en que sea una mala inversión pagar por una carrera universitaria, pues los datos también muestran que la menor tasa de desocupación está entre quienes tienen un posgrado, mientras que la segunda más alta está en las que no tienen ninguna formación académica. Lo que sugiere esta información es que los programas académicos no están respondiendo a las necesidades del mercado laboral, por lo que muchos tienen que complementar sus estudios para actualizarse a las nuevas demandas.
Otro problema importante son las disparidades que se presentan en el acceso a la educación entre los jóvenes de diferentes estratos socioeconómicos. Una vez más, el reporte de la OIT señala que, en Colombia, quienes alcanzan un posgrado son en su mayoría miembros de hogares con ingresos medios y altos, mientras que el grueso de la población de escasos recursos solo alcanza la formación de bachiller.
Desinterés por el trabajo
Otra gran barrera que enfrentan los jóvenes en el país es el poco apetito que tienen por emplearse o formarse para el trabajo. Aquí se encuentran los denominados “Ninis” (población que ni estudia ni trabaja).
Según la OIT, en Colombia uno de cada cinco jóvenes no estudia ni trabaja, siendo múltiples las razones. Una de estas es precisamente la falta de oportunidades laborales, pues está la paradoja de que las empresas piden experiencia laboral para poder contratar, pero a la vez no brindan opciones para que los jóvenes acumulen esa experiencia. Al final, muchos se desaniman y dejan de intentarlo.
Para enfrentar lo anterior, los más recientes gobiernos que ha tenido Colombia han impulsado políticas públicas que estimulan estos primeros empleos, brindando beneficios económicos a las empresas que contraten talento joven. Aún así, los resultados no han sido muy dicientes.
Otra razón son los bajos ingresos salariales que tienen los jóvenes. Para muchos, no hace justicia la relación entre lo que pagan por formarse académicamente versus lo que las empresas están dispuestas a pagar por sus conocimientos o habilidades. Esto hace que muchos entren en un tiempo de espera donde buscan mejores oportunidades, o contemplan la idea de viajar a otros países donde se les remunere mejor.
Brechas de género
El desempleo en los jóvenes es una problemática que se manifiesta con más peso entre las mujeres pues, según el DANE, la desocupación en ellas es del 20,7 %, mientras que en los hombres es del 13,3 %.
Aquí también encontramos otra distorsión pues el mencionado departamento también reporta que las mujeres están más preparadas académicamente que los hombres. Del total de la población entre los 25 a los 28 años, el 62,1 % son bachilleres hombres, mientras que el 51,8 % son bachilleres mujeres. En el resto de las categorías ellas llevan el liderazgo: 22,3 % son técnicas o tecnológicas, versus un 18,1 % de hombres; entre los universitarios ellas son el 21,4 %, de cara al 15,7 % de ellos: y en posgrado la cifra en ellas es del 2,4 %, la cual es superior al 1,9 % de los hombres.
El problema, señalan los centros de pensamiento consultados por este medio, es que como sociedad aún no han repartido de forma equitativa las labores no remuneradas del cuidado del hogar. Muestra de esto es que, según el DANE, en septiembre 10 millones de mujeres estaban por fuera de la fuerza laboral, mientras que para la misma fecha 4,6 millones de hombres presentaban la misma situación.
El grueso de las mujeres lo estaba por realizar oficios del hogar, puntualmente 6,9 millones, mientras que los hombres en la misma situación se contaron en 933.000. En Colombia, por cada hombre que se dedica a estas labores no remuneradas, hay más de siete mujeres.
No todo es negativo para los jóvenes. Entre lo que se puede rescatar está lo que publicó recientemente ANIF en su Informe trimestral del mercado laboral, donde se resalta que los ocupados entre los 18 y 28 años reportan un índice de calidad de empleo más alto al que reporta la población adulta.
“Las variables que más influyeron en el índice objetivo de los jóvenes en el primer semestre de 2024 fueron los ingresos extras, el tipo de contrato y la formalidad del empleo”, explica ANIF, al añadir que más jóvenes reportan una compatibilidad de sus empleos con su vida personal, así como un menor deseo por cambiar de trabajo. En suma, hay mejoras.
Sin embargo, estas no son sustanciales. No se debe perder de vista que Colombia corre una contrarreloj para aprovechar esa fuerza laboral que hoy tiene, y que en unos años perderá por cuenta del envejecimiento de su población. Los problemas del mercado laboral de cara a los jóvenes no son menores, y demandan acciones urgentes.
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