
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los arroceros no terminan de resolver un problema y les llega otro. Ha pasado más de un año desde que realizaron un paro por los precios bajos y cuando estaban buscando soluciones en reducir los costos o ser más eficientes, la guerra en Oriente Medio encarece los precios de los fertilizantes. Esto hace que algunos cultivadores consideren la posibilidad de dejar de sembrar el único cereal que es capaz de cubrir su demanda en el país.
Ese es el caso de la arrocera Judy Herrera, para quien este año es definitivo. “Si el resultado es igual o peor que el del año pasado, me toca dejar el cultivo porque no tendría cómo trabajar. Yo vengo de sembrar 250 hectáreas en Nunchía (Casanare) y ahora estoy en 150 hectáreas nada más, para buscar ser competitiva y que la industria pueda absorber la producción. Quiero un futuro en el que pueda permanecer”, asegura.
Entre las opciones que tiene no está sembrar otra cosa. Herrera sostiene que sus tierras hacen parte de una sabana inundable, que no sirve para otros cultivos y cuando mucho se podría hacer ganadería allí. La situación también preocupa a José Román Flórez, productor de Saldaña (Tolima), pues teme que el cultivo de arroz desaparezca del país porque “quién va a querer sembrar para perder plata”.
Un antecedente que agrava la discusión actual es lo sucedido con otros cultivos de cereales en Colombia. Aunque hay condiciones propicias para cultivar maíz amarillo, avena y cebada, su siembra se desincentivó y por eso más del 80 % de la demanda nacional se cubre con producto importado, de acuerdo con las cifras de la Federación Nacional de Cultivadores de Cereales, Leguminosas y Soya (Fenalce). Ese es el destino que se le quiere evitar al arroz.
Ahora sí, para entender la preocupación y dificultades de los arroceros es necesario repasar la crisis de hace un año —que derivó en el paro— y revisar el panorama internacional.
Una crisis que no termina
Los problemas actuales del arroz están atados a la crisis que se dio en 2025 debido a los bajos precios del grano, razón por la que los productores hicieron dos paros en el primer trimestre del año.
Los motivos que explican la caída de precios de ese momento fueron: buena producción nacional, altas importaciones (sumadas al contrabando) y precios internacionales bajos. La ecuación es sencilla desde la lógica, si hay mucha oferta entonces cae el valor.
A pesar de ello, el año pasado lograron vender el grano, la mayoría lo hizo a un precio inferior al equivalente de los costos de producción o apenas pudieron cubrirlos. No tuvieron ganancias y, los más afortunados, tampoco perdieron.
De todos modos, algunos quedaron en apuros financieros. Para sembrar lo más común es pedir un préstamo, muchos tienen deudas con los molinos, bancos o almacenes de insumos, que son difíciles de pagar dadas las circunstancias. Por eso no se pueden dar el lujo de tener otra cosecha con pérdidas, pues sería más difícil pagar los saldos.
Entre las alternativas que adoptaron los productores para seguir en la actividad fue la de reducir el área sembrada, como lo hizo Herrera, y bajar los costos de producción, como relata Flórez. Lograrlo fue todo un reto. Ante las circunstancias adversas para la actividad, el precio de los arriendos bajó un millón de pesos, antes estaban en COP 2,5 millones y ahora está en COP 1,5 millones.
Lo que no pudieron menguar fue el costo del agua, ya que Flórez se encuentra en el distrito de riego del río Saldaña. Este rubro representa COP 750.000 por hectárea y los productores se quejan de que la tasa sea fija sin importar que usen menos agua cuando llueve. Por eso han pedido una revisión de tarifas, pero la autoridad ambiental del Tolima no lo ha hecho.
Aunque en cada cultivo los precios son distintos, las cuentas de Flórez apuntan a que sus costos de producción estaban alrededor de COP 10 millones por hectárea. Pero entonces tuvo que sumarle otro problema a la ecuación: el conflicto en Oriente Medio.
Él usa 16 bultos de abono por hectárea, que valían COP 1,7 millones. Pero ahora que están en época de siembra, el insumo se encareció y vale COP 2,7 millones. Prácticamente equivale a la reducción que había conseguido.
