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La junta directiva del Banco de la República (Banrep) se reúne este martes para tomar decisiones sobre sus tasas de interés. Este es el segundo encuentro de este año, luego de la reunión de enero, que llegó con un alza que superó las expectativas de prácticamente todos los actores.
Para enero, la junta decidió, por mayoría, incrementar en 100 puntos básicos sus tasas de interés, llevándolas de 9,25 % a 10,25 %. La decisión marcó el primer punto de subida en los intereses que fija el Banrep desde abril de 2023, cuando empezó a ajustar las clavijas para contener el brote inflacionario pospandemia. También regresó las tasas a las fijadas en septiembre de 2024.
La votación dentro del Banco no fue unánime: cuatro codirectores respaldaron el aumento aprobado, dos se inclinaron por una reducción de 50 puntos básicos y uno optó por mantener la tasa sin cambios.
Aunque desde hace varios meses la junta del Banrep no alcanza consensos totales, la magnitud de la división —con una mayoría clara y dos posturas prácticamente opuestas— resultó tan llamativa como preocupante.
En el núcleo de la discusión sobre las tasas actualmente hay dos tensiones clave: la inflación y el salario mínimo. El momento también está marcado por declaraciones del Gobierno contra el propio Banco, un elemento que, aunque puede resultar común, puede minar el papel de una entidad cuya munición incluye el lenguaje.
El lenguaje importa
Pocos pronunciamientos son diseccionados con tanto escrutinio, y acaso entusiasmo, como las palabras del comunicado que sigue a las decisiones de tasas de interés. El examen se extiende a las ruedas de prensa que viene después de la reunión de los codirectores del Banco.
Claro, hay una diferencia abismal entre crisis y crecimiento, entre expansión o contracción. Pero más allá de estas diferencias evidentes, un sinónimo puede dar mejores luces sobre cómo el banco central está viendo la economía en general y las tensiones que le pueden pegar a la inflación en el caso colombiano o también al empleo, para incluir acá a la Reserva Federal de EE.UU.
Y estas diferencias son clave. Una investigación de la Reserva Federal de Kansas (una de las seccionales del banco central de ese país, por decirlo de una forma) encontró que la forma como el comité que toma las decisiones sobre tasas de interés en esa entidad explica su lógica es tan importante como la medida final. Para más pistas, el artículo de investigación se titula “Importa cómo lo dice”.
Como las palabras que escriben o pronuncian los bancos centrales parecen tener un papel definitivo, es llamativa la aparición y recurrencia de algunos términos en el discurso del Banco de la República. Hablamos acá de cosas como confianza y credibilidad, aparte de inflación y precios.
Aunque la entidad es algo aversa a las polémicas (y casi que alérgica a entrar al “ring” de los gritos en línea), sí suele recalcar un poco el mensaje de que la tarea, en términos de macroeconomía y política monetaria, se está haciendo, así sus medidas no sean populares o bienvenidas por todos los actores. Confianza. Credibilidad.
Esta suerte de refuerzo en el mensaje se da en medio de una andanada de mensajes desde la Casa de Nariño contra la junta directiva.
El descontento de la administración Petro con el Banco va casi en paralelo con el comienzo del mandato. Y hasta cierto punto se entiende: los gobiernos suelen tener diferencias y acaso problemas con la política monetaria, que con la mira de meter en cintura la inflación puede ir en contra de los objetivos de corto plazo de un presidente (más aún en periodos cercanos a elecciones).
“Eso es normal, hasta un punto. Pero lo que destaca acá es lo afilado del lenguaje. Y como el tufillo de conspiración contra el Gobierno. Eso es algo que no cala bien. Y es una cosa que usted esperaría mucho más de alguien como Trump”, dice un analista, quien pidió no ser nombrado al tener una relación estrecha con el Banrep.
La comparación es interesante por decir lo menos, porque si hay algo que une a dos mandatarios con ideologías casi que diametralmente opuestas son sus peleas y descontento (por no decir desprecio) por sus bancos centrales.
En EE.UU., incluso, la Casa Blanca ha intentado mover fichas contra Jerome Powell, cabeza de la Reserva Federal. Estas jugadas no han caído bien entre pesos pesados del sistema financiero y, al menos hasta el momento, no han prosperado.
“Es importante mirar en el retrovisor para ver cómo fue la inflación antes de la Constitución de 1991. Eran indicadores muy altos, cercanos al 20 %. Muy fluctuantes. Desde la Constitución hay un mejor control de la estabilidad económica. En Colombia, la inflación alrededor de 5 %, y con unas metas claras, se volvieron la norma”, comenta Juan Camilo Rivera, director de la carrera de Finanzas en la U. Javeriana.
