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¿Qué es Bogotarot y cuál es su relación con “No es la peste”, la exposición digital que realizaron sobre el impacto que tuvo en Bogotá la gripa de 1918?
Es el nuevo proyecto digital del Museo de Bogotá. Lo diseñamos como una secuela de la exposición digital que mencionas. Una de las cosas que pensamos fue que, si bien se trataba de una crisis muy distinta a la actual, hay detalles semejantes con respecto a lo que las pandemias muestran de una sociedad. Lo que hicimos al final de “No es la peste” fue una serie de conversaciones con nuestras audiencias más fieles y también una encuesta en la que les preguntamos qué había sido para ellas y ellos lo más importante de la exposición. Lo que encontramos es que en el pasado podemos encontrar las respuestas a este futuro incierto. Algunos dijeron que les dio cierta esperanza saber que esa epidemia se superó a pesar de las dificultades. Eso los hizo sentir mejor en el sentido de que, seguramente, nosotros también podremos. Es la idea de que en lo que nos pasó podemos encontrar algo para aferrarnos incluso ante las incertidumbres del presente. Encontramos que las exposiciones no solamente sirven como canales de información para remitirnos a hechos, sino que efectivamente las personas más interesadas dieron una lectura desde sus preguntas del presente, desde sus miedos y desde lo que nos toca vivir en este momento. Se nos ocurrió que si ya habíamos ido 100 años atrás, podríamos ahora irnos hacia adelante para intentar responder con lo que ya aprendimos. Nos preguntamos qué pasaría si pensamos en qué es lo que vamos a aprender ahora. Los bogotanos de hace 100 años aprendieron algunas cosas: hubo cambios en el acueducto, hubo políticas de mejoras de vivienda, se construyó el hospital San Juan de Dios con nueva infraestructura, etc. Han sido experiencias de aprendizaje dolorosas, pero finalmente se trata de que estas crisis nos dejen algo sobre lo que podamos construir. De ahí viene que Bogotarot esté pensado sobre preguntas fundamentales: ¿Qué narrativas sobre el presente son esenciales para los bogotanos del futuro? ¿Qué quisiéramos resguardar de lo que nos ha pasado? ¿Qué relato les podemos dejar a los bogotanos del futuro? ¿Cuál es la mejor versión de Bogotá y qué necesitamos pensar, soñar y hacer para volverla realidad?
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¿En qué consisten las causas? Cuál fue la primera y de qué se trata la segunda: Diversificar redes de afecto y cuidado
Bogotarot está dividida en cuatro causas a partir de las preguntas que mencioné. Las llamamos así porque son canales mediante los cuales creemos que podemos imaginarnos una ciudad distinta donde podamos vivir juntos. La primera causa se llamó “Promover el derecho a la ciudad, cuestionar prejuicios y estigmas y la simbiosis entre lo rural y urbano”. Lo que tratamos de recoger con esta causa son los grandes temas que tienen que ver con la manera en la que actualmente vivimos la ciudad. Por ejemplo, este asunto de que vivimos en una ciudad que es mayoritariamente rural, pero ¿eso qué significa y cómo podemos tejer puentes entre esos dos mundos que parecen tan alejados? En cuanto a la solidaridad, los prejuicios y estigmas, pues no queremos vivir en una ciudad segregada en la que estemos construyendo muros y desconfiemos del otro. Creo que la pandemia nos ha mostrado una gran capacidad de generosidad genuina, bondad y empatía. Todo esto pasa por el afecto por conocidos y desconocidos, además del cuidado. Esto es importante porque en la ciudad no nos hablan de cuidar a los otros sino de cómo debemos sobrevivir a la jungla urbana. Esta segunda causa está centrada en ver el cuidado a través de, por ejemplo, las plantas, las reuniones alrededor de la comida y el alrededor de nuestras prácticas.
Hablemos sobre las frases de las cartas que están escritas como profecías o conjuros, sobre los procesos de escritura y de ilustración para crearlas…
Un tarot siempre tiene lecturas diversas, no cerradas. Una carta no indica un solo norte, así que el equipo de curaduría y el digital del Museo comenzaron a trabajar en la manera en la que podíamos representar las ideas a través de personajes que aparecieran en las cartas. Está la figura de El guache, que es una palabra de origen muisca que ha adquirido connotaciones negativas. Y esto tiene que ver con la forma en la que concebimos la masculinidad y su rol en esa Bogotá del futuro sabiendo que durante la pandemia se ha agudizado la violencia contra las mujeres en las casas. Detrás de cada carta hay algo que tiene que ver con algunas de las conversaciones previas que hicimos con expertos y expertas sobre cómo nos podemos imaginar una ciudad distinta. Ahí fue cuando el equipo comenzó a pensar cuáles figuras podían representar estos arquetipos y estas palabras.