Un contexto árido
El alza de los fertilizantes responde a dos factores que tienen su origen en la guerra. El primero es que buena parte del suministro mundial de los agroinsumos viene del Golfo Pérsico, los de nitrógeno (cuya producción depende del petróleo y gas) y compuestos como la urea y el amoniaco. El otro es que el 30 % de los fertilizantes transitan por el estrecho de Ormuz, un paso que fue cerrado por Irán el 28 de febrero y no ha sido reabierto de forma estable y constante desde entonces.
Esta alteración perjudicó los mercados de insumos y otros a nivel global, especialmente el de los energéticos, ya que por allí pasa el 20 % del crudo y el gas natural licuado que se consume en el mundo.
El impacto ha sido regional. América Latina se enfrenta a pérdidas de ingresos por cereales superiores al 7 % por las perturbaciones en el estrecho de Ormuz, de acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por su sigla en inglés). Además, reconoce que los agricultores de la región enfrentan condiciones de mercado difíciles, con precios bajos para los productos básicos.
Pero ese no es el único impacto internacional que tienen los arroceros. El mercado del grano en Estados Unidos es clave para el país porque cada año avanza la reducción del arancel de las importaciones de arroz que llegan de dicho país, por cuenta del tratado de libre comercio.
Por ahora, la tasa arancelaria es de 24 % y llegará a 0 % en 2030. También se espera la llegada de 106.000 toneladas que fueron subastadas y compradas por las empresas nacionales, de acuerdo con la Federación Nacional de Arroceros (Fedearroz). EE. UU. es el referente colombiano, por eso la clave es que los precios locales no sean superiores a los estadounidenses, en palabras del gerente gremial, Rafael Hernández. Eso hace que el sector esté concentrado en aumentar su competitividad.
Otro factor externo que complica el mercado nacional es que ahora es más barato importar porque el peso se revaluó y la tasa de cambio pasó de estar por encima de los COP 4.100 a estar por debajo de los COP 3.600. Y con un mercado internacional en el que abunda el grano —de ahí los bajos precios internacionales— es más fácil que ingrese al país de manera irregular mediante el contrabando.
En ese aspecto, el sector es uno de los pocos que se ha visto beneficiado por la pelea comercial entre Colombia y Ecuador, ya que por la frontera con ese país venía el contrabando y las medidas del Gobierno se endurecieron frente a la entrada de este producto, por petición de los mismos arroceros.
Vale recordar que Ecuador subió los aranceles del 30 % en febrero, al 50 % en marzo y llegarán al 100 % desde el 1 de mayo.
Productores como Flórez dicen que la situación con el país vecino se ha visto reflejada en un incremento en la demanda de arroz, asunto que los ha favorecido. Mientras que Herrera critica que muchas veces se le pidió al Estado mayor atención al contrabando o medidas para frenar las entradas de producto al país, pero era poco lo que se hacía. Considera que con la coyuntura actual se demuestra que sí era posible hacer algo al respecto.
Las rutas para fortalecer el sector
Pese a lo retador que es mantener la actividad en el contexto actual, el sector ha buscado alternativas para permanecer. Una medida que solicitan constantemente es la creación del Fondo de Estabilización de Precios del Arroz, que se encuentra en trámite en el Congreso, pues el proyecto de ley ya fue aprobado en dos debates en la Cámara de Representantes.
“En un mundo globalizado donde geoestratégicamente todo ha cambiado con incertidumbre geopolítica, el Fondo desempeñaría un papel estratégico para estabilizar precios y organizar la producción de arroz”, asegura Jorge Torres Otavo, ingeniero agrónomo y ex decano de dicha facultad en la Universidad Nacional de Colombia.
Finalmente, el gerente de Fedearroz insiste en que es necesario que los productores adopten herramientas de agricultura de precisión para reducir costos. “Hoy, más que nunca, la sostenibilidad del sector arrocero depende de la capacidad de adaptarse a un entorno global incierto. La coyuntura internacional exige disciplina técnica, planeación y una visión de largo plazo”, destaca Hernández.
De la velocidad que tengan los arroceros para adaptarse dependerá el futuro de una actividad que es clave para la seguridad alimentaria del país. Está por verse si se reduce o no la producción, que fue de aproximadamente 1.867.020 toneladas de arroz blanco en 2025.
💰📈💱 ¿Ya se enteró de las últimas noticias económicas? Lo invitamos a verlas en El Espectador.
Comentarios