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La historia lo registra como anécdota, pero en Londres, en 1764, hubo un encuentro trascendental para sus protagonistas. El hijo menor del extraordinario músico alemán Johann Sebastian Bach, el ya adulto Johann Christian Bach, conoció al niño prodigio austriaco Wolfgang Amadeus Mozart. A pesar de la diferencia de edades, entre los dos surgió una amistad que se refrendó en unas cuantas cartas. El contenido de este intercambio epistolar es la materia prima de la novela Bach o la lluvia tardía, escrita por el periodista Hernán Estupiñán.
Entre la realidad y la ficción, la obra va descubriendo los pasos musicales del maestro alemán, la forma como Bach logró llevar al pentagrama su Clave bien temperado, que transformó la armonía o las bases de dos de sus obras clásicas: La pasión según San Mateo y La pasión según San Juan. Una mezcla de historia, música y literatura con un asunto de fondo que trasciende los tres saberes: la fe. Y Hernán Estupiñán lo hace a partir de una convicción personal: sólo puede escribirse de lo que se conoce y su experiencia espiritual es el comienzo.
Bach o la lluvia tardía, porque este último concepto corresponde a la interpretación bíblica de la promesa que llevó a Moisés hasta la tierra anhelada y que se renovó en el Nuevo Testamento con la misión de Jesucristo. Un universo religioso vertido a la creatividad literaria, utilizando un pretexto, las cartas de Johann Christian Bach a Mozart, no sólo para describir el mundo barroco que permitió la revolución musical del siglo XVII, sino incluso para desentrañar la historia de amor de uno de sus protagonistas con una cantora y alumna.
Una obra que marca el comienzo de la trilogía que se ha impuesto Hernán Estupiñán para cumplir la máxima espiritual de San Pablo: “Sin fe es imposible agradar a Dios”. Por eso, la historia de Bach, contada a partir de su hijo menor y el gran genio Mozart, constituye su primer aporte. Ya están en camino los otros dos componentes de la trilogía: Martín Lutero, el gran artífice de la reforma protestante y renovador del cristianismo, y el escritor ruso León Tolstoi, quien a través del arrepentimiento alcanzó la misma liberación personal.
Siempre desde la perspectiva de la literatura que trasciende la misma realidad. La opción que Hernán Estupiñán empezó a cultivar desde sus días de infancia cuando su madre, además maestra de escuela, le leía las narraciones clásicas de la tradición oral que luego le enseñó a convertir en obras de teatro o interpretaciones poéticas. El juego con las palabras que sus abuelos y ancestros en su natal Socha (Boyacá) fueron desarrollando en sus charlas hasta convertirlo en la razón de ser de su vida intelectual y su búsqueda del saber.
Después llegó el periodismo que le permitió su primera consagración profesional. Tres galardones en el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar y una nominación al premio CPB, dan cuenta de su dedicación al oficio. Pero de forma paralela, la literatura seguía rondando sus inquietudes personales. Prueba de ello fue su primer libro, El fantasma de la desnudez, escrito en 1996. Un camino que luego decidió complementar con su dedicación al estudio de la Biblia, producto de lo cual ahora tiene otra motivación: exaltar la fe.
Estudia teología, trabaja como un artesano en el periodismo, que constituye un buen polo a tierra para asumir la realidad que lo circunda, y cada día profesionaliza más su destino como escritor, explorando en el lenguaje y en la historia los móviles esenciales de su obra. Un estilo que perfiló por primera vez en su novela No pregunten por Katina, y que terminó de encontrar en su trabajo El nuevo reino, que basado en la vida de los conventos, en la Bogotá del siglo XVIII, le permitió alcanzar el Premio de Novela Corta Salvador García, en Alicante (España).
Ahora, Bach o la lluvia tardía, escrita en primera persona, con el registro de la música sacra en las ciudades europeas en el tiempo que va de Bach a Mozart, constituye su nueva apuesta literaria. En palabras del escritor Juan Carlos Garay, una novedosa perspectiva del hijo menor de Bach escribiéndole al nuevo genio, con palabras que tienen tanta delicadeza y cuidado que semejan las esmeradas sonatas de aquella época de grandes compositores, expansión de las ciudades y el auge espiritual en los senderos de la cultura y del arte.