¿A quién le hablan los bancos centrales?
El paralelo con EE.UU. también viene a lugar en esta conversación, justamente por la participación del estamento financiero en una suerte de defensa de Powell frente a Trump.
Si bien las palabras de los bancos centrales importan, hay cierta evidencia de que sus mensajes parecen calar más en renglones algo especializados. “El discurso de la inflación, en los zapatos de los bancos centrales, tiene una sola audiencia: analistas y mercado”, dice Marc Hofstetter, profesor de la U. de los Andes y columnista de este diario.
Y amplía su punto: “Las subidas de tasas de interés son principalmente para ese combo que está preocupado por la subida en la inflación. Es un mensaje de aquí estamos tratando de hacer las cosas bien. Pero al ciudadano de a pie le tiene sin cuidado, no sabe quién es el gerente o los codirectores y no tiene una historia en la cabeza que vincule que lo hacen con los precios que paga en el día a día”.
Ahora bien, que la audiencia sea más reducida no le resta importancia a lo que dice (o lo que hace) un banco central. El público no es el mensaje en este caso, si se quiere parafrasear el famoso postulado de un teórico de la comunicación.
Al final de cuentas, los analistas y creadores de mercado tienen un peso específico en el ecosistema económico en una variedad de renglones, como acceso a deuda y nivel de los intereses bajo los cuales se financia el Gobierno, por ejemplo. También sirven de guía para las inversiones privadas.
Por otra parte, las movidas y las palabras de los banqueros centrales forman parte central de las evaluaciones de las calificadoras de riesgo, que, a su vez, también ponen sus manos sobre la escala en la que se decide globalmente la reputación de un país en términos financieros: ¿es sabio prestarle a ese Gobierno? ¿Vale la pena invertir en un determinado mercado de capitales? ¿Alguien está vigilando que la fiesta no se salga de control?
Habiendo dicho esto, Rivera matiza un poco este argumento explicando que sí hay un vínculo entre las variables macro de la economía y las decisiones de consumo: “La gente va viendo la información y con eso va pensando y planeando si a mi empresa le va a ir mejor, si hay posibilidad de que me quede sin trabajo”.
Pero este no es un vínculo directo, una traducción inmediata de causa a consecuencia. A modo muy general, los cambios en los precios suelen darse por mayores costos de producción, por un lado. O porque las empresas perciben que el consumidor podría soportar (casi que aguantarse) un aumento en el precio de un bien. Por esta esquina de la discusión hay algunos vínculos con una suerte de psicología colectiva: todos van viendo que hay cosas subiendo o la amenaza de que pueden subir, así que cuando lo hacen se entiende por qué, más o menos.
¿Cómo va el consumo en Colombia?
En 2025, uno de los protagonistas del comportamiento de la economía (que finalizó con una expansión de 2,6 % en PIB) fue el gasto de los hogares (en paralelo con el del Gobierno). Este motor impulsó sectores como el comercio (que a su vez responde por una porción nada despreciable del empleo).
Para febrero de este año, los datos de Raddar (firma especializada en medir el consumo de las personas) muestra que el gasto de los hogares creció 2,52 %. Pero, a la vez, “estamos en una fase de desaceleración del gasto”, de acuerdo con Camilo Herrera, cabeza de esta firma.
Según Herrera, esto obedece a varios factores: un ajuste en el gasto frente a la explosión de consumo del año pasado (menos hogares están adquiriendo hoy bienes durables, como un carro, por ejemplo). Y un aumento en los salarios muy bajo, de entre 5 % y 6 %. “No se está viendo ese súper aumento de 23 % del mínimo en el total de los ingresos de los salarios”, dice.
Y agrega: “Pasó el ‘boom’ de 2025 y estamos en una fase de ajuste. Algunos hogares están compensando vía tarjeta de crédito y créditos de consumo”.
Herrera advierte que este último factor no se da en todos los renglones de ingresos, ni en todas las ciudades. Pero no deja de ser preocupante por una razón: las tasas del Banrep, bajo las proyecciones de analistas, seguirían subiendo este año. Esto encarecería los instrumentos de crédito, por decirlo de forma sencilla.
“Y acá usted tiene, potencialmente, una tormenta perfecta porque el Banco reacciona haciendo lo que debe hacer para anular, o contener, los riesgos de inflación; más aún con las presiones que ha generado la guerra en Irán. Pero, por el otro, tiene un Gobierno que cada vez que puede dice que todo está bien y que si no puede ir mejor es por culpa del Banco y que son enemigos de la gente y otro poco de cosas. Esta ecuación no le funciona a nadie, especialmente no a los consumidores”, concluye el analista quien pidió no ser nombrado.
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