
De esta manera los pueblos ágrafos han sido preteridos de tiempo en tiempo en materia de interpretación.
Solamente ello explica el hecho de que el sorprendente papel de la mujer mokaná requiera nuevas entradas en el archivo levantado hasta ahora. Se entiende archivo en la moderna acepción enriquecida por los aportes de Foucault y Derrida, esto es, “una construcción teórica sesgada por las características propias de la época”, dice Valencia, añadiendo que allí “brillan los enunciados que rigen en ese momento.” El archivo, (es decir, los enunciados de la autora del libro que nos ocupa es, paradójicamente, levantado sobre el silencio, es decir, sobre lo que no se ha dicho ni aparece expreso en los insumos físicos ni conceptuales hasta ahora documentados.
Se trata de una lectura que inexplicablemente se ha mantenido sospechosamente oculta, lo que la autora atribuye a una mentalidad patriarcal operando desde la llegada del brutal conquistador europeo, luego reproducida por una visión tradicional de la investigación amerindia, limitada a acatar modelos documentales poco sutiles, desinteresados o malintencionados. Valencia interroga las prácticas discursivas porque no es apenas una historiadora, sino una pensadora (Filósofa, como tenemos dicho.) El discurso, naturalmente, es de factura absolutamente cristiana, lo que implica un modelo patriarcal cuyo enfoque niega, o pretende minimizar toda relevancia de la mujer-tierra-reproductora doméstica de la vida más allá de una condición de objeto, de otredad respecto del hombre-creador-dominante-actor público.
Una pregunta es el punto de partida que lleva a la autora a levantar este novedoso archivo: ¿Existe un saber amerindio susceptible de ser tratado filosóficamente? Y la respuesta es el despliegue vindicativo del inusitado papel de la mujer mokaná encontrado y documentado durante la conquista del litoral Caribe por parte del invasor europeo. Guerreras a la par de los hombres, mujeres mokaná desempeñaron un visible papel en la defensa del territorio, y es de suponer, naturalmente, que este papel lo desempeñaron ya en su pueblo antes del encuentro entre el español y el aborigen. Valencia trae una cita del cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, teniente de Pedrarias, gobernador de Cartagena de Indias, tomada de Escalante, Aquiles (2001, p. 56) que por su llamativa revelación me permito citar in extenso:
«Acostumbraban las mujeres que no quieren casarse, traer arcos é flechas como los indios, e van a la guerra con ellos é guardan castidad, é pueden matar sin pena á cualquier indio que les pida el cuerpo o su virginidad. Destas tales mujeres vino á ver al gobernador é a los chripstianos, la cual traía un arco é sus flechas en compañía de los indios… y era ya muger vieja, pero muy suelta y diestra en su arco é flechas, tanto que ningún indio mancebo le hacía ventaja».
Como puede notarse, Oviedo señala que estas mujeres “guardan castidad.” Se trata, pues, de doncellas guerreras, a quienes la mitología occidental da el nombre de amazonas. A su vez Virginia Gutiérrez de Pineda (1997, citada por Valencia) trae esta referencia tomada de una carta del infame Pedro de Heredia: “Había otras mujeres que no conocían varón, que andaban con sus arreos y sus flechas e iban a la guerra y tenían mujeres que le sirviesen en casa”. Antes de detenerme a comentar a Fernández de Oviedo y a Heredia aunaré un par de citas más, la primera de Juan Friede Alter, que Valencia rescata, igual, de Gutiérrez de Pineda: “Estas tales salen a la guerra con los indios y en las borracheras que nosotros decimos banquetes entran ellas con sus arreos y flechas y las tienen consigo, y no entra otro ningún indio con arreos”, y esta otra (tomada por Valencia de Escalante, p. 66, quien la toma de Angulo, Carlos, 1981): “Los de la costa de Tolú de la boca de la ensenada de Acla hasta los Calamares, que hoy es la ciudad de Cartagena, decían que su origen había sido de un hombre llamado Mechión y de una mujer llamada Maneca, y que ésta tenía una sola teta, donde recogía la leche de ambas y la daba con más fuerza y abundancia a sus hijos, razón bastante por donde salían tan valientes. También tienen por tradición … que hubo gigantes (…) de usar el pecado nefando.”
