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Los presidentes Barack Obama y Xi Jinping les han dado un soplo de vida inesperado a las conversaciones sobre el cambio climático de París. Al revelar compromisos claros en Beijing para reducir las emisiones de carbono de China para 2030 y reducir las de Estados Unidos para 2025, le han inyectado esperanza a un proceso en el que había poca.
Los escépticos, con razón, querrán ver que esas palabras se conviertan en hechos, pues las promesas en torno al calentamiento global a menudo ilustran un ejemplo del triunfo de la esperanza sobre la experiencia. Sin embargo, en este punto deberían estar agradecidos por cualquier impulso. Antes de esta semana, pocos habrían pensado que las negociaciones de París tendrían una posibilidad seria de lograr avances. Ahora que los países que más carbono emiten están fijando el ritmo, París parece un baile que vale la pena observar.
La ventaja más grande es la voluntad de China para asumir un compromiso. Hasta ahora, las promesas de Beijing habían sido unilaterales. La ausencia de China, de la India y de otros grandes países en desarrollo había sido lo que motivó el fracaso del Tratado de Kioto en 1997, en el Congreso de Estados Unidos. La promesa de Xi hará más difícil que otros huyan de los compromisos y aumenta la probabilidad de un acuerdo multilateral. Además, China también dejó atrás su titubeo para añadir un objetivo agregado. Antes había basado sus objetivos en la intensidad de la energía y la emisión per cápita. Al decir que sus emisiones nacionales tendrán su pico para 2030, China ha asumido la lógica de compromisos mutuos en torno al calentamiento global.
También hay sorpresas placenteras en el anuncio de Obama. Estados Unidos está encaminado a cumplir su promesa de reducir sus emisiones para el final de esta década a una quinta parte de lo que fueron en 2005. Sin embargo, mucho de esto se ha dado sin mayores esfuerzos, pues la recesión y el hallazgo de gas de esquisto han sido elementos claves.
El presidente de Estados Unidos ahora ha aumentado la promesa a una reducción adicional de 26% a 28% para mediados de la próxima década. Esto hará que ese país esté más cerca de las ambiciones más altas de Europa, en un momento en el que Bruselas parecía ser una voz solitaria en las conversaciones. La fecha límite es a finales de 2015. A pesar de haber sido herido en Copenhague en 2009, Obama parece ahora firme para un éxito en París.
Estos son puntos positivos. Los riesgos políticos son demasiado evidentes. En Estados Unidos, Obama enfrenta a un nuevo Congreso controlado por los republicanos, quienes ganaron las recientes elecciones de mitaca en parte para reducir el “exceso de control federal”.
Uno de los puntos que quieren atacar los republicanos es la reciente orden de la Agencia de Protección Ambiental de reducir las emisiones de carbono. Los republicanos obtuvieron considerables mayorías en los estados carboneros, como Virginia Occidental y Kentucky. Lejos de aumentar sus promesas, Obama probablemente se verá obligado a defender las actuales. No ayuda el que Jim Inhofe, el nuevo presidente del comité ambiental del Senado, haya descartado el calentamiento global como “un engaño”. A su favor, Obama tiene una nueva carta: China hará parte de cualquier acuerdo.
Lo que haga Estados Unidos está en un distante segundo lugar con respecto a las actuaciones de China en torno a su impacto en el calentamiento global. Cada semana, China abre una nueva planta de combustibles fósil que Xi considera que debe construirse.
La creciente clase media de China se queja cada vez más de la polución, pero la economía de China, que desacelera, no puede darse el lujo de aumentar las cuentas de importación de petróleo a futuro.
No obstante, es llamativo el contraste entre la publicidad que ha recibido el acuerdo en Estados Unidos y el casi silencio con respecto al mismo en los medios oficiales de China.
Hay sospechas incómodas de que la promesa de Xi era una fachada para permitir que Obama saliera de Beijing con un titular vistoso. Esperemos que los hechos contradigan el escepticismo. Por ahora, hay esperanzas.