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Rabia por los cristales rotos

Edificios a medio construir, abultados embargos hipotecarios y la amenaza de perder a la mayoría de sus clientes, los mismos que propiciaron su auge, son las principales preocupaciones del emirato afectado por la crisis financiera.

30 de enero de 2010 – 04:00 p. m.

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Dos semanas después de la fastuosa celebración que siguió a la apertura del edificio Burj Dubai, el más alto del mundo, los habitantes del emirato se estrellaron con la cruda realidad: su costa estaba repleta de elefantes blancos.

La crisis financiera que inició en noviembre pasado, cuando el gobierno dubaití anunció que no podría hacer frente a los cerca de US$60.000 millones de deuda que tenía con entidades financieras extranjeras, trajo consigo la detención de los jugosos e imponentes proyectos inmobiliarios que venían edificándose desde hace más de un lustro. Era un problema que venía un año atrás. En 2008, cuando grandes bancos cerraban sus puertas por quiebra y las bolsas descendían, los inversionistas y trabajadores extranjeros de Dubai (el 90% de la población del emirato) dejó de pagar las facturas de sus recién adquiridas propiedades por falta de liquidez.

Se vieron casos tan extremos como el suicidio de John O’Dolan, el financista que compró a Irlanda en el proyecto The World (las más de 300 islas que forman el mapamundi en aguas dubaitíes), tras la quiebra de su compañía inmobiliaria. “Hasta hace un año y medio cualquier proyecto era vendido en una semana. Pero con la crisis financiera mundial, el dinero se ha hecho escaso y muchos proyectos que habían sido lanzados han sido anulados. Los precios han caído hasta 50%”, le dijo el agente inmobiliario Phillipe Rey a la agencia Euronews.

El año pasado la crisis hipotecaria hizo que los precios de las propiedades subieran 52%, y para septiembre la calificadora de riesgos del Deustche Bank reveló que el 12% de 27.000 hipotecas ya cumplían 18 meses en mora. Y hace apenas dos semanas el banco británico Barclay’s, uno de los mayores prestamistas del emirato, presentó una demanda de embargo por el orden de US$16.000 millones.

“Es la consecuencia de un proyecto de inversión demasiado grande, mal estructurado, basado sobre recursos que no son estables”, comenta César Ferrari, catedrático de Economía y ex director del Banco Central peruano.

Es el trágico desenlace de un cuento de hadas iniciado en los años 60 con el hallazgo de los primeros pozos petroleros y las ventas de crudo al exterior. Dubai, una porción de arena que por décadas había obedecido a los designios de Inglaterra, se puso como meta convertirse en el mayor centro financiero de Oriente Medio. Lo logró 40 años después, y la grandeza le hizo perder la cabeza.

Vinieron los megaproyectos inmobiliarios (islas de la nada, hoteles donde el oro es comestible, etc.) y el derroche de la dinastía gobernante, los Al Maktoum. Sueños que los dejaron indefensos: Abu Dabi, el socio de mayor poder dentro de los Emiratos Árabes Unidos, decidió la semana pasada reducir a la mitad los US$10.000 millones prometidos para rescatar a Dubai, poniéndole límites a la independencia que éste gozaba desde la creación de la federación en 1971.

El futuro no es para nada esperanzador. Ante la debacle, los capitales podrían emigrar a mercados más seguros no muy lejos de la región, como los vecinos QatarBahrein o Arabia Saudita.

“Puede ocurrir lo mismo de Cali a finales de los años 90, cuando uno viajaba del aeropuerto al centro y veía montones de edificios a medio construir”, predice Mauricio Pérez, decano de Economía de la Universidad Externado de Colombia.

Islandia, el estado al que las deudas lo obligaron a recordar

Hacia mediados de 2006 una escena común en los cafés de Reykjavik, la capital islandesa, era encontrar a hombres en elegantes trajes discutiendo sobre la compra de un banco o una aerolínea.

Pero la enorme riqueza generada desde los años 90 por el sistema financiero, en su mayoría bancos internacionales, llegó a su final con la crisis financiera de 2008.

La quiebra obligó a muchas multinacionales, como McDonald’s, a abandonar el país.

Para reconstruir la alicaída economía, los islandeses regresaron a la industria pesquera, la misma que lideró el crecimiento en los siglos XVII a XIX, antes de la llegada de las finanzas.

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