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En noviembre de 1940, cerca de dos mil personas se reunieron en Barcelona para escuchar el estreno del Concierto de Aranjuez, del compositor español Joaquín Rodrigo. La obra es un diálogo exquisito entre una guitarra y una orquesta, con la intención de darle a la guitarra una presencia que se sentía en las fiestas populares, pero que, hasta ese momento, había tenido poco realce en las salas de concierto.
Ese instrumento de madera y seis cuerdas es casi sinónimo de la música española: es una evolución de la vihuela y del laúd árabe que, a partir del siglo XVII, fue unificando a toda la nación y terminó convirtiéndose en el sonido característico de un pueblo. El poeta sevillano Antonio Machado le dedicó unos versos que dicen: “Siempre que te escuche el caminante / sueña con un aire de su tierra”. Ahí está plasmado el poder evocador de la guitarra.
Pero volvamos al Concierto de Aranjuez. La obra se convirtió rápidamente en una de las favoritas de los oyentes, al punto de diluir la frontera entre lo clásico y lo popular: posteriores adaptaciones han sido grabadas por músicos como Miles Davis y Carlos Santana. El secreto está quizás en sus melodías, que suenan mucho más antiguas de lo que son en realidad. Incluso los críticos más adustos dicen oír en esta partitura escenas de pastores alegres y monarcas bondadosos. Como resultado, esta música evoca un pasado que tal vez nunca existió, pero que hoy, curiosamente, conforma buena parte de la identidad española.
La próxima edición del Cartagena Festival de Música (del 4 al 12 de enero) estará dedicada a todo ese repertorio que ayudó a conformar la identidad musical de la península ibérica. El título elegido para este ciclo es “El canto del mar”.
Cronológicamente, el repertorio tiene un punto de partida muy interesante: las sinfonías de Juan Crisóstomo Arriaga, el compositor fallecido prematuramente a los 20 años que, acaso, hubiera llegado a ser el Mozart español. Pero en esas obras había todavía un enfoque muy ceñido a las reglas del clasicismo. Por eso, el paso siguiente es clave: la búsqueda seria de elementos del folclor gitano andaluz, que aparece en la obra de compositores como Manuel de Falla. De lo primero a lo segundo hay más o menos un siglo y medio de músicas fascinantes. El festival promete.
España imaginada
Algunos ejercicios tempranos de música “española” tienen que ver más con la imaginación de compositores italianos o franceses. Sin llegar al extremo de la caricatura, estos músicos veían rasgos pintorescos y los plasmaban en sus partituras para generar cierto exotismo. Sirve de ejemplo una obra del compositor Luigi Boccherini, quien nació en Toscana pero a los 25 años se fue a vivir a Madrid y terminó escribiendo música para el infante don Luis de Borbón. En esas circunstancias, en 1798 estrenó un Quinteto para cuerdas y guitarra. Al último movimiento lo tituló “fandango”, como una danza popular de la época, y decidió agregarle castañuelas. Fue quizá la primera vez que esta percusión autóctona se escuchó en la música de cámara.
Hay castañuelas también en muchos montajes escénicos de la ópera Carmen, del compositor francés Georges Bizet. El tema se presta para ello: es la historia de una mujer en Sevilla que despierta amores y celos entre los hombres. La música, por supuesto, también tiene un dejo español que no podía faltar para acompañar sus escenas de gitanos y toreros. Pero lo curioso es que Bizet no había estado nunca en España. Todo lo hizo a partir de cierto conocimiento básico y mucha intuición.
Igual sucede con la ópera El barbero de Sevilla, de Gioachino Rossini. La verdad es que la ubicación de la trama en la ciudad de Sevilla es más bien aleatoria, de la misma manera que, digamos, poco o nada importa que Romeo y Julieta vivan en Verona. Podría ser cualquier otro rincón del mundo. Y la música tampoco incluye elementos verdaderamente españoles. ¡Pero qué importa! ¡Es Rossini! Y su presencia en este Festival de Música (en una versión semiescénica) aporta al espectro ibérico una buena dosis de imaginación romántica. El montaje de El barbero de Sevilla, con un elenco de voces italianas y colombianas, es además una muestra del compromiso que ha tenido la Embajada de Italia con el festival desde hace varias ediciones, y en este caso celebra 160 años de colaboración diplomática entre los dos países.
España investigada
A partir de finales del siglo XIX, el interés por crear una música de concierto auténticamente española se volvió más serio. Ya no era suficiente con agregar ciertos tintes o incluir castañuelas. Una nueva generación se preocupó por estudiar las raíces folclóricas de España y, al mismo tiempo, la tradición musical del continente europeo. En esa corriente se enmarca la obra del geronés Isaac Albéniz, quien tenía un gran conocimiento técnico del piano y supo utilizarlo para imitar rasgos de la guitarra. Por eso su Suite Iberia, a pesar de estar escrita para teclado, ha sido fácilmente adaptada a las seis cuerdas y suena muy natural.
La Iberia de Albéniz está conformada por una serie de piezas cortas que, al juntarse, conforman un paisaje amplio del país. Es como un álbum de fotografías donde se pueden apreciar la desembocadura del río Guadalete, las procesiones de Semana Santa, escenas de los barrios gitanos y algunas panorámicas de ciudades como Málaga y Jerez. Sin embargo, la música no se queda en una simple copia del folclor: por momentos uno escucha pasajes que podrían pertenecerle perfectamente al romanticismo de Chopin o al impresionismo de Debussy. El propio Albéniz definía su creación como “música española con acento universal”.
Enrique Granados fue otro músico genial de aquella época. Su obra más importante es también una colección de postales para piano pero, en su caso, la inspiración fue la pintura. Granados reunió bajo el título de Goyescas sus impresiones de los cuadros de Francisco de Goya. Es una idea admirable porque va más allá de la evocación de paisajes naturales y se concentra en las atmósferas, en las sensaciones. Como dato curioso, una de las Goyescas (llamada “La maja y el ruiseñor”) fue la inspiración de la compositora mexicana Consuelo Velásquez para crear el bolero “Bésame mucho”.
El último gran artista de esta generación fue Manuel de Falla. En su obra El amor brujo, para cantadora y orquesta, el punto de partida es la evocación de una leyenda gitana, con espectros y hechicerías. La obra tiene un efecto impresionante. Logra, por ejemplo, a partir de un dominio del lenguaje orquestal, crear la sensación del fuego de una hoguera en la pieza titulada “Danza ritual del fuego”. ¿Cómo lo hace? Buena parte de esa magia la supo expresar el compositor cuando dijo alguna vez: “La música no se hace, ni debe jamás hacerse, para que se comprenda, sino para que