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Hay que disfrutar leyendo en el salón

Es prioridad dirigir la enseñanza a la formación de lectores mediante programas de hábito de lectura con base en los resultados de la psicología.

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La Unesco es la oficina de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, por lo que esta entidad de alcance mundial tiene entre sus encargos buscar que mediante una enseñanza calificada se pueda llegar a tener algún día un alto nivel de lectura en la población.

La Unesco persigue este objetivo desde hace por lo menos cincuenta años, pero aún hoy no tiene claridad suficiente en la formulación del problema lector ni acerca de las medidas que deben tomarse para enfrentarlo con posibilidades de éxito.

Para aclarar, hay que establecer una diferencia entre la enseñanza de la lengua y la formación de lectores, y superar la confusión mantenida durante largo tiempo entre libro y lectura, que aunque relacionados no son la misma cosa. Además es urgente, ya que se trata de un problema complejo, situarlo en el terreno científico, de modo que con un planteamiento objetivo sea posible comprenderlo y tratarlo acertadamente.

Un error que afecta gravemente a la promoción de la lectura es creer posible la enseñanza de las destrezas de lectura y confiar en el entrenamiento de la competencia lectora mediante ejercicios escolares, dando el papel principal a la enseñanza teórica de la lectura, lo que la convierte en una actividad problemática indeseable —ver el informe del Tercer Estudio Regional Comparativo y Explicativo (Terce), Aportes para la enseñanza de la lectura, Orealc/Unesco, Santiago, 2016—, cuando es imperioso, por encima de todo, buscar la forma de que niños y jóvenes puedan disfrutar leyendo en el salón de clases, de modo que valoren positivamente esa actividad y tengan la oportunidad de aficionarse a ella.

Hay que dirigir la enseñanza a la formación de lectores mediante programas de hábito de lectura con base en los resultados de la psicología —ciencia que estudia la conducta— y de la ciencia de la lectura.

Esta necesidad se mencionaba ya explícitamente hace décadas en el libro La promoción de la lectura, de R. Bamberger, publicado por la Unesco en 1975: “Es preciso que todo el mundo se preocupe por fomentar el hábito de leer (…). Los hábitos solo se forman mediante una actividad regular y constante. Y lo que importa, más que cualquier actividad basada en libros, más que la mejor discusión o el mejor comentario sobre ellos, es la lectura misma. El practicar con regularidad es prerrequisito indispensable para la formación de un hábito (siempre y cuando, agregamos, sean lecturas agradables)”.

Que es justamente lo que recomienda la psicología. Sin embargo, aunque la lectura es una conducta y la ciencia que estudia la conducta es la psicología, al buscar la solución del problema lector la Unesco todavía no se ha valido principalmente de esta ciencia y ha creído más en la enseñanza teórica de la lectura y en la difusión del libro.

Hasta ahora los esfuerzos mayoritarios se han dirigido al fomento del libro y las bibliotecas, pero mientras se ha llevado a cabo este esfuerzo, loable como pocos, la lectura ha sido relegada a un segundo plano. En efecto, la lectura y el libro no son la misma cosa, son dos cosas distintas y lo que se haga en la una no repercute necesariamente en el otro. Así lo reconoce la misma Unesco a través del libro La enseñanza de la lectura, compilado por R. C. Staiger, Unesco, IRA, 1973, en cuyo prefacio se advierte que “se pueden dar muchos pasos en falso. Uno de los más comunes es creer que basta con rodear de libros a un niño para enseñarle a leer”.

La preocupación por la lectura se ha quedado obnubilada en la obsesión por el libro. En las obras de Bamberger y Staiger la batuta la llevan los libros. Y el ejemplo de la Unesco ha cundido. Los Planes Nacionales de Lectura que se crearon en varios países después de la XIII Cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno celebrada en Santa Cruz de la Sierra en 2003 apostaron por el libro e ignoraron la lectura.

Así ocurre en Colombia, donde el Plan Nacional de Lectura y Escritura ha gastado más de $500.000 millones, casi todos en libros y bibliotecas, y, al igual que el Ministerio de Educación, uno de sus progenitores, no ha hecho prácticamente nada por la lectura.

De la Unesco para abajo, pues, no se comprende a la lectura y se la ha dejado postergada, aunque todos sabemos que es de la mayor importancia para el desarrollo de las sociedades.

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