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Jairo Rafel Castro ha hecho de La Mojana un laboratorio educativo para los jóvenes que viven en las zonas rurales. Ese territorio, ubicado entre Sucre, Córdoba, Bolívar y Antioquia, fue uno de los más afectados por el fenómeno de La Niña de 2010, cuando más de 200.000 personas resultaron afectadas y 20.000 viviendas inundadas. Desde entonces, la comunidad ha trabajado en diversas estrategias para adaptarse al cambio climático, como Agroanfibia, que fue impulsada por Castro y lo llevó a estar entre los 50 finalistas del Global Teacher Prize, uno de los reconocimientos internacionales más importantes para docentes, otorgado por la Fundación Varkey.
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Agroanfibia y las otras estrategias educativas que Castro ha puesto en marcha en este territorio se traducen en “un esfuerzo pedagógico en el que combina las artes, la ciencia, el periodismo y los conocimientos ancestrales para resolver desafíos territoriales reales”, señala la página web del premio.
Aunque hoy es reconocido en esta subregión, donde nació, su camino en la docencia inició en Cali, en el colegio El Prado. “Quería estudiar biología, pero no me alcanzó el puntaje de la prueba Icfes; entonces, mi hermano me inscribió en la licenciatura en matemáticas y en esta institución tuve mi primer trabajo como maestro”, cuenta.
Durante su paso por esta institución educativa en Cali recuerda que la lección más importante que le dejaron algunos docentes con los que trabajó fue la de innovar. Intentó hacerlo desde las matemáticas. Con un par de ideas en la cabeza tomó la decisión de regresar al corregimiento San Benito Abad, donde nació. “Me devolví siguiendo un poco los aprendizajes que mi mamá me había inculcado”, dice. Su madre, Miryam Acosta, le repetía una y otra vez que, sin importar el contexto, la educación es una herramienta clave para impulsar la transformación.
Con esa premisa en mente y una maleta cargada de ideas, regresó. Se encontró con un panorama completamente distante a la realidad que había conocido en Cali. La erosión de varios ríos de esta subregión ya estaba haciendo estragos, la deserción escolar era alta y la infraestructura del colegio al que llegó no era la más adecuada. A este escenario se le sumó otro desafío: ya no iba a ser profesor de secundaria, sino que debía enseñar en preescolar y primaria. Estos cambios, aunque al comienzo fueron abrumadores para Castro, de 39 años, al final los asumió “como una oportunidad para ver cómo, desde la escuela, se podía emprender un proceso de intervención para resignificar el territorio de estos niños y niñas”.
El primer paso, entonces, fue buscar herramientas que les ayudara a mitigar los problemas, principalmente ambientales que enfrentaban en esa comunidad. El más inquietante era la contaminación por metales pesados. Tras varias conversaciones con los habitantes de la zona, encontraron que había una planta (el guarumo) que crecía en esta subregión y tenía una alta capacidad de absorción de estos metales. El proyecto fue avanzando, pero antes de elaborar un prototipo final, Castro fue trasladado a un colegio de San Marcos, municipio conocido por ser uno de los principales accesos al interior de la Mojana.
Para este punto, asegura, ya tenía clara las dinámicas del territorio, su cartografía e, incluso, conocía las conexiones hídricas de la zona, ubicada entre las cuencas de los ríos Magdalena, Cauca y San Jorge. Esto le permitió elaborar un plan educativo más robusto y así fue cómo surgió Agroanfibia. Dice que su apuesta era emprender “un proceso en el que los estudiantes se sintieran identificados y que, de alguna manera, les sirviera de motivación para mantenerse en la el sistema de educación y lograr graduarse”.
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Así fue cómo Jairo Rafael Castro volvió La Mojana en un laboratorio educativo

El primer estudiante que hizo parte de este nuevo proceso fue Estevin Baldovino. En Buenos Aires, la vereda donde nació y creció, aprendió a sembrar arroz y a pescar desde los siete años. Junto a él, Castro diseñó una sembradora automatizada para mejorar la siembra artesanal de arroz en La Mojana. Esta idea, comenta, llevó a Estevin a montar por primera vez en avión y a viajar por varias ciudades de Colombia para dar a conocer estas máquinas. Después, añade, llegaron otras generaciones de jóvenes con inquietudes distintas, lo que lo motivó a impulsar nuevas iniciativas.
Entre las problemáticas que ha detectado junto a sus estudiantes está el manejo inadecuado de los residuos. La Mojana es conocida por producir el 12 % del arroz que se consume a nivel nacional; sin embargo, detrás de esta alta producción se esconde un grave problema ambiental: se generan cerca de 17.000 toneladas de cascarilla de arroz. “Todo ese material de residuos va a parar a las fuentes hídricas, a las ciénagas, a los ríos y, de alguna manera, agrava el problema de la sedimentación”, explica. También encontraron que el inadecuado manejo de los biorresiduos derivados de la pesca artesanal estaba generando serios impactos ambientales.
En este proceso, indica, los desechos que se generan en la mayoría de los casos son arrojados a las orillas de las ciénagas y los ríos. Al final, producen malos olores y se convierten en vectores de enfermedades. La pregunta, señala, es cómo desde los colegios se pueden abordar estas problemáticas. Así, por ejemplo, en el caso de la cascarilla de arroz, los estudiantes crearon un prototipo de madera aglomerada a partir de este residuo. Al final, comenta, “terminaron produciendo un material que sirve como sustituto de la madera convencional”.
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Todas estas iniciativas han permitido que sus estudiantes participen en diversas ferias y convocatorias científicas. De hecho, recuerda que una de sus alumnas logró publicar su primer artículo académico a los 15 años. “Eso es lo que busco, que todos estos procesos sean significativos para mis estudiantes y para la comunidad, los pescadores y los agricultores”, asegura.
Ahora, dice, su principal apuesta son las aulas flotantes, una propuesta pedagógica en la que el agua es el eje central y en la que, además de los estudiantes, participan padres de familia, docentes e incluso profesores de la Universidad Javeriana.
Castro asegura que, a través de su modelo pedagógico, quiere que los estudiantes “sean capaces de identificar todos esos fenómenos que son propios de este territorio y que no se dan en otra parte del mundo”. Con el reconocimiento del Global Teacher Prize, espera que su experiencia se convierta en un laboratorio ambiental móvil, un taller de economía circular y en el primer Centro de Innovación Anfibia en La Mojana. “La educación es una herramienta transformadora”, reflexiona. “No se debe perder eso de vista”.
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