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El invierno asoma en Moscú y, aunque el termómetro ya coquetea con el cero, de las estaciones de Metro brotan ráfagas de aire tibio y una marea de abrigos acolchados que busca refugio en un StarCoffee, la cadena de café que tomó el lugar de Starbucks, hoy ausente en Rusia.
Buba (como se hace llamar Vladimir) apura el último bocado de un shawarma tras un largo día en la universidad como estudiante de Sociología. El joven de 21 años explica que del pánico inicial por la guerra “ya queda poco” y que la vida siguió pese a las sanciones de la mayoría de las potencias del mundo hacia su país.
Este sentimiento de tranquilidad es compartido por Vasily, directivo de una agencia estatal de noticias, quien resume con ironía: “¿De verdad creían que los rusos no podríamos vivir sin Netflix o Spotify?”, en referencia a las restricciones que enfrenta a diario.
La avenida Tverskaya -el pasaje comercial más famoso de la capital rusa- se mantiene en calor gracias al alto flujo de compradores que cruzan apurados frente a las vitrinas. Locales que, a ojos de un foráneo, resultan familiares aunque no sean exactamente iguales a las que se ven en Occidente.
Se trata de marcas que, tras el estallido de la guerra en Ucrania (en 2022), empezaron a operar con letreros nuevos sobre fachadas conocidas.
“Rostic’s” tomó el lugar de KFC y sigue vendiendo pollo en baldes; “Subyoi” es el nombre que tomó la cadena de sándwiches Subway; donde estuvo McDonald’s hoy está ‘Vkusno & Tochka’ (“Delicioso y punto” en español), que ofrece un menú casi calcado al de la marca de los arcos dorados, y el antiguo local estrella de Zara sobre la avenida Tverskaya fue rebautizado como “Maag”.
Aunque los locales de marcas de lujo quedaron vacíos, como Louis Vuitton o Dior, que otrora decoraron con sus maniquíes las pomposas calles moscovitas, esas ausencias conviven con presencias más discretas en otros formatos.
Cuesta conciliar esta normalidad con la de un país bajo miles de sanciones financieras y comerciales que, sobre el papel, buscaban asfixiar su economía para forzar un cese en las acciones bélicas dictadas desde el Kremlin.
Pero, como el agua, el dinero siempre encuentra rendijas para seguir fluyendo.

La plomería de Rusia
Desde el primer paquete de sanciones de 2014 -tras la anexión de Crimea- y, con mayor fuerza, desde la invasión a Ucrania en 2022, Rusia puso en marcha una suerte de “plomería económica”, es decir, creó una red de atajos y desvíos para sortear las restricciones de la Unión Europea, Estados Unidos y Reino Unido.
Con trabas al rublo y al sistema financiero ruso, muchas empresas pasaron a cobrar y pagar en otras monedas como el yuan chino o la rupia india. Ante límites al comercio, Rusia redibujó rutas y trianguló operaciones con intermediarios en Asia, Medio Oriente y América Latina; exportaciones que antes iban a Europa encontraron nuevos destinos en el bloque BRICS y varias cadenas globales, además, siguieron bajo otros nombres o a través de socios locales.
Contra los pronósticos de colapso, la actividad siguió en marcha. Según el informe de Perspectivas de la economía mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI), publicado en octubre de 2025, Rusia creció 4,3 % en 2024 y proyecta una caída al 0,6 % en 2025 y un repunte de 1 % en 2026.
Pero el costo de una logística más larga y costosa se ha trasladado a los hogares, que hoy lidian con una inflación cercana al 8 % y tasas de interés elevadas que solo hasta 2025 han empezado a bajar de manera constante.
El reacomodo de empresas extranjeras
Con las sanciones, cada compañía extranjera tuvo que decidir qué hacer en Rusia. A grandes rasgos, las corporaciones tuvieron tres caminos ante sí:
- Retirarse por completo (cerrar la marca y abandonar sus locales por decisión unilateral o tras presiones de sus países de origen).
- Vender a un operador local con posibilidad de regreso (acuerdos con opción de recompra o retorno si cambian las condiciones en el futuro)
- Seguir operando con restricciones (nuevo nombre, franquicias o socios o capital locales).
