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La inflación es en Argentina, como en otros países de la región, un dolor de cabeza. Las principales confederaciones sindicales de ese país se manifestaron este miércoles en Buenos Aires contra el alza de los precios, en una jornada en la que también marcharon por separado los movimientos sociales que representan a los trabajadores informales y a los desempleados.
Por primera vez desde que en diciembre de 2019 asumió el gobierno el presidente Alberto Fernández, de quien son aliados, los sindicatos decidieron marchar hasta la sede del Congreso para protestar por el alto costo de la vida.
Los sindicatos orientaron sus reclamos hacia el sector empresarial, al denunciar “la irresponsabilidad económica de los grandes formadores de precios que remarcan el valor de los productos esenciales para mejorar sus márgenes de ganancia”. También contra “la especulación financiera que busca una devaluación que sólo favorece a los grupos económicos concentrados y empobrece a la gran mayoría de los argentinos”.
En este momento, muchos trabajadores, pese a tener un empleo formal, tienen salarios que están por debajo del valor de la canasta básica, que marca el límite de la pobreza.
Argentina tiene una inflación anual de dos dígitos desde 2002, pero este año, al calor de un escenario global de precios disparados por la guerra en Ucrania y de los desequilibrios no resueltos de la macroeconomía local, la tasa no ha sido menor al 3,9 % en ningún mes.
Es cierto que el país sufre desde hace años de una muy alta inflación, pero el aumento de precios se profundizó aún más este año. A la par, la moneda está sometida a fuertes presiones, pese a la vigencia desde 2019 de un control de cambios que se ha hecho cada vez más estricto.
Los datos de julio, que se dieron a conocer el jueves pasado, muestran que los precios al consumidor avanzaron 7,4 %. Este es el mayor salto mensual desde 2002. En términos interanuales, la cifra se ubicó en 71 %, con un alza acumulada en los primeros siete meses del año del 46,2 %.
La aceleración llega en un contexto de sobresaltos políticos, con cambios en el gabinete del Gobierno de Alberto Fernández que generaron a inicios de agosto la incorporación de Sergio Massa como ministro de Economía.
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En medio de la tensión, también se disparó el dólar en el mercado paralelo hasta niveles récord. ¿Qué implica? Una fuerte remarcación de precios en toda la economía real.
En el séptimo mes del año hubo alzas generalizadas en bienes y servicios, pero lo que más preocupa es el precio de los alimentos, con un incremento promedio del 6 %. Ingredientes básicos para cocinar se elevaron, por ejemplo, el precio de la cebolla subió 57,9 % en comparación con junio.
Con estos resultados, hubo fuertes correcciones al alza en los pronósticos de inflación. Los economistas privados que mensualmente consulta el Banco Central para su informe de expectativas proyectaban a inicios de este año que 2022 terminaría con una inflación del 55 %, superando la tasa del 50,9 % registrada el año pasado. Pero ahora, las mismas consultoras proyectan una inflación anual del 90,2 %, cifra que supera (por mucho) el rango de 52 %-62 % proyectado por el Gobierno argentino y por el Fondo Monetario Internacional.
Otros expertos calculan que, incluso, la inflación de 2022 superará los tres dígitos. “Seguramente, tendremos una tasa cercana al 110 %, la mayor desde la hiperinflación de 1989-1990″, dijo Leonardo Piazza, director de la consultora LP Consulting. Para el experto, el nivel de gasto público, los ajustes tarifarios y la inercia inflacionaria, entre otros factores, dejan para lo que resta del año tasas mensuales de entre el 6,5 % y el 7 %.
Y agrega que si la pérdida de reservas del Banco Central continua y el Gobierno no puede desacelerar el crecimiento del gasto público, este escenario de crecimiento de la inflación anual es bastante factible.
Si bien el nuevo ministro de Economía ha admitido que agosto también será un mes “caliente” en materia de precios, sostiene que a partir de septiembre la curva comenzará a ceder. De momento, las medidas apuntan a moderar el gasto, reducir la emisión monetaria y a aumentar las reservas monetarias, pero muchos analistas consideran que se necesita un plan más agresivo para frenar la inflación.
“Si no se adopta un plan antiinflacionario, las perspectivas para el año pasan por un incremento de precios en el orden del 100 %”, advirtió Víctor Beker, director del Centro de Estudios de la Nueva Economía, de la Universidad de Belgrano.
Si bien no hay un anuncio formal previsto, se espera que el banco central incremente su tasa de interés luego de la publicación de los datos de inflación. Hace dos semanas, el directorio del banco, que se reúne todos los jueves, anunció una enorme alza de 800 puntos básicos, elevando su tasa de referencia a 60 %.
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Faltan dólares
Uno de los síntomas de la crisis que Argentina vive es que sus habitantes están pendiente de la cotización del dólar en el mercado negro y en los mercados bursátiles paralelos, que en las últimas semanas encara una marcha alcista que no encuentra freno, tras el efecto que produjo la renuncia a comienzos de julio del anterior ministro de Economía. Argentina tiene escasez de reservas internacionales para lidiar con el nuevo contexto, en el que Estados Unidos endurece su política monetaria, elevando las tasas de interés y fortaleciendo el dólar.
