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“Yo no creo en las crónicas interesadas en el qué pero desentendidas del cómo. No creo en las crónicas cuyo lenguaje no abreve en la poesía, en el cine, en la música, en las novelas… Porque no creo en las crónicas que no tengan fe en lo que son: una forma de arte”. Los ensayos, columnas y conferencias reunidos en Zona de obras, publicados en varios medios de Latinoamérica o leídos en encuentros literarios y periodísticos, rodean todos el acto de hacer periodismo sin llegar a definirlo de manera definitiva.
Mientras iba leyendo el libro, que es el intento personal de Leila Guerriero por presentar, desde su trabajo, aristas de un oficio indefinible, no dejaba de aparecerse una oración de El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad, que dice: “Marlow no era un caso típico (si se exceptúa su propensión a contar historias), y para él el significado de un episodio no se hallaba dentro, como el meollo, sino fuera, envolviendo el relato, que lo ponía de manifiesto sólo como un resplandor pone de manifiesto la bruma, a semejanza de uno de esos halos neblinosos que se hacen visibles en ocasiones por la iluminación espectral de la luna”.
De esa manera, cada capítulo del libro de Guerriero no hace sino rodear el acto de escribir, como un halo que lo ilumina a través de ejemplos, de episodios; pero cada capítulo se construye desde lo que su autora quiere presentar como su propia ignorancia sobre el oficio, o su propia incapacidad de describirlo de manera concreta, de decir cómo se hace.
Y sin embargo, da luces.
El periodismo narrativo no es un paso anterior a la escritura de ficción, es un género literario, de no ficción, pero de igual belleza: “No le encuentro sentido a transformar en ficticia una historia que se ha tomado el trabajo de existir así, tan contundente”. O: “Por cosas como ésas me gusta la realidad: porque si uno permanece allí el tiempo suficiente, antes o después ella se ofrece, generosa, y nos premia con la flor jugosa del azar”.
La objetividad es un mito: “El periodismo —literario o no— es lo opuesto a la objetividad. Es una mirada, una visión del mundo, una subjetividad honesta: ‘Fui, vi, y voy a contar lo que honestamente creo que vi’”.
Eso no implica deformar la realidad: “Si se confunde escribir bien con hacer ficción, estamos perdidos. Si se confunde ejercer una mirada con hacer ficción, estamos perdidos (…). Si uno es periodista no acomoda los hechos según le convenga, no le inventa piezas al mecano porque las que tiene no encajan y no escribe las cosas tal como le habrían gustado que sucedieran”.
Esto otro lo plantea como un reto: el periodismo latinoamericano, sobre todo en el subgénero de la crónica, podría ir más allá de la tragedia, que se ha instalado como un patrón que es también una zona de confort: “Tenemos, los cronistas actuales y latinoamericanos, oficio y músculo para contar lo freak, lo marginal, lo pobre, lo violento. Lo dije, en otra charla, hace unos años: yo misma podría poner una banderita arriba de cada uno de esos temas: a todos los he pasado por la pluma y a algunos, incluso, varias veces. Pero nos cuesta contar historias que no rimen con catástrofe y tragedia”.
Y esto otro parecería ser lo más obvio de todo: para escribir hay que leer, y hay que escribir. Es una cuestión de práctica, de adiestramiento del oído, que no se logra sólo leyendo prensa: “Muchos periodistas no leen. O leen el diario, las revistas, los libros de periodismo de investigación. Pero no leen novelas, pero no cuentos, pero no poesía (…). La mala noticia es que no se llega a escribir como ellos [como Truman Capote, Rodolfo Walsh, Martín Caparrós, Ryszard Kapu?ci?ski] asumiendo que ellos han construido su obra nutriéndose sólo de lecturas de periódico, las revistas, los libros de investigación. Claro que tampoco se llega a escribir como ellos sólo leyendo cuentos, novelas o poesía, pero por algo se empieza y no está mal empezar por la parte inexcusable del asunto”.
Para escribir, dice, también hay que ver una película. Hay que viajar. Hay que escuchar. Hay que vivir. Los textos de Guerriero iluminan el oficio y lo cuestionan, nos cuestionan. ¿Por qué el periodismo se concibe como un género menor? ¿Por qué vale la pena llevar un texto periodístico a su máximo potencial expresivo? ¿Por qué, para qué y cómo escribe un periodista? ¿De qué está hecha la vocación en tiempos en que el público accede fácilmente a la información? ¿Acaso los lectores buscan algo más que el mero registro de los hechos? Sí, y siempre sí, sería la respuesta de Guerriero a la última de estas preguntas. Y eso, buscar textos que sí merezcan ser leídos por el mero placer estético o intelectual que producen, es lo que hace que la vocación sobreviva, a pesar de que al oficio lo han matado ya muchas veces, y a pesar de que han sido los mismos periodistas los que vienen ya de tiempo atrás anunciando la muerte de su propia casa.
Y entonces se atravesó: “El periodismo cultural no existe”. ¿El periodismo cultural no existe? ¿Deberíamos, aquellos que nos hemos ejercitado en este rancho, dejar de escribir? Si quienes narran bien, leen, y si quienes leen, leen literatura, y si la literatura es una de nuestras fuentes, el periodismo cultural no debería entonces ser una rama despreciable. Y sin embargo no se trata del tema, ni de la fuente, sino de la importancia de la narración y sus formas: “Lo que quiero decir es que, quizás, el periodismo cultural pueda definirse por cierta temática, pero que, como todo periodismo, debería tener la intención, modesta y desmesurada, de mostrarle al lector un universo desconocido. Y que, como todo periodismo, no debería estar hecho para cambiar el mundo, pero tampoco producir indiferencia”.
No por nada Guerriero escribe como escribe conferencias que no nacieron, ni siquiera, para ser leídas.