Abuelo Zagat

No es fácil cambiarle la opinión a un hombre con 78 años de camino. Y menos cuando se trata de comida. Escogí tres propuestas gastronómicas de Bogotá, Home, 18Scalini y El Kilo, para ver si lo lograban.

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“A mí ya casi no me gusta salir a comer”, sentenció mi abuelo un día. Estaba convencido de que lo había visto todo en Bogotá. Y lo peor es que la mayoría de sitios no lograban descrestarlo. Le busqué tres que no conocía, para ver si se lograba quitarle la terquedad.

Inicialmente, mi reacción a la aseveración segura y tajante del hombre fue de incredulidad. Mi abuelo, de nombre Gonzalo y apellido Arboleda, sale casi todos los domingos a almorzar con mi abuela y cualquiera de sus hijos o nietos que decida acompañarlos. Su expresión, sin embargo, hablaba de un sinsabor general. Tras un rato me di cuenta de que tenía algo de cierto lo que había dicho. A lo largo de los años lo he oído decir que El Sol de Nápoles y Piccolo Café, dos de los restaurantes italianos más tradicionales de Bogotá, son “muy malos”, que Wok es “normalito” y que propuestas más recientes como Gigi’s son nefastas. Es difícil que un restaurante le guste.

Y es que, con 78 años a cuestas, hay de dónde agarrarse para ser exigente con los restaurantes. Sin embargo, le propuse que me dejara buscarle tres sitios para ver si con alguno se le quitaba lo de andar diciendo que ya no le gusta salir a comer. Cuando le hice la propuesta, el hombre se pasó la mano derecha por el pelo blanco y bien cortado, frunció el ceño a modo de broma y con una sonrisa cómplice musitó: “Bueno, jovencito, a ver si me llevas a alguno bueno”.

El reto tuvo tres reglas sencillas. La primera, claro, que los establecimientos tenían que ser desconocidos para él. Si ni siquiera los había oído mencionar, mucho mejor. La segunda era que se dedicaran a cocinas “tradicionales”, entiéndase cosas como la comida italiana, la comida asiática, etc. La tercera era que los lugares debían ser más o menos nuevos, con no más de dos años de haber sido fundados. Por su parte, mi abuelo me dijo que busca tres cosas en un restaurante. Comida muy buena, un ambiente (atmósfera o clima, según él) muy bonito y una atención excelente. Para hacerse una idea de qué significan estas cosas para él, hay que saber que su restaurante favorito desde que tengo memoria es Pajares Salinas, catalogado por la revista Semana como el mejor de Bogotá en 2016. Al hombre lo conocen allá y siempre lo atiende Luis, el maître’d. La vara es bien alta.

Al final, y tras casi una semana de deliberación asistida por mi abuela y mi mamá, elegí 18Scalini, un restaurante italiano; El Kilo, uno de comida de mar con un toque peruano, y las célebres Home Burgers.

Entonces, ¿cómo me fue con el doctor Arboleda en estos restaurantes?

18Scalini

El primero en salir al ruedo fue el italiano. 18Scalini tenía buenas referencias. Giuliana Zito, quien fundó el restaurante con su esposo hace poco más de año y medio, es hija del dueño de San Giorgio Trattoria, uno de los consentidos de mi abuelo y de la familia en general. El restaurante está montado en una casa cuarentera en la 9ª con calle 70. La primera impresión de mi abuelo fue buena: “Esto parece cualquier trattoria de Roma o Nápoles”. Razón no le falta: se conservaron las puertas y rejas originales para darle un toque rústico. Hay cortinitas de encaje en las ventanas que dan al patio donde se puede comprar toda suerte de productos importados de Italia. Del techo cuelgan candelabros y jaulas de pájaros. Hay espacios, como el patio, con mucha luz natural, y otros un poco más oscuros dentro. El toque agregado de similitud a una trattoria vino por cortesía del mesero, un italiano con español atropellado pero suficiente.

Mi abuelo pidió papardelle con salsa ragú a base de tomates, carne molida y hongos. De lejos, el mejor plato de la mesa. Le pareció “buenísimo”, pero la porción le quedó grande, con lo que salí ganando yo.

Le gustó: la tranquilidad del sitio, la comida y el ambiente. La atención le pareció correcta, salvo por el hecho de que una de las cartas que nos dieron estaba desactualizada y confundió a mi abuela, que iba a pedir un plato que el restaurante había dejado de ofrecer.

No le gustó: lo único que reparó fue la música, que no seguía el tema del sitio y más bien parecía un playlist de Youtube. Pasó de música electrónica suave a Laura Pausini y Bryan Adams.

¿Volvería? Sí, más que nada “porque es muy tranquilo”.

