Borges, Cortázar, Storni y Arlt: si volvieran los dragones

Argentina, país invitado de honor a la Feria Internacional del Libro de Bogotá, Filbo 2018, traerá, además de los cerca de 40 autores y editoriales de su país, los títulos de los creadores que hoy son referente mundial.

Ilustración de Tania Bernal sobre fotografías de Elizabeth Jiménez
Ilustración de Tania Bernal sobre fotografías de Elizabeth Jiménez

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Burlando el tiempo y todas las distancias, da gusto que el tener de nuevo a Argentina, después de 24 años, como invitado de honor a la Filbo, nos haga recordar a Julio Cortázar, a Alejandra Pizarnik, a Jorge Luis Borges, a Alfonsina Storni, a Fontanarrosa, a Roberto Arlt, que se han burlado de la muerte, escapando por debajo de su falda, viviendo en sus letras y en la manera que mostraron, desde sus obras, la forma de vivir y de sentir del argentino, del latinoamericano.

Es fascinante, entonces, que vengan a la feria, sin venir; que estén, sin estar; imaginar a sus espectros, regodeándose recorriendo Bogotá. En medio de la duda por resucitarlos, el maestro Juan Manuel Roca, gran poeta colombiano y “resolvedor” del lenguaje, me dijo: “Di que los vas a entrevistar para la revista La Ouija Ilustrada, que a través de periodismo espiritista los va a convocar”. Resuelto.

Cortázar, con la vista panorámica que le facilitan sus ojos brotados desde sus 1,93 metros de altura, va agobiado dentro de un Transmilenio. Preciso lo tomó en Soacha a las 6:00 a.m. Por más cronopio que sea, cuánto le cuesta encontrar la poesía que veía en el metro de París… Por eso decide mejor esperar al sábado para recorrer los vagones del Tren de la Sabana, al final de su recorrido, a las cinco de la tarde con esa luz inigualable y primaveral de la gélida Bogotá que, cuando le da la gana, su sol se aguanta hasta el tope de las seis de la tarde, dándole a todo el ambiente el color de los recuerdos. Y lo recorre ya sin gente, le da pereza, después de tantos años de muerto, dar autógrafos y lidiar de pronto con la imprudencia de algún colombiano que le pregunte que siendo tan latinoamericano porqué habla con la erre tan exagerada, tan francesa, que no sea arribista, que él es latinoamericano, ignorando totalmente que siempre habló así desde que era un flaco largo y joven que rondaba las calles de Buenos Aires y las historias mínimas le motivaban a escribir sus grandes obras.

Y Borges, todo viejo y elegante, tras recorrer la Plaza de Bolívar, como si viera, camina solo con su bastón, con la tranquilidad que le da saber que un fantasma no se tropieza con nada. Y resulta en el callejón de la calle 16, al lado de la iglesia de San Francisco, en pleno centro capitalino, que como el Parque Rivadavia en Buenos Aires, está plagado de libreros que venden libros leídos.

Da vergüenza con Borges, pero a la vez resulta primoroso, cómo lo frena un veterano librero por el callejón, al lado del clausurado Café San Moritz (a donde solía ir Jorge Eliécer Gaitán), quien le cuenta con devoción pero sin escándalo, cómo sigue vendiendo El aleph, aunque sea tan difícil de leer y le repita las condolencias que ya le dijeron en tantos idiomas, de que qué lástima que no le hayan dado el Nobel, solo por no haber escrito una novela.

Y Roberto Arlt, desde El juguete rabioso o con Los siete locos, tan acostumbrado a ver a las personas desde su nivel, en las calles, en el bajo mundo, dispuesto con su libretita para garabatear sus aguafuertes, fue uno de los tantos hijos de inmigrantes que marcaron a los argentinos con un sello de fuego, de activistas natos, de pensamiento crítico.