Casi al final, cuando las cartas están por revelar el destino de la persona que está jugando, hay una serie de actividades que se llevarán a cabo con la causa a la que el espectador ha sido conducido, ¿estas se llevarán a cabo en conjunto después de que haya una suscripción? O cómo es la dinámica…
Una vez la persona entra a Bogotarot.com, hace la selección de sus tres cartas y le proponen una pregunta, entonces, por ejemplo, El guache dice, “Algunas palabras de la lengua muisca utilizadas antiguamente en el altiplano han cambiado su significado, una de ellas es guache, y te da tres opciones. Ahí hay que seleccionar para, desde el conocimiento, responder cuál sería el significado de esa palabra anteriormente. Después se tendrá que seleccionar un presente porque, como decía, el tarot no es una forma de adivinación del futuro, todo lo contrario: el tarot señala lo que se está viviendo actualmente para que uno pueda tomar decisiones o no hacer nada. Lo que nos imaginábamos era que una persona que se suscribe a esta causa (diversificar redes de cuidado y afecto), puede seleccionar una de las cuatro actividades que tenemos propuestas o hacerlas todas. Si al final completo la causa, lo más probable es que haya enriquecido y alterado algunos de mis comportamientos.
¿Cuáles fueron los resultados con la primera causa? ¿Qué ha logrado el Museo con esta dinámica?
La primera causa tuvo tres actividades, como la que invitaba a reconocer el entorno de esta ciudad que tiene una biodiversidad urbana supremamente rica. Esta actividad tenía que ver con poder caminar y conversar sobre especies que habitan los cerros orientales. Un segundo momento era concentrarse en el entorno más inmediato y en el que sale del espacio más privado y que incluye a los vecinos humanos y no humanos, pero, sobre todo, vecinos desconocidos. El resultado de la realización de esta primera causa fue bien heterogéneo (cada actividad atrajo públicos diferentes). Vimos que, a veces, comprometerse con una causa completa no es sencillo y para el museo también es un aprendizaje sobre cómo realizar un registro: no solo nos interesa que la gente participe y complete el ciclo de actividades, sino que de cada actividad emerja un archivo que ayude a contestar una de las preguntas principales: qué narrativas queremos construir en el ahora para dejarle a los bogotanos del futuro. Creo que el aprendizaje va cuajando en el sentido de que esto es un experimento. Se supone que un museo solo hace exposiciones y aquí nosotros estamos explorando.
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Hay una frase de Peter Drucker: “La mejor forma de predecir el futuro es crearlo”, y esta es casi la propuesta de Bogotarot. ¿Por qué cree que se desconfía de la posibilidad de que Bogotá sea reformada por sus habitantes? Las quejas tienen que ver con cultura ciudadana, falta de identidad, sobrepoblación, etc…
Estoy de acuerdo con esa frase. Ese es, justamente, el espíritu de Bogotarot. Creo que la desconfianza que tenemos sobre la posibilidad de que nosotros, como habitantes de la ciudad, seamos capaces de reformarla pasa por distintas instancias: por un lado creo que tiene que ver con cierta comodidad. Los seres humanos tendemos a conservar y lo que nos implique cambios se estrella con cierta resistencia. Ahí ya enfrentamos un primer obstáculo sobre si somos realmente capaces de entender que nuestras acciones tienen un impacto sobre nosotros y sobre otros, y que esos otros importan. Esa es nuestra naturaleza, somos seres sociales. La respuesta a esta pregunta pasa por una supremacía de este discurso del individuo, de que si yo estoy bien puedo ayudar a otros. También se puede ir de afuera hacia adentro: cómo me relaciono con los animales, los cerros, etc. ¿Pienso en mi huella? En mi casa me es difícil entender que si solamente compro productos que vienen empacados en plástico no reciclable, pues los boto a la basura y ya está, pero ¿qué pasa si voy al relleno de Doña Juana y tengo la posibilidad de hablar con las personas que viven cerca de ese lugar? Más que falta de cultura ciudadana o de identidad, quizá todo esto pase por un ejercicio mucho más sencillo sobre cómo nos relacionamos con otros y creo que vivimos en una ciudad mucho más generosa y empática.