Nótese, en primera instancia, que la existencia de mujeres guerreras en el actual Caribe colombiano aparece suficientemente documentada, reiterada en estas citas, a las que puédese agregar otras referencias. Una vez establecido esto vale la pena comentar detalles que no se pueden dejar pasar por alto. Lo primero que llama la atención es el hecho de la consagración de estas amazonas del Caribe, mujeres que “no quieren casarse (…) é guardan castidad” (Heredia.) Es de suponer que pasaban por alguna forma de iniciación o entrenamiento, si nos atenemos a la vieja que visita al gobernado de Cartagena, “muy suelta y diestra en su arco é flechas, tanto que ningún indio mancebo le hacía ventaja.”
Esta destreza es letal, como puede colegirse del apunte de Fernández de Oviedo: “é pueden matar sin pena á cualquier indio que les pida el cuerpo o su virginidad.” Se trata, pues, de un cuerpo élite de combate, intocable por los varones de la misma comunidad, capaces de reaccionar de manera mortífera a cualquier acoso sexual y, quizá, a un simple piropo. Todo parece indicar que no eran penalizadas por reaccionar de semejante manera, lo que haría de estas amazonas del caribe el ideal bélico de las feministas radicales de este siglo. El hecho de mantenerse doncellas y de no casarse las asimila a lesbianas o a voluntarias ascéticas consagradas, es decir, a iniciadas que renuncian voluntariamente a su apetito sexual, así como a su deseo de descendencia. Llama la atención la leyenda corriente entre los indios esparcidos desde Tolú a Cartagena recogida por Carlos Angulo, que hace descender a los calamarí de Meneca, una mujer de una sola teta. Recuérdese que de las amazonas se dice que se amputaban el seno derecho, para que no estorbase el empleo del arco y así poder operar más libremente.
Otro hecho llamativo es que las amazonas del Caribe tuvieran sirvientas en casa. Esto les confiere un rasgo distinguido, haciéndolas señoras de la tribu y no es improbable que se hallaran, en este sentido, por encima de los hombres, de quienes no tengo noticia de semejante privilegio, aunque es difícil concebir un cacique sin este servicio. ¿Significa que, en dignidad social, nuestras amazonas seguían inmediatamente al cacique?
Lo interesante de todo esto es establecer que la doctora Valencia ha dado con un inesperado hallazgo que separa a la mujer Caribe de la tradición patriarcal de todo el Occidente, salvo el caso mitológico de las amazonas griegas. Lo de las amazonas caribes es mucho más extraordinarios, puesto que no es ya una leyenda, ni un mito, sino una realidad histórica documentada por testimonios directos. La preponderancia de la representación de la mujer en las figurillas mokaná de que se ocupa Valencia en su libro respaldaría este estatus protagónico de la mujer. Esto por un lado; por el otro toca analizar una tradición corriente en la conseja popular del Caribe, que quizá no carezca de fundamento histórico, pero de cuyo documento académico, oficial, no tengo conocimiento, y es el referido al requerimiento sexual de la mujer.
Según esa tradición popular, el indio sólo requería a la mujer, sexualmente, para reproducirse, reservándose el goce sexual propiamente dicho para el encuentro entre hombres. De ser cierto ello haría de los indios homosexuales unánimes. La única alusión a esta presunción que aventuro hallada en El rastro femenino en el archivo mokaná la reporta Carlos Angulo bajo especie de leyenda, tal como he citado arriba y que está referida a los gigantes, a quienes señala (la leyenda) de “usar el pecado nefando.” Se trata por lo pronto de una leyenda, pero, ¿no decimos acaso que cuando elrío suena…?
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