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¿Cómo describiría a los Rolling Stones? ¿Cuáles cree que sean las imágenes que proyectan?
Tienen un misterio y una magia especial, y diría que hay varios Stones a lo largo de la historia. Me atrevería a decir que a partir de los años 90 son una gran familia musical donde no solamente están los cuatro de base. Eso les ha dado una energía particular a las presentaciones en vivo. La última vez que los vi fue en diciembre de 2012, en New Jersey. Y a pesar de que allí estaba la figura simbólica y mítica de Keith Richards, la presencia feliz de Ronnie Wood en la otra guitarra y la de sabio patriarcal de Charlie Watts en la batería, el alma y la esencia de los Stones sigue siendo Mick Jagger.
Tiene una energía un tanto sobrenatural. En estos días leía al crítico de rock de El País que decía que, al igual que el cerebro de Einstein, el cuerpo de Mick Jagger debería ser donado a la ciencia. Sin embargo, nunca pudo hacer una carrera en solitario, al igual que Keith Richards. A diferencia de Los Beatles, que cuando se separaron siguieron funcionando muy bien, ellos son una pandilla de viejos chicos malos. A Mick Jagger en solitario se le ve como una vedette megalómana, mientras que en grupo surge una cosa de energías que se equilibran. El mismo Keith Richards lo decía. Cuando se juntaron de nuevo en el 89, después de una de sus múltiples peleas, le dijo a Jagger: “Los Stones son mucho más importantes que nosotros dos”. Se convirtieron en una institución que está por encima de ellos mismos.
¿Cuál ha sido su concierto favorito?
Los he visto nueve veces, pero, como la primera novia, el primero tiene un valor especial. Pensaba que nunca los iba a ver en vivo. Ir a buscarlos en la década de los 80 y encontrarlos fue como tocar el cielo con las manos. Aun así, el “Steel Wheels Tour” fue el concierto más monumental en términos de infraestructura. Era un andamiaje futurista lleno de pantallas de video, impresionante. Lo organizó Mark Fisher, un arquitecto y diseñador de grandes conciertos del rock, que para ese entonces ya había trabajado con Pink Floyd.
¿Se puede ser un adicto o un fanático sin ser un experto o un conocedor de lo que uno tanto admira?
La música tiene un poder primario de fascinación. Thomas Mann decía algo así como que la música limita la racionalidad porque es, de alguna manera, intuitiva. Uno se emociona con la música sin saber muy bien por qué. De todas maneras existe una literatura sobre la música, que para mí es muy importante. Los libros que he escrito sobre música quieren hacer algo que sé que es un imposible, y es tratar de traducir con palabras lo que la música produce, al querer rendirle homenaje. En los capítulos de este libro intento hablar en primera persona y trato de reflexionar sobre lo que representa la música para el cine. En varios hablo de cómo se ha presentado el mito de los Rolling Stones en el cine, pues la música ya no es solamente un fenómeno auditivo, sino uno audiovisual. A partir de la década del 80 el rock es un fenómeno que entra por los ojos.
¿Es la sabiduría un afrodisiaco?
Creo que los coleccionistas, ciertos críticos, escritores y algunos periodistas tendemos a aquello de la acumulación, de querer saberlo todo, llenarnos de datos, y eso tiene sin duda su lado erótico, placentero, la sensación de poder descubrir cosas. Aunque en el fondo es un placer masturbatorio, porque creo que se va volviendo, como todas las adicciones, en el placer de descubrir primero que el otro, de tener el disco que el otro no tiene, de poder humillar a Chopper, un amigo melómano, al tener un disco que él no tenga, y ponérselo para que sufra y no pueda dormir esa noche. Además, el placer de la erudición no se hace en pareja, no se comparte. Casi siempre es una persona que vive con otra que se tiene que aguantar al coleccionista freak que se gasta la plata del mercado en discos.
¿Y si hoy en día se le apareciera una mujer espectacular que supiera mucho más de los Stones que usted?
La mandaría a matar (risas).
Todo un capítulo del libro está dedicado a Andrés Caicedo. ¿Podría hablar de su relación con él?
Curiosamente nunca tuve una relación con Andrés Caicedo alrededor de la música. Lo conocí por el Cine Club de Cali. Veíamos el cine a través del criterio profundo y genial de Andrés. Sin embargo, el “mito” de Andrés después de su muerte es literario. Luis Ospina y yo nos encargamos de sacar a la luz su obra, cuando las editoriales fueron abriendo sus puertas (porque todos pensaban que Caicedo era un fenómeno circunstancial). El libro que más queríamos sacar era Ojo al cine, que compila todos sus escritos sobre cine. Nos demoramos 15 años sacándolo, porque las editoriales decían que esos libros no se vendían. Es la única vez que les he ganado a las editoriales, porque ese no era sólo un libro sobre cine, sino un libro de Andrés Caicedo.
Volviendo al tema de la música, había dos cosas en Andrés que la gente fuera de Cali (y del círculo de feligreses que íbamos al Cine Club) no sabía, y es que era un melómano y un cinéfilo. Siempre ponía salsa y, cómo no, a los Stones a todo volumen en el Cine Club. Pero mi gran sorpresa fue cuando leí ¡Que viva la música!, porque reúne una cantidad de referencias musicales que eran las mismas que yo dominaba. ¡Y yo nunca lo hablé con él, nunca! Vine a descubrirlo después de su muerte. Creo que su suicidio me dio aún más rabia cuando leí ese libro. En definitiva, a Andrés lo conocí mejor después de su muerte.
Luego, en el año 81, al ver que ninguno de sus amigos y familiares había hecho nada con su archivo, me dediqué a organizarlo, y después con Luis Ospina armarmamos el primer libro que salió publicado póstumamente, Destinitos fatales. Los que no me quieren lo llaman oportunismo, pero la verdad es que nadie más se preocupó por hacerlo en su momento. Yo lo sentí como una necesidad. No ha salido la obra como hubiera querido, pero ya estuvo bien, misión cumplida, hay que aprender a vivir con eso. Aunque ese es un muerto que no descansa.
¿Qué tienen los Stones que no tengan otras bandas?
En este momento, tiempo, y el hecho de que son un fenómeno mundial. Eso no lo tiene ningún otro grupo de rock en el mundo. No sólo se necesita ser buenos estrategas para tener ese éxito que algunos llaman “comercial”, porque uno no puede hacer un negocio sobre una mentira. Tiene que haber una verdad muy profunda allí, para que se sostengan por tanto tiempo. Y haber tocado en toda Europa, media Asia, Australia, Estados Unidos, Brasil y Argentina, y (dicen) el próximo año, en el resto de Surámerica (aunque desde que yo me conozco ellos están viniendo a Colombia) es tremenda hazaña.
En el libro dice: “Cada día estaba más preparado para conocerlos”, como si convertirse en un conocedor y un fanático fuera la antesala al encuentro. ¿Todavía añora conocerlos?
Cada vez menos. Me gusta que sean mis personajes; los quiero y forman parte de una especie de mundo ficticio que reconforta. La pureza espontánea de la música que pertenece al territorio alado del sonido se pierde cuando la vida real se interpone en el romance. Tampoco me niego a la posibilidad, pero eso ya entra en el territorio de la realidad. Ahora: uno nunca sabe cómo pueda reaccionar: puede que ellos sean unos soberanos crápulas o puede que sean unos tipos fascinantes… Lo más probable es que sean unos soberanos crápulas.
saramalagonllano@gmail.com