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Con las cifras de crecimiento del PIB recién salidas de los hornos del DANE (incremento de 3,3 % para 2019), el gobierno nacional ha salido a celebrar por tener el mejor registro de los últimos cinco años y uno de los números más destacados en toda la región.
Sin duda al ver los datos agregados, la tendencia marca una recuperación y la cifra de 3,4 % de crecimiento para el cuarto trimestre de 2019 parece no haberse visto afectada por las fuertes movilizaciones sociales, pues seguramente ante un número menor al esperado el paro nacional estaría en boca de los analistas como causante de una posible desaceleración. Esta vez no fue, pero gracias por participar.
Según los datos presentados por el DANE, de nuevo el sector financiero sigue creciendo muy por encima del promedio con una tasa de 5,7 % y, como ya se ha mencionado antes en este diario, una buena parte del sector consumo que ha reactivado la economía viene impulsada por el crédito. Otros sectores de buen desempeño, con crecimiento de 4,9 % anual, fueron el de comercio y el de administración pública, defensa salud y educación.
Adicionalmente, sectores que han sido claves en la economía de este siglo como el minero-energético han mejorado, a pesar de estar por debajo del promedio del crecimiento del país, con una cifra de 2 %.
Sin embargo, a pesar de este panorama de optimismo generalizado, no todo es color de rosa y sectores claves en la generación de empleo, como la industria, crecen muy por debajo del promedio, con una cifra de 1,6%. El dato más preocupante, y el único que tiene un registro en terreno negativo, es el de la construcción, sector que tuvo una tasa de -1,3 % (decrecimiento).
Cuando se analiza en detalle este sector hay un fenómeno interesante y es que el significativo crecimiento de obras de infraestructura, como carreteras y proyectos públicos, que mostró una expansión de 10,7 % en 2019, no fue capaz de contrarrestar la caída en construcción de edificaciones residenciales y no residenciales, que cayó 7,7 %, junto con el segmento de actividades especializadas del renglón, como alquiler de equipo, que tuvo una baja de 2 %.
Según datos de la Cámara Colombiana de la Construcción (Camacol), para noviembre de 2019 la producción de concreto bajó 4,2 % respecto al mismo mes de 2018, lo cual es una buena muestra del problemático comportamiento del sector.
Estos datos nos permiten ver que el talón de Aquiles de todo el sector está en la construcción de vivienda y edificaciones, un segmento que depende fuertemente de la confianza de los hogares y de sus perspectivas acerca de la estabilidad para tomar un crédito de largo plazo.
La confianza de los consumidores es un tema delicado en esta ecuación: según datos de Fedesarrollo, ésta se encontraba en terreno negativo para diciembre de 2019 y para el tema específico de compra de vivienda, el indicador cayó a -0,1 % en 2019, después de estar 3,3 % en 2018.
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La pérdida de confianza, más allá de la sola cifra de Fedesarrollo, se puede ver reflejada, por ejemplo, en la caída de la variación anual del crédito hipotecario: según la Superintendencia Financiera, el indicador arrancó en 9 % para febrero de 2019 y llegó a 4,3 % en noviembre. Aquí vale la pena aclarar que el fin del programa de subsidios a la tasa de interés para viviendas entre $105 y $340 millones, asociado a familias de ingresos medios, también ha impactado el sector.
Pero la pérdida de confianza también tiene que ver con mayor inseguridad de los posibles compradores. Las dinámicas de flexibilización del trabajo (de las que tanto se habla por estos días) generan incertidumbre para muchos jóvenes profesionales de las nuevas generaciones, que terminan por ver que la única opción de vivienda propia es del tipo VIS, ubicada generalmente en las llamadas ciudades dormitorio de las periferias de las grandes urbes.
Para muchos otros que desean vivir en zonas centrales, incluso de ingresos medios, la única opción es el arriendo. Hoy un joven debe trabajar por lo menos cuatro veces más que sus padres para adquirir vivienda ante el alto crecimiento de los precios de compra respecto a los ingresos salariales.
Ante estos escenarios de caída en la construcción de vivienda y edificaciones la política pública puede inclinarse a relajar las condiciones de crédito para motivar a los consumidores a adquirir vivienda pese a la incertidumbre.
El año pasado, desde el Ministerio de Vivienda se propuso reducir el porcentaje de la cuota inicial de 30 % a 10 % del valor del inmueble. Sin embargo, la propuesta no ha logrado despegar ante las restricciones del regulador y la búsqueda de acuerdos con el Fondo Nacional de Garantías. Hoy es posible hacerlo, pero a través de leasing y con garantías o con el Fondo Nacional del Ahorro.
Aunque esta propuesta aún no es viable para la banca comercial, muy seguramente será uno de los puntos en los que más hará lobby, pues le permitirá aumentar su mercado crediticio. Esta idea ya tuvo algunas críticas pues puede acarrear dinámicas de riesgo moral y afectar la disciplina de los deudores, creando una nueva burbuja inmobiliaria. Un exceso de flexibilización en los mercados inmobiliarios trae consecuencias, como ya nos lo enseñan, amplia y dolorosamente, casos como el de la crisis de 2008.
Es claro, entonces, que el sector construcción, y específicamente el segmento de vivienda, deben tomar vuelo y que el crédito es clave para ello. Pero no debe ser un crédito excesivamente flexible sino, más bien, créditos hipotecarios responsables que vayan de la mano con mejores empleos y con énfasis en sectores intensivos en trabajo.
El peligro acá es que mientras más se flexibilice el trabajo, y la economía esté más impulsada por la deuda, más aumenta el riesgo sistémico, pues las hojas de balance de los hogares colombianos son frágiles en un escenario en el que el desempleo y la informalidad no mejoran significativamente pese a que la economía crece.
*Profesor de la Escuela de Economía de la Universidad Nacional de Colombia.