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Colombia pareciera un país que no quiere a sus niños. Si los quisiera, no estarían dos millones de ellos en la extrema pobreza. 5.000 no morirían cada año por desnutrición. Y el 12% de los menores de cinco años no sufrirían desnutrición crónica, según un informe de la FAO de este año. Si el país cuidara a sus niños, no ocurrirían hechos lamentables como que la bienestarina termine engordando a cerdos y no a niños indígenas del Chocó, como sucedió el año pasado.
Seguramente para aquellos niños ese pocillo desportillado con bienestarina sería el único bocado del día, a pesar de que el director del Instituto de Bienestar Familiar, Diego Molano, aclare que “la bienestarina no es la única responsable de la nutrición” y que ésta “debe contar con la contribución de todos los colombianos”. Pero en algo tiene razón Molano y es que el hambre no es sólo física. También hay que nutrir el espíritu. Un mal que representa la falta de afecto, la discriminación, la poca atención, la violencia y la intolerancia.
Entonces la desnutrición y el maltrato se convierten en verdugos de los niños de este país. En 2010, 1.248 niños fueron asesinados. De dos años para acá se han registrado 4.000 nuevos casos de maltrato en sólo Santander, Antioquia y Boyacá, según el ICBF.
Los compromisos del Estado y los mandatarios de turno con la primera infancia deben ir más allá de frases de cajón y de artículos de papel que no atacan el problema real. La Organización de la Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura considera que el hambre es en Colombia un problema estructural asociado a la desigualdad, la corrupción y el conflicto armado.
Luiz Inácio Lula da Silva, expresidente de Brasil, explica que “ninguna política pública será eficaz si el dinero que se destina a los pobres no llega a sus manos… No hay nada que cueste menos a un Estado que ocuparse de los pobres”. Mientras que el Estado colombiano paga poco a poco sus deudas históricas con la niñez —entre 12 países de América Latina somos el que tiene menos desnutrición—, hay quienes desde lo pequeño generan grandes cosas.
Jesús David Bedoya es un niño de cuatro años a quien le faltaban colombinas de zanahoria, chicles de remolacha, helado de fruta y gomas de pollo, carne y pescado para ser un supermán en miniatura. Jesús David lleva dos años en la Fundación Ximena Rico Llano (Medellín), que recibe el apoyo de la Fundación Éxito y que fue creada para darle vida a una mujer que tenía ese mismo nombre y que fue asesinada por una bala perdida.
En esos dos años, Jesús ha conocido la música como un escape a la realidad que vive en su casa. Hoy, después de recuperar la talla y el peso adecuados, Jesús puede asistir a los talleres de iniciación de la música, que es el segundo paso en el proceso que lleva en la Fundación. Esto le ha permitido, según su profesora, “ser un niño más activo, alegre y menos retraído. Ahora es capaz de integrarse con los otros niños. Y dejó de ser agresivo, que es lo más importante”.
Esta fundación, y otras seis más, reciben el apoyo económico de la Fundación Éxito para implementar esta pedagogía. La apuesta por la música radica en cambiarle la visión de vida que puede tener un niño como Jesús David, que se encuentra en situación de vulnerabilidad, sus padres son trabajadores informales y que crece en ambientes contaminados por violencia intrafamiliar y drogas.
Según Germán Jaramillo, director de la Fundación Éxito, “la iniciación musical temprana tiene un alto impacto en el desarrollo de las habilidades de niños y niñas, como la escucha, el trabajo en equipo y el respeto por el otro. Para este programa nos aliamos con la Corporación Fomento a la Música y su escuela Claves en Sol”. De acuerdo con la Corporación Fomento de la Vida, “esta iniciación exige la participación de todas las capacidades del ser humano, es decir, l adinámica, sensorial, afectiva y mental que, armonizadas entre sí, permiten el desarrollo de la personalidad”.
Ahora Jesús pasa sus tardes componiendo canciones de las que son protagonistas una vía láctea de verduras y frutas, superhéroes, su familia, sus compañeros de la Fundación. En ellas aclara, como buen paisa, que no se dice fríjoles sino frijoles.
La Fundación Éxito invirtió $13.177 millones, el 15% de recursos propios, para la nutrición de niños, dinero entregado a 226 instituciones en 23 departamentos del país.