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La moda, al igual que toda la experiencia humana y el resto de la economía, se topó con la cuarentena de frente. Con los comercios cerrados, la gente en casa y la pérdida del poder adquisitivo, las posibilidades de vender productos se redujeron drásticamente.
Sin embargo, cumpliendo con la naturaleza del sector textil y confecciones de reconstruirse para adaptarse a las adversidades se abrieron dos posibilidades: las ventas en línea y la producción de prendas de protección.
Las empresas y los diseñadores comenzaron a fabricar batas y tapabocas médicos, pues para abril se empezó a vivir la escasez a escala mundial de esos productos e incluso el Gobierno abrió una convocatoria para responder a la demanda y reactivar al sector. Otros se fueron por creación de prendas de protección pensadas para el consumidor final.
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Alejandro Ramos, gerente general de la compañía de confección Grupo NK, tuvo que volcarse a la producción de tapabocas para poder pagar las nóminas de sus empleados. Para mayo, las confeccionistas de su compañía tenían las máquinas de coser en sus casas. Ramos vio en el negocio de las mascarillas una oportunidad. Así que decidió unirse junto a otros cinco socios para crear la empresa Exit Group y lanzar la marca de tapabocas Creo.
Trajeron la maquinaria adecuada de Asia para fabricar tapabocas termosellados, con capacidad para producir 12 millones mensuales y emplearon a 120 personas. Sin embargo, la dicha les duró poco. “Cumplimos con todos los requisitos que pedía el Gobierno, tenemos la tecnología y el producto con efectividad del 98,56 % para vender, pero no sé qué pasa y por qué no apoyan la industria nacional. Han entrado muchos tapabocas importados y la sobredemanda es terrible”, dice.
La inversión para crear la empresa fue de más de $4.500 millones. Al no tener los resultados esperados tuvieron que reducir la nómina a 30 personas, que además de estar en la producción, ahora salen a vender en calle, droguerías y tienda a tienda. “El cliente grande que compraba 50 millones de tapabocas nunca llegó. Tendemos a desaparecer en menos de dos meses. Esperamos que los tapabocas funcionen porque creamos esa planta de producción para que funcione más allá de la pandemia”.
La Cámara Colombiana de la Confección y Afines ha denunciado durante estos meses este escenario. Camilo Rodríguez, presidente del gremio, dijo que en 2019 ingresaron al país cerca de 248 millones de tapabocas. Entre enero y junio de 2020 llegaron 1.200 millones. Rodríguez agregó que las compañías nacionales que trajeron insumos tuvieron que pagar aranceles e IVA para la venta del producto; mientras que los tapabocas importados no. “Incluso el Gobierno compró tapabocas importados, lo que dejó por fuera del juego a los confeccionistas nacionales”.
Por su parte, el diseñador Diego Guarnizo, quien tenía un taller de confección especialmente para vestuario de televisión y moda, empezó en mayo a ofrecer el espacio para los interesados en confeccionar elementos de protección y para colegas que necesitaran satélites o maquilas.
“El tema de bioseguridad no lo he querido dejar de lado. Hay demanda, que fue lo que me sacó del hueco de la desesperanza cuando empezó la pandemia. A punta de tapabocas y ropa de protección logramos salir a flote”, dice Guarnizo, quien ha lanzado colecciones en Colombiamoda, Bogotá Fashion Week y prepara una para Ixel Moda en las que los tapabocas y la ropa de protección están presentes.
Tejiendo Paz, un emprendimiento de excombatientes de las Farc, que desde Icononzo (Tolima) confeccionan ropa que se vende por redes sociales, a través de Manifiesta: Hecho en Colombia, una marca creada por las politólogas Ángela Herrera y Sara Arias, lanzó una línea de tapabocas para donar a comunidades vulnerables. Herrera cuenta que dejaron de lado los clásicos y crearon una línea de mascarillas estampadas. “Les incluimos un valor agregado con los diseños. Luego sacamos chaquetas con materiales antifluidos para sortear las nuevas dinámicas de la industria textil”.
Con la reactivación de la mayoría de los sectores, y en paralelo con las prendas de bioseguridad, están regresando a la producción normal de vestidos, kimonos y capas: “La gente está buscando ropa para ir de vacaciones”, dice Herrera.
El grupo Crystal encontró en el mercado de los tapabocas una oportunidad para apoyar al país y una decisión estratégica de negocio al reconocer que estos productos se convertirían en una necesidad básica durante todo el año. Aprovecharon sus tecnologías para sacar al mercado tapabocas que cubrieran las necesidades de todos los integrantes de las familias. Por ejemplo, mascarillas sin costuras, con materiales elásticos, con antifluidos, termosellados, estampados, entre otros.
“Los tapabocas están en los productos mejor vendidos, al lado de los de protección. Tenemos una oferta especializada en el tema de la protección mientras dure la pandemia, pues la gente buscará opciones confiables”, explica una vocera del grupo. Además, se les abrió una oportunidad de exportar tapabocas para Estados Unidos.
De acuerdo con cifras de Procolombia, entre enero y agosto de 2019 se exportaron US$82.517 en mascarillas de protección, mientras que en el mismo periodo de 2020 van casi US$30 millones. Los principales compradores son Estados Unidos, con más de US$19 millones, China (US$3,7 millones), Hong Kong (US$1’538.509), Bélgica (US$487.462) y Panamá (US$462.417). Por su parte, los departamentos que más han exportado son Antioquia, Bogotá, Atlántico, Risaralda y Valle del Cauca.
Según el Ministerio de Comercio, Industria y Turismo, entre enero y julio cerca de 150 empresarios han exportado a 19 países. El 74,6 % de las empresas que han exportado tapabocas son mipymes y la cifra restante son compañías grandes.
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“Aunque al inicio de la pandemia habíamos restringido la exportación de varios productos para atender la emergencia sanitaria y garantizar el abastecimiento interno, creamos una Mesa de Diálogo y Coordinación para que las empresas solicitaran la autorización para exportar. De tapabocas llegaron 103 solicitudes y se aprobaron 98”, dijo en un comunicado Laura Valdivieso Jiménez, viceministra de Comercio Exterior.
¿Qué viene?
El boom de la moda de protección se ha vivido de manera particular en Colombia, en comparación con Estados Unidos o Europa, pues en estos lugares no fue usual encontrar a gente en las calles con overoles, caretas o ropa personalizada para protegerse del virus. En cambio, desde hace unos meses se ha evidenciado la necesidad de las personas por volver a la “normalidad”, es decir, ir de compras, comer en restaurantes, sentirse en libertad…
“La gente quiere retomar la vida normal, como una forma de negación ante el temor por el virus. No creo que haya un impacto mundial en cuanto a indumentaria casual que proteja del virus, pero sí habrá cambios en temas textiles, con consumidores más informados sobre las propiedades de los textiles de las prendas, como protección ante líquidos, antibacteriales y antivirales van a tener un mejor desarrollo y se ampliará la oferta”, señala Diana Gómez, comunicadora de moda.
En cuanto a los tapabocas, es posible que la demanda se reduzca cuando termine la pandemia. Sin embargo, su uso permanecería en espacios como aeropuertos, cuando la gente se enferme o por la contaminación del aire.
“En desarrollos textiles vamos a ver a nivel global una oferta que incluye carbón activado, zinc, cobre y plata. Son desarrollos que han surgido para los tapabocas van a expandirse para prendas utilitarias y funcionales para la ciudad, como ropa deportiva, en la que los textiles antibacteriales se usarán para prevenir los malos olores”, puntualiza Gómez.