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Martha Thorne dirigió la organización del Premio Pritzker de arquitectura durante 16 años, quizá el principal galardón de esta disciplina, que cuenta con laureados como Zaha Hadid, Oscar Niemeyer y Norman Foster.
En otras palabras, es un galardón que, anualmente, casi que sacraliza un nuevo nombre en el mundo de la arquitectura.
Y, a pesar de la reputación y la fama que carga el Pritzker, Thorne habla en esta entrevista de una visión de la arquitectura que está más asociada con el servicio a la comunidad y la forma como puede ayudar a resolver los desafíos de la crisis climática, por ejemplo.
La arquitecta es una de las principales invitadas al Congreso Camacol Verde, que esta semana se realizará en Medellín para hablar de sostenibilidad en el sector de la construcción.
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El cambio climático está rediseñando las ciudades, con inundaciones, calor extremo, sequías. ¿Están los arquitectos respondiendo a la velocidad que el problema exige?
En este tema me gustaría decir que tenemos algunas respuestas, pero lo cierto es que vamos hallando el camino a la vez que hacemos investigación y vamos probando cosas. No es como en otras épocas cuando decíamos “tenemos una solución” y sabíamos cómo llegar a ella. Hoy se trata más de adaptarnos. Nos hemos ido alejando de esta idea del arquitecto-autor que puede diseñar y solucionar todo solo. Nos damos cuenta de que la arquitectura es un esfuerzo colaborativo. Requiere, claro, buenos arquitectos, pero también de buenos clientes, constructores. También se necesita del sector público, de la ciudad. En ese sentido, las respuestas ante el cambio climático vendrán de la colaboración de muchos agentes que están interactuando en ese ecosistema, no solo del arquitecto sentado en su estudio.
Las ciudades latinoamericanas crecen rápido, de forma desigual y con recursos limitados. ¿Cómo se puede lograr una mejor integración entre la arquitectura y la política urbana para tratar de obtener mejores resultados?
Creo que uno de los problemas del sector público es esta visión por “silos”: tenemos departamento de finanzas, transporte, limpieza, educación. Pero el reto que tenemos es ver la ciudad como un solo ecosistema: necesitamos de la administración pública, pero también de la sociedad civil y del sector privado trabajando al unísono. El sector público debe liderar, ofrecer una visión, pero en conjunto con las demás profesiones, y pensando la ciudad como un todo: no como un desarrollo de transporte o de vivienda por aparte.
El urbanismo del siglo XX apostó por la separación de usos: aquí se vive, allá se trabaja, más allá se estudia. Hoy sabemos que eso generó ciudades para los carros. ¿Estamos deshaciendo ese error lo suficientemente rápido?
Ese fue uno de los grandes errores. Es un modelo que caducó, decir que “aquí se hacen oficinas, allí casas, industrias”. Todo ha cambiado. Y hoy vemos ciudades como París, que van paso a paso con buenos ejemplos acerca de cómo reducir los carros, reemplazarlos por bicicleta, peatón, transporte público. Ojalá fuéramos más rápido en esa vía, pero no es fácil porque implica temas de política, legislación y en la mitad hay mucho dinero.
Creo que aquí también es importante la negociación con la ciudad, con sus habitantes. Es importante trazar líneas y políticas, pero también hay que entender los comportamientos de los usuarios. No se trata sólo de imponer desde arriba. Si no, estamos condenados a continuar con los modelos antiguos.
En Colombia, y en América Latina, una parte grande de las ciudades la ha ido construyendo la gente, sin arquitectos, sin permisos, sin planos. ¿Qué tiene para decirle la arquitectura formal a esa ciudad informal y qué puede aprender de ella?
La arquitectura formal nunca va a poder satisfacer todas las necesidades de la población en una ciudad. Y tampoco debería hacerlo. Las comunidades informales existen en Latinoamérica, pero también en Estados Unidos, en Europa. Y es importante mirarlos y preguntar ¿por qué se han formado, qué tienen de positivo, qué no funciona? Creo que el papel del arquitecto es entender la sociedad y ofrecer construcciones seguras. No soy de la opinión de que hay que conservar la informalidad, pero tampoco reemplazarlo todo por cajitas de vivienda.
Durante décadas, la arquitectura celebró la altura, el vidrio y el acero. Hoy se habla de materiales locales y edificios que “respiran”. ¿Estamos ante un cambio de paradigma real o ante una moda con buena prensa?
Lo plantearía de otra forma. No creo que actualmente se trate de “vamos a usar madera local o tierra batida para sentirnos mejor”. La situación de la construcción es mucho más compleja que este escenario porque tienes empresas, empleados, recursos locales, materiales que no vienen del entorno inmediato. Y hay que ajustar y hacer que todas estas variables funcionen.
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En el pasado, ¿qué es lo que valorábamos? Bueno, el acero, el hormigón. Eso nos permitía construir alto y grande. Construíamos símbolos de poder. Y medíamos el éxito o el fracaso a través del dinero, lo icónico de un proyecto. Hoy en día miramos el valor no sólo por su precio, sino por cosas como sus valores de sostenibilidad. No podemos usar los criterios del pasado, tenemos que inventar unos nuevos.
Dicho esto, migrar todo el sector de la construcción hacia el uso de nuevos materiales no es una cosa que se hace de la noche a la mañana. Esa transición hay que hacerla de una forma que sea económicamente viable.
¿Qué hace que un arquitecto sea digno del Pritzker? ¿Cambió esa respuesta durante los años que usted estuvo al frente de la organización del premio?
Los objetivos han sido, desde el principio, premiar el arte de la arquitectura y el servicio a la humanidad. Esas dos cosas, pero expresadas a través de la obra construida. Me gusta pensar que, mientras estuve con el premio, el jurado miraba más ampliamente: no sólo el edificio, la estructura terminada, sino cuál fue la motivación, el mensaje detrás, qué significan esos proyectos en el mundo real, un realce del servicio para la gente.
Por ejemplo, en el último año que estuve con el premio, 2021, ganaron dos arquitectos, Jean-Philippe Vassal y Anne Lacaton. Y tienen experiencias en las que una ciudad los contrata para renovar un parque, ellos van y lo miran y se dan cuenta de que todo está bastante bien, la gente lo usa, le gusta. Y entonces la respuesta no es tirar todo y construir nuevo, sino arreglar algunas cosas y ya está. Entonces no es aceptar lo que el cliente dice, sino cuestionarlo y proponer soluciones más razonables, quizá más conservadoras, pero también más sostenibles.
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