Así las cosas, McDonald’s vendió su operación y sus locales reabrieron como Vkusno & tochka; la autoridad antimonopolio rusa dijo entonces que la cadena conservaría una opción de recompra por 15 años.
Inditex (matriz de Zara) acordó vender su negocio a Daher Group, de Emiratos Árabes, sin cerrar la puerta a un eventual regreso si cambian las circunstancias.
Entre otros ejemplos, Renault cedió el 68 % que tenía en Avtovaz (el mayor fabricante ruso de autos y matriz de Lada) a entidades estatales por un precio simbólico de 1 rublo (unos centavos de dólar), con opción de recompra a seis años. Si quisiera volver, Renault debería pagar al menos US 1.300 millones para reconocer las inversiones realizadas en la compañía desde su salida, según cifras de Avtovaz citadas por Reuters.
Sobre las empresas que se retiraron por decisión unilateral, fuentes cercanas al gobierno ruso le dijeron a este diario que esa salida “inconsulta” afectó al mercado y a contrapartes locales. Por esa razón, sus activos fueron inmovilizados y, si deciden volver, enfrentarán condiciones de reingreso más estrictas.
A marzo de 2024, las pérdidas reconocidas por empresas extranjeras al salir o recortar operaciones en Rusia superaban los US 107.000 millones (producto de deterioros en marca y menor facturación principalmente), como informó Reuters.
Pero estos y muchos otros movimientos de empresas extranjeras ya hacen parte de la rutina.
Lo que realmente cambió no está en la avenida Tverskaya ni en toda Moscú, sino de fondo en la economía rusa: quién provee, con qué insumos y por cuáles rutas entran y salen mercancías. Ahí, en el aparato productivo y las cadenas de suministro, está la clave para entender por qué Rusia no colapsó con las sanciones.

Lo que sí cambió: el aparato industrial
Una vez superado el choque de las sanciones, Rusia se vio obligada a producir en casa lo que antes importaba y apoyarse en vecinos para lo que no puede fabricar. Hoy el Kremlin presume menor dependencia de insumos occidentales y una base productiva que, al menos en lo básico, muestra más músculo.
Alina Shcherbakova, Ph.D. en Economía y profesora asociada de la Facultad de Economía Mundial y Relaciones Internacionales de la Universidad HSE, explica que la política pública empujó a la industria a ocupar los huecos que dejaron las empresas que se fueron.
En el frente agroalimentario, se reactivó la producción cárnica y lechera, se ampliaron cultivos de frutas y hortalizas, así como se reforzó el procesamiento de productos agrícolas, eslabón que históricamente le ha restado competitividad a la industria rusa, en palabras de Tatiana Mashkova, directora general del Comité Nacional para la Cooperación Económica con los Países de América Latina.
El cambio se ve en las alacenas. Fuentes cercanas al Gobierno ruso indican que, hace cuatro años, 40 % de los alimentos en supermercados eran importados y hoy esa cifra está en torno a 2 %.
Además, el aparato productivo de ese país también empezó a contar con más recursos. Por las restricciones, muchos empresarios rusos no pueden sacar fondos al exterior y, por ende, terminan priorizando proyectos productivos locales. Ese flujo, apunta Mashkova, alimentó la inversión local y contribuye a la idea de que Rusia alcanzó una cierta independencia que, no obstante, todavía no es total.
Turquía, aliado de Rusia, copó el mercado mayorista de vestimenta. El sur de Rusia, por ejemplo, cuenta con alta presencia de fábricas de ropa con capital turco. A su turno, vecinos como Kazajistán actúan como puente para la llegada de productos occidentales que van desde la Coca-Cola hasta carteras Gucci o iPhones.
En cualquier caso, el vacío industrial más complejo lo ocupó China. Seguir contando con el gigante asiático (la segunda economía global) ayuda a explicar por qué el golpe de las sanciones ha sido limitado en Rusia. Por ejemplo, las marcas de autos del gigante asiático pasaron de una presencia marginal a tener más de la mitad del mercado ruso.
Pero esta independencia tiene límites. En alta tecnología (lo que incluye chips, electrónica avanzada, repuestos aeronáuticos o acceso a la Inteligencia Artificial), Rusia sigue dependiendo de importaciones que llegan a través de triangulaciones (con terceros países como intermediarios).
Zbigniew Iwanowski, jefe del Centro de Estudios Políticos del Instituto de Latinoamérica de la Academia de Ciencias de Rusia (ILA ACR), advierte que los baches aparecen en rubros como el aeronáutico, donde la aerolínea nacional Aeroflot, cuya flota está compuesta casi en su totalidad por aviones Boeing, hoy tiene dificultades para acceder a repuestos.
En lo anterior coincide Dmitry Rozenthal, director del ILA ACR, quien añade que las sanciones recortan el intercambio que Rusia necesita para desarrollar industria y que, aunque el país es más “autodependiente” que antes, en chips, electrónica avanzada y aeronáutica persisten cuellos que tomarán tiempo en resolverse.
Una “plomería” que, por ahora, sostiene la actividad rusa, pero con lastres: hay que pagar intermediarios, asumir demoras en la logística y lidiar con que cualquier presión de Occidente sobre los terceros puede encarecer o frenar la cadena de un día para otro.
Rusia y la desconexión de SWIFT
Cuando Rusia fue expulsada del sistema ‘SWIFT’, el problema fue que se cortó el canal de mensajería que usan más de 11.000 bancos en 200 países para avisarse quién paga, a quién y con qué cuentas. Si bien SWIFT no mueve dinero, en la práctica es la autopista por donde circulan las órdenes de pago transfronterizas.
Rusia respondió desviando sus flujos, al igual que con el comercio, a terceros países. Empresas y personas pasaron a comerciar en yuanes y rupias y es común que las operaciones bancarias internacionales se triangulen por Asia Central, Turquía, Emiratos Árabes y hasta Brasil, si se comercia con países de América Latina.
“No hay transferencias directas; usamos moneda china e india, trueques y pagos indirectos. La logística se encareció, pero aparecieron triangulaciones”, explicó Tatiana Mashkova.
A la vez, se creó el sistema ‘SPFS’ (un desarrollo ruso para la mensajería financiera) y la red de tarjetas Mir para comercios y cajeros. Matías Gianera, argentino radicado en Moscú y creador de la plataforma de pagos Dymatrox, describe que, tras las sanciones, el sistema bancario ruso quedó armado en tres capas: el sistema ‘SPFS’ como mensajería entre bancos rusos; ‘Mir’ como emisor de tarjetas (para uso en comercios y cajeros), y por encima, una malla de integradores o ‘brokers’ que, según la jurisdicción, convierte y enruta pagos hacia afuera.
“Con ese esquema se recuperaron cobros (incluidos QR), suscripciones digitales y transferencias internacionales. Funciona, pero sale más caro que con SWIFT”, asevera Gianera.
Resiliencia con costos
Pese a contener los efectos de las sanciones, la fórmula de Rusia para hacerle el quite a las sanciones trajo como efecto colateral incrementos en el costo de vida. Tal es el caso de los precios de los alimentos, que subieron 9,5 % en septiembre.
Aunque la inflación ha cedido desde los picos de 2022 (cercanos a 18 %), en el noveno mes de 2025 los precios subieron 8 %, una cifra todavía alta frente a la meta del Banco Central de Rusia. En su decisión de octubre, la entidad redujo sus tasas de interés a 16,5 %, pero señaló que persisten los riesgos al alza para la inflación.
Por ahora, la renta petrolera es el ancla que mantiene a la economía rusa en terreno positivo. El crudo que antes iba a la Unión Europea ahora se dirige a China y a vecinos asiáticos, a menudo por rutas más largas y con navieras sin bandera.
En contexto: En medio de gritos de sobreoferta, ¿qué papel juega Rusia en el mercado petrolero?
De ahí que el 19.º paquete de sanciones de la UE, anunciado el 23 de octubre, apunte a la fibra sensible: estrangular esos envíos con nuevas restricciones sobre la llamada flota fantasma.
Rusia no colapsó, se adaptó. Pero esa resiliencia tiene precio. Su margen de maniobra depende de que esa plomería siga funcionando y de que el petróleo continúe financiando el gasto. Si Europa, quien fuera el cliente principal del crudo ruso, sigue cerrando el cerco a los barriles que salen del Nord Stream, al andamiaje que Moscú levantó podrían empezar a vérsele las costuras.
*Enviado especial de El Espectador en Moscú, Rusia
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