En medio de la crisis cambiaria por la escasez de dólares, con una fuerte reducción de reservas internacionales y crecientes dificultades para importar, los argentinos se preguntan si están en riesgo, incluso, sus costumbres.
Para no fallarle a ninguno de sus clientes, el importador que le vende el café de especialidad a Agustina Román para su cafetería ‘Tres’, en Buenos Aires, esta vez le llevó solo cinco bolsas en lugar de las 10 acostumbradas. “No creo que vamos a llegar al desabastecimiento, pero sí habrá que tener mayor cuidado de la materia prima para que se pueda abastecer a todos los negocios”, dijo Román, al advertir que la crisis de las importaciones llega en pleno invierno, cuando la demanda de café aumenta entre 20 % y 30 %.
Argentina no produce café, lo importa. Pero las cafeterías de Buenos Aires son toda una institución que identifica a la ciudad. Hay, incluso, una lista de “cafés notables”. Por eso este producto ilustra una situación que se extiende a otras mercaderías.
El salame, un ingrediente en la ‘picada’, sí es un producto nacional. Sin embargo, para preparar ese embutido se necesitan hasta 25 componentes importados, según la Cámara de Chacinados hay una baja en las existencias de estas mercaderías.
El alza en los precios internacionales y aumento en los costos de los fletes, más una caída sostenida de la disponibilidad de dólares en el país, se ciernen sobre las importaciones. Mientras, el gobierno mantiene un férreo control de cambios ante la erosión de sus reservas internacionales.
¿Por qué faltan dólares? Para Fernando Furci, gerente general de la Cámara de Importadores de la República Argentina, el principal problema de su sector tiene que ver con las distorsiones del mercado cambiario. “En Argentina hay una brecha de más 100 % entre el tipo de cambio oficial y los del mercado paralelo. Se podría compensar con más exportaciones o con otras medidas, pero no las tenemos hoy vigentes y eso hace que nuestras reservas en el Banco Central vayan disminuyendo drásticamente”.
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Las reservas brutas de Argentina son de unos 37.000 millones de dólares, pero los analistas estiman que las netas (después de descontar un Swap con China y los encajes bancarios, entre otros) se encuentran ya en saldo negativo. “Faltan dólares, sobran pesos, y eso deriva en la situación actual”, agregó Furci.
En junio, las importaciones sumaron 8.547 millones de dólares, frente a exportaciones por 8.432 millones de dólares, lo cual implica un saldo negativo en la balanza comercial de 115 millones de dólares.
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Con una llegada temprana del invierno, pesó especialmente la compra de combustibles y lubricantes por 1.953 millones de dólares, un aumento interanual de 118,9 % en precios y de 19,6 % en volumen, según el estatal Instituto de Estadísticas. Como resultado, y en medio de una intensa crisis política y económica, se incrementaron los requisitos para importar y se ampliaron algunos plazos de pago de las importaciones.
Las importaciones en Argentina se realizan al tipo de cambio oficial, a través de cupos de divisas que asigna el Banco Central a las empresas, en función de las compras facturadas en los años anteriores. El mecanismo no toma en cuenta volúmenes de mercadería, por lo que esas cantidades asignadas de dólares, pueden obligar a reducir los volúmenes de compra si los precios son más altos.
Con este mecanismo vigente, en el caso del café, como han aumentado los precios internacionales del grano, los importadores tienen que reducir sus volúmenes de compra, como explicó Román. Además, la devaluación constante de la moneda y una inflación desbordada han hecho subir mucho el precio.
En cuanto a las importaciones en general, el panorama es incierto también para las industrias. Furci concluye que “el problema no es solamente el de los productos terminados, sino también el factor crítico que representa el no poder abastecerse con la previsibilidad necesaria de insumos y materias primas, bienes de capital, repuestos, partes y piezas para mantener la maquinaria productiva de forma competitiva” en el país.
Dejar de imprimir dinero
Massa se comprometió a principios de agosto a dejar de imprimir dinero, un factor que, según expertos, ha contribuido a alimentar la inflación. La hoja de ruta económica de Massa, después que ser por el presidente Alberto Fernández como el tercer ministro de Economía en un mes, se centra en impulsar las exportaciones, reducir el déficit fiscal del país y aumentar las decrecientes reservas del banco central.
Aislado de los mercados internacionales de capital, el Gobierno de Fernández ha recurrido a la impresión de dinero para cubrir su déficit fiscal crónico.
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Aunque poco específico, Massa se comprometió a cumplir con la meta de déficit primario del Gobierno este año, un pilar clave de su programa de US$44.000 millones con el Fondo Monetario Internacional. Massa dijo el 4 de agosto que habló con el equipo técnico del FMI para discutir el futuro del programa.
Por ahora, las soluciones parecen insuficientes. “Tras reunirse con el FMI el miércoles, el nuevo ministro de Economía de Argentina, Sergio Massa, se comprometió a dejar de utilizar la emisión de dinero para financiar al Gobierno. Se trata de una promesa audaz, pero el ministro no expuso una senda creíble para lograrlo. Sin un plan detallado para reducir el déficit, somos escépticos ante cualquier promesa”, dijo para Bloomberg Adriana Dupita, economista para América Latina.
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