Así que en pleno septimazo, rodeado de gente, como las estatuas humanas o los músicos callejeros, sin querer armar polémica (mentira) decide no hablar de su obra, sino citar en tono vehemente, a Antonio Gramsci, italiano (como los cientos que llegaron por el puerto de La Boca, en Buenos Aires), para dar cuenta del activismo que ha caracterizado a Argentina y de la indiferencia que nota, se desborda, en países como Colombia: “Odio a los indiferentes. Creo que vivir quiere decir tomar partido. Quien verdaderamente vive, no puede dejar de ser ciudadano.

La cadena social no gravita sobre unos pocos; nada de cuanto en ella sucede es por acaso, ni producto de la fatalidad, sino obra inteligente de los ciudadanos. Odio a los indiferentes también por esto: porque me fastidia su lloriqueo de eternos inocentes”. Todos los espectadores se quedan estupefactos y nadie le da ni una moneda.

El embajador de Argentina, Marcelo Stubrin, hablando sobre su país como invitado de honor a la Filbo 2018 dice algo más que honesto: “No traemos a una Argentina perfecta, sino compleja, creativa y emocional, como lo es Latinoamérica”.

Alejandra Pizarnik y Alfonsina Storni, al fin se conocieron. Cuando Pizarnik tenía dos años de edad, murió Storni, en 1938. Estas dos grandes poetas descarnadas, profundas y sensibles en sus letras, vivieron dos Argentinas diferentes. Y ahora que se ven en Colombia, a la entrada de La Candelaria, Storni le dice con risa sarcástica a su colega que el canal del eje ambiental solo es bonito, pero nada profundo, así que no puede volverse a suicidar como lo hizo en el mar.

De modo que deciden adentrarse por la carrera cuarta hacia La Candelaria, que le recuerda tanto a Pizarnik las calles de San Telmo, en Buenos Aires. Querían conocer la casa de José Asunción Silva, insigne autor colombiano, por aquello de la empatía de que los tres eran poetas y se habían suicidado.

La casa estaba cerrada. Pero uno de los guías turísticos callejeros del barrio les recitó un poema de Silva que les develó las complejidades de su alma y de la realidad colombiana que apenas exploraban: 

El mal del siglo (José Asunción Silva)

El paciente:

Doctor, un desaliento de la vida
que en lo íntimo de mí se arraiga y nace,
el mal del siglo… el mismo mal de Werther,
de Rolla, de Manfredo y de Leopardi.
Un cansancio de todo, un absoluto
desprecio por lo humano… un incesante
renegar de lo vil de la existencia
digno de mi maestro Schopenhauer;
un malestar profundo que se aumenta
con todas las torturas del análisis…

El médico:

Eso es cuestión de régimen: camine
de mañanita; duerma largo, báñese;
beba bien; coma bien; cuídese mucho,
¡Lo que usted tiene es hambre!…

Fontanarrosa, en un bar de la misma calle, se reía de tanto drama y del partido de fútbol colombiano que estaban televisando, idealizando todavía a su equipo Rosario Central. Decidió entonces caminar hacia el barrio La Macarena, se transportó a 1994, cuando aún vivía y Argentina fue por primera vez invitado de honor a la Filbo. Se fue por toda la carrera quinta en contravía y ya en la frontera con el barrio La Perseverancia encontró un mural que por primera vez en mucho tiempo lo hizo mirar algo con seriedad. Una caricatura en una gran pared. Ni su editor Daniel Divinsky de Ediciones de La Flor (la misma que publica a Quino), conocía esa caricatura, ni de dónde salió. Pocos saben, pero el autor fue Chócolo, caricaturista colombiano.

Son tres viñetas. En una aparece el famoso y malandro personaje creado por el caricaturista Fontanarrosa, caminando por la calle: Boogie, el aceitoso. En la segunda viñeta está Mafalda tirada en la calle con un tiro en la cabeza, y en la tercera, un primer plano de Boogie soplando el cañón de su pistola y diciendo: “Sabía demasiado”.

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