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Los políticos y los economistas deberíamos saber más de historia económica porque, como dijo Marx, quien no conoce la historia está condenado a repetirla. La historia nos permite entender los legados institucionales heredados, de los cuales dependen las relaciones de poder que observamos en la actualidad, así como las actitudes de los ciudadanos ante el Estado, ante la iniciativa privada y ante la desigualdad.
Luis Bértola y José Antonio Ocampo acaban de publicar un libro excelente sobre El desarrollo económico de América Latina desde la Independencia, que cubre en apenas 300 páginas, en una prosa directa y concisa, los cuatro grandes períodos de la historia económica de la región: la postindependencia (1810-70), la primera globalización (1870-1929), el período de industrialización liderada por el Estado (1929-80) y la crisis de la deuda y la nueva globalización (1980-2010).
El mayor logro del libro es ofrecer una visión coherente de lo que ocurrió en cada uno de estos períodos, teniendo en cuenta la diversidad de los países y entrelazando cinco hilos conductores: el ambiente internacional, el crecimiento de las economías, los problemas de estabilización macro, el desarrollo social y las políticas e instituciones. Esto requirió un ambicioso trabajo estadístico y el criterio que sólo se consigue con una amplia experiencia en la investigación histórica y económica.
Disfruté el capítulo dedicado a la postindependencia, época de cambios rápidos y tendencias diversas entre países sobre la que no existía antes una buena síntesis para toda la región.
Bértola y Ocampo refutan en forma contundente unos cuantos mitos que influyen en la forma como seguimos viendo a la región. El mito de que desde tiempos coloniales siempre ha habido —y por lo tanto seguirá habiendo— una profunda desigualdad. El mito de que la actividad industrial era inexistente antes de la crisis de los veinte y de las políticas estatales que se adoptaron en las décadas siguientes. O el mito de que las políticas de sustitución de importaciones son inconsistentes con la promoción de exportaciones y de que por consiguiente toda política industrial está condenada a entrar en conflicto con la competitividad externa.
No hay libro perfecto, y éste no lo es. Los autores presentan una cuantificación interesante de las tasas de crecimiento potenciales que se derivan de las elasticidades de la demanda externa de los productos de exportación de cada país. Pero usan elasticidades expost, que ignoran la influencia de factores distintos al nivel de ingreso, como los precios relativos.
Puesto que los gobiernos latinoamericanos tienen una gran tendencia a gastar por encima de sus posibilidades de ingreso permanente, ésta es una lección que no debería ignorarse. Podemos estar a punto de repetir la historia.