Alain Delon: «La cámara para mí es como una mujer a la que miro a los ojos”

Delon es homenajeado en el Festival de Cannes al otorgarle la Palma de Oro de Honor, un galardón que reconoce su carrera artística.

Alain Delon, quien recibió en Cannes el premio a toda una vida, y aseguró que toda su fama se la debe a los directores con los que trabajó. / Cortesía
Alain Delon, quien recibió en Cannes el premio a toda una vida, y aseguró que toda su fama se la debe a los directores con los que trabajó. / Cortesía

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Cuando Alain Delon entró esta mañana en la Sala Buñuel del Palacio del Festival, el público se preocupó más en hacer fotos y videos que en aplaudir. “Les pido que guarden sus celulares”, dijo Thierry Frémaux, “para que tengan las manos libres y así poder aplaudir bien a Alain”. El resultado fue un rugido, como cuando en un estadio de fútbol el equipo que juega en casa mete un gol espectacular.

A Alain Delon le entregan en el Festival de Cannes la Palma de Oro de Honor, un galardón que reconoce su carrera artística y que en ediciones anteriores se lo habían otorgado a Clint Eastwood, Woody Allen, Agnès Varda, Jeanne Moreau o a Bernardo Bertolucci.

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“Yo estoy aquí por los directores con quienes trabajé a lo largo de mi trayectoria”, intenta quitarse importancia, pero no lo logra. En este encuentro se haría una especie de viaje al pasado de esta celebridad francesa, quien durante más de 60 años ha sido uno de los rostros más conocidos de la cinematografía francesa. Con su abundante cabellera platina, su eterno peinado de raya de lado, Delon conserva su porte impecable, aunque su rostro surcado de arrugas muestre el paso del tiempo.

Con su primer largometraje, Quand la femme s’en mêle (de Yves Allégret) llegó al Festival de Cannes en 1956. “Cuando me dijeron que iríamos a Cannes a un festival, pregunté ¿pero qué es eso?”, se ríe. Es que Delon se convirtió en actor por puro accidente, para no decir que fue por cosas de la vida, o más bien por la insistencia de su novia de aquella época.

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“No tenía ni idea de hacer cine, acababa de llegar de Saigón, donde había servido en el ejército y en realidad no tenía ni la más peregrina idea de qué iba a hacer con mi vida”, narra y recuerda que estaba enamoradísimo de aquella chica quien prácticamente lo empujó a ponerse delante de una cámara. Las mujeres siempre marcarían profundos antes y después en el galán, quien confiesa que “por razones muy personales no puedo volver a ver los filmes con Romy Schneider”, la actriz austriaca con la que compartió una etapa de su vida.

Zigzaguea entre lo más íntimo y su carrera, y continúa su relato. Sentado en medio del escenario, a espaldas de una gran pantalla donde se proyectan algunas escenas de sus películas, rememora una conversación mantenida con René Clement, quien lo dirigió en A pleno sol (1960). En aquel momento aún se resistía a consagrase al cine, y es que lleno de dudas, se había negado a hacer esa película.

“René me dijo, no actúes”, pone tono dramático y aminora la velocidad de su exposición, “habla, mira, escucha tal como lo estás haciendo en este momento conmigo. Sé tu mismo”. Se lo grabó en el pecho como una lección de vida, y es en esa anécdota donde se encuentra la génesis de una frase muchas veces dicha. “Yo vivo mis roles”, sentencia quien nunca pisó una escuela de actuación, quien aprendió sobre la marcha el oficio, y sin embargo llegó a convertirse en el actor más cotizado de su época. 

“La cámara para mí es como una mujer a la que miro a los ojos”, revela otro secreto y en la sala no se escucha ni el zumbido de una mosca. Después de ver una escena de A pleno sol, se vuelve hacia el público, “ya no soy tan guapo como antes, ¿no?”, y varias personas desde las butacas le rebaten su afirmación. Se sonríe pero Alain Delon sabe que el tiempo no perdona.

Cuenta que se convirtió en productor porque escribir no se le daba bien. “Tuve que aprenderlo todo sobre producción”, comenta, aunque viendo hacia atrás reconoce que fue la decisión más acertada, ya que le permitió tener más control sobre su carrera y le sirvió para apostar por proyectos que en la Francia de los años 60 y 70 no hubieran sido posibles. Tal es el caso de El otro Sr. Klein (de Joseph Losey), película programada para ser proyectada tras la gala de premiación en Cannes.

Luchino Visconti, Michelangelo Antonioni, Jean- Pierre Melvielle, la lista de los directores se fue nutriendo a lo largo de los años. “Los de la Nouvelle Vague no me quisieron”, explica riendo su tardía colaboración con Jean-Luc Godard y su escapada a EEUU, cuando comenzó su etapa hollywoodense. 

“Viví en allí dos años, hice un par de películas, pero volví, echaba de menos Francia, y a decir verdad, EEUU no es lo mío”. Hay quienes aplauden, Delon regala la mejor de sus pícaras sonrisas. 

En este recorrido que se prolongó durante una hora y media, a Alain Delon también se le salieron las lágrimas cuando vio las escenas de Rocco y sus hermanos ( Luchino Visconti, 1960) y recordar a la actriz Annie Girardot, y otro al narrar cuando a su amigo Melville se le quemó su casa. Se seca las lágrimas, porque como siempre, el show debe continuar. 

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