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Quizá hoy valga la pena insistir en que es necesario que ciertos libros, sí, libros, sean asequibles para los cuatro millones de víctimas que hay según la ley que acaba de ser aprobada y que firmó el presidente Juan Manuel Santos este mes de junio con un testigo de excepción: el secretario general de la ONU, Ban Ki Moon.
Todo proceso de reparación necesita de la memoria como una herramienta eficaz para que quienes fueron violentados puedan tener voz. Se me ocurre pensar en la magnífica tarea que ha emprendido la Comisión Nacional de Reparación y su grupo de Memoria Histórica, dirigido por Gonzalo Sánchez, cuyos cinco informes debieran ser enviados a todas las bibliotecas públicas del país. No sólo porque en ellos hay una historia que nos debemos, sino porque su factura, desde el punto de vista narrativo, periodístico e histórico, las ponen en un primerísimo lugar de muchos trabajos emprendidos por cientos de investigadores que se la han jugado para producir una memoria del horror. La Rochela, El Salado, Bahía Portete, el Informe sobre tierras y Bojayá son una muestra de cómo las ciencias sociales están haciendo un esfuerzo por comunicar y dejar a través de una muestra de escritura fluida, de un cotejo de fuentes impresionante y de unas voces que provienen del horror mismo. Esos cinco libros, como tantos otros escritos en este país desde hace, por lo menos, 50 años, deberían ser una bibliografía presente en todos los rincones de este país.
Por ejemplo, el primer informe, realizado en 1962 cuando Eduardo Umaña, Germán Guzmán y Orlando Fals Borda documentaron el terror del bipartidismo y sus violencias en los campos colombianos con el título de La violencia en Colombia (disponible hoy en una edición de bolsillo de Punto de Lectura). O los libros editados durante más de 15 años por el Cerec (Centro de Estudios de la Realidad Colombiana), cuyo fondo no ha sido aprovechado los suficiente, habiendo producido textos fundamentales como Pasado y presente de la Violencia en Colombia. O los libros publicados por el Icanh, de los cuales sobresalen —en este tema, claro está— los estudios de María Victoria Uribe. O el trabajo del CINEP. O todos los libros de Alfredo Molano, quien le ha seguido el corte a esta historia que se ha querido olvidar. O El olvido que seremos, de Héctor Abad; o ese fascinante reportaje que se llama Historia de una traición, de Laura Restrepo, uno de los más brillantes reportajes sobre el proceso de paz inconcluso durante la administración Betancur. O los textos de Anne Carrigan, Adriana Echeverry y Ana María Hansen sobre El Palacio de Justicia. O los de Germán Castro Caycedo, entre ellos Candelaria, una novela olvidada hoy que descubre, avant la lettre, la globalización del narcotráfico. Hay que hacer el esfuerzo. Crear, en el Museo de las Víctimas, una sección dedicada a la memoria bibliográfica, que es mucha, y en este espacio sería imposible de agotar. Sería importante que el Ministerio de Cultura y la Biblioteca Nacional también dijeran cosas sobre este proceso que, por imperfecto que sea, no deja de ser celebrable y le da un respiro a este país.
Década a década nuestros escritores, historiadores, filósofos y periodistas han señalado la historia de esos cuatro millones mal contados. Los libros de Víctor Gaviria y Alonso Salazar tienen mucho que decirnos sobre la violencia en Medellín. El serio informe de Mauricio García sobre la economía de los ‘paras’ es indispensable para entender los tentáculos y las implicaciones de la corrupción hoy en una economía maltrecha. Los libros de Arturo Alape, las biografías de Joe Broderick, las novelas de García Márquez, las de Evelio Rosero, Roberto Burgos, Tomás González, Óscar Collazos, Juan Gabriel Vásquez, Sergio Álvarez y muchas otras. Los ensayos de Michael Taussig, Malcolm Deas y Daniel Pécaut, por sólo mencionar algunos.
Es probable que las artes plásticas, la música, el teatro, la danza y todo el sector cultural entienda que esta es una oportunidad histórica para emprender una tarea que nos compete a todos, como lo han comprobado en otras latitudes. Sería imposible entender la complejidad de lo que nos ha estado ocurriendo sin recavar y hacer un catálogo serio, bien pensado, con fichas y resúmenes que conformen una biblioteca para quien quiera entender nuestro drama y claro, para nosotros mismos.