Home Burgers

El siguiente lugar que se enfrentaría al Nicolás de Zubiría de San Pedro, Antioquia, fue Home. ¿Qué puede decir uno de Home? Lo que empezó como un lugar pequeñísimo en la 81 con 9ª se volvió un fenómeno que ahora tiene cuatro locales bien distribuidos en sitios estratégicos como la Zona G y el Museo Nacional. Hace pocas semanas se inauguró el más nuevo, en la 120 con 19.

Pero ya sabemos que ningún restaurante bogotano llega a la mayoría de edad sin la aprobación de Gonzalo Arboleda. Sabiendo lo mucho que le gustan las hamburguesas, yo estaba convencido de que él ya había ido. Al principio la idea era ir al nuevo local, pero decidí llevarlo al primero, que es Home en toda su esencia. Chiquito, con un ambiente que recuerda a Manhattan y una fila larguísima.

Por fortuna hubo dónde sentarse, algo que en el Home de la 81 es un lujazo. Mi abuelo se acomodó en una de las mesas grandes que usualmente comparten grupos de personas. En efecto, se le sentó al frente un personaje sueco que trabaja en la embajada y mi abuelo le empezó a conversar casi de inmediato. Buena señal.

El hombre se animó a pedir una hamburguesa sencilla con todo: tomate, lechuga, queso, tocineta, cebolla y pepinillos. Por supuesto incluyó las papas, que describió como “delgaditas y crocanticas”. La hamburguesa fue un éxito rotundo. Mi abuelo destacó que la carne estaba muy bien de sabor y que la preparación era sencilla. Repitió “Buenísimas, buenísimas” varias veces en el camino de vuelta a la casa. “Mija, tenemos que volver a ese lugarcito. Qué bien montado que está”, le decía a mi abuela.

Le gustó: la comida, mucho, y el ambiente, pero más que nada la atención y la higiene. Le pareció espectacular que todos los empleados usen tapabocas y “no estén conversando encima de la comida de uno”.

No le gustó: nada.

¿Volvería? Mañana, si no tuviera que trabajar.

El Kilo

Aunque esta marisquería abrió en julio del año pasado y es el sitio más nuevo al que llevé a mi abuelo, su origen está en Cartagena. El Kilo tiene su sede original allá y le fue tan bien que en menos de un año sus dueños decidieron abrir uno en Bogotá.

Para esta ocasión, la cosa fue con toda la familia. La idea era que cada uno pidiera su plato y que mi abuelo, como acostumbra, probara de todos. La carta es amplia y ofrece desde tiraditos y ceviches hasta arroz de mariscos y mojarra a la parrilla. Habrá a quien le parezca bien que haya tanta variedad, pero alguna vez Gordon Ramsay dijo que la primera señal de que un restaurante es malo es que tenga un menú demasiado grande.

El abuelo notó un esfuerzo importante en la ambientación del sitio, que es muy rústica. Hay muchos acabados en madera sin pulir y la cristalería es también de ese estilo. Destacó también el tamaño del sitio y se sorprendió cuando vio la cantidad de espacios que tiene. Hay un salón principal, bien iluminado, con un techo de paneles de vidrio, y otros dos espacios más oscuros cerca de la cocina. Nada de eso le gustó al hombre. Del techo se quejó de que los paneles estaban mal tenidos y que la parte de atrás, con los espacios adicionales, “eran feos”.

La comida no ayudó. Mi abuelo pidió un filete de pescado blanco nikkei, que venía con camarones y vegetales bañado en salsa roja. Otros platos de la mesa fueron la mojarra a la parrilla, el fish and chips y un arroz de mariscos salteado al wok. El veredicto fue inmisericorde: “Normal, muy normal”. La mojarra que probó había quedado mal cocinada y los patacones con los que acompañó su plato no le gustaron.

Por si fuera poco, la atención tampoco le agradó. Dijo que “tienen muy poco personal para un sitio tan grande” y le pareció que los platos se demoraron más de lo normal.

Le gustó: casi nada. Habló bien del mezclador de limonada de rosas que usó mi abuela para su ginebra.

No le gustó: la atención y el ambiente. De la comida dijo que era “normal”, con lo cual quiere decir que estaba pasable pero no justifica ni el viaje ni el precio.

¿Volvería? El veredicto general del restaurante fue “malo”. No volvería.

El ranquin

Tras una deliberación que no requirió más de cinco minutos, abuelo Zagat profirió la siguiente sentencia:

En primer lugar, Home. De segundo, 18Scalini. Último, y porque tocaba calificarlo, El Kilo, que se rajó de forma importante.

Al final, la conclusión importante es que sí hay lugares para que un hombre veterano como mi abuelo, que es más exigente que el promedio, vaya a comer. “Yo creo que voy a seguir saliendo, mijo”, me dijo riéndose cuando nos sentamos a conversar luego de haber ido a todos los sitios.

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