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A finales del siglo XIX, uno de los filántropos norteamericanos más conocidos, Andrew Carnegie, quien amasó una fortuna negociando en el sector metalúrgico escribió un ensayo titulado El evangelio de la riqueza con el que pretendió guiar a otros hombres de negocios en el camino de la filantropía.
Carnegie sugería a sus colegas fundar una universidad, establecer bibliotecas gratuitas, crear laboratorios o centros de investigación médica, crear parques públicos, proporcionar salas para celebrar reuniones y conciertos, establecer piscinas públicas y ayudar a las iglesias.
Para 1960, cuando un grupo de empresarios barranquilleros liderados por Mario Santo Domingo y su hijo Julio Mario, decidió crear una fundación, la filantropía ya era un asunto más complejo y exigente. Santo Domingo y sus colaboradores sabían que en un país pobre como Colombia, que no terminaba de industrializarse, la tarea no podía consistir en construir parques públicos o lugares para conciertos sino disparar cada esfuerzo al corazón de la pobreza.
“El objetivo principal en ese momento era formar los recursos humanos requeridos en Colombia promoviendo la creación de instituciones de educación formal”, cuenta hoy Juan Carlos Franco, director general de la Fundación Mario Santo Domingo. Así nació el Instituto Experimental del Atlántico José Celestino Mutis, que recibe a jóvenes sin recursos y además de graduarlos como bachilleres los forma en áreas técnicas.
Con el apoyo de la embajada de Alemania se creó la Escuela Técnica Colombo-Alemana, que con los años pasaría a ser parte del Sena, y también nació la Universidad del Norte, que desde entonces ha formado una generación tras otra de barranquilleros.
Santo Domingo y sus socios habían puesto en marcha una empresa social que no pararía de crecer y extender su apoyo a miles de colombianos. En los años siguientes instituciones como Profamilia, la Fundación Pro Sierra Nevada de Santa Marta o la Fundación Servicio Juvenil del padre Javier de Nicoló recibirían el respaldo necesario para continuar con sus proyectos en beneficio del país. Nacerían a la par la Escuela de Artes y Oficios Santo Domingo en Bogotá, el Parque Cultural del Caribe y la Fundación Zoológico en Barranquilla. En Cali abrió sus puertas la Fundación Valle del Lili, que en cuestión de pocos meses se convirtió en líder de la atención en salud del suroccidente.
Hacia mediados de los años ochenta la fundación, ya madura, daría un giro. Pablo Gabriel Obregón, director de la Fundación asegura al respecto: “Si bien estas acciones de filantropía tradicional eran de gran importancia, la fundación pasó a considerar como su labor fundamental la ejecución directa de programas dirigidos específicamente a mejorar las condiciones de vida de los colombianos más pobres”.
A través de un programa de generación de ingresos y empleos la Fundación ha desembolsado $256 mil millones en créditos para ayudar 133 mil microempresarios. En 2004, el programa recibió el Premio a la Excelencia en Servicios Empresariales otorgado por el Banco Interamericano de Desarrollo.
Ofrecer trabajo no era suficiente. Sin casa propia —más del 30% de las personas de estrato bajo no la tienen— resultaba imposible dar un salto a una vida más digna para estas personas. Surgió la idea de ayudar a los colombianos más pobres a construir su propia casas. En 1985 se puso en marcha el proyecto Ciudadela Metropolitana en Barranquilla con 4.300 viviendas de interés social.
El programa de vivienda ya no dejaría de crecer y hoy acapara gran parte de los esfuerzos de la fundación. Dos macroproyectos están en marcha. Uno de 25.000 viviendas en Cartagena y otro de 20.000 en Barranquilla.
“Lo que es claro es que las claves del éxito son la confianza y el compromiso activo entre empresarios, funcionarios públicos, organismos de cooperación, fundaciones y, obviamente, los propios beneficiados”, dice Pablo Obregón.
Microempresaria y filántropa
La señora Elvia Cenith Escobar dirige un taller en el que se fabrican traperos, otro en el que se sellan bolsas plásticas, y uno más, dedicado a la modistería, en el que se cosen manteles, sábanas y tendidos. Esta mujer, de 66 años, también lidera la Fundación Anda, dedicada a apoyar, asistir y capacitar a unos 200 adultos mayores. A diario, los ancianos llegan a la Fundación, desayunan, almuerzan y reciben capacitaciones en confecciones y manualidades.
A estas dos labores, crear empresa y brindar ayuda a los más necesitados, ha dedicado doña Elvia casi su vida entera, en compañía de familiares y amigos. En 1993 se vinculó al programa de Microempresas de la Fundación Mario Santo Domingo, a través del cual ha obtenido unos veinte créditos para invertir en su negocio y en su Fundación. “Muchas personas se han unido para sostener el centro, porque son demasiados gastos, pero aún faltan muchas más”, dice esta microempresaria, a la vez que explica que cualquiera tiene la posibilidad de sumarse a la causa “apadrinando” a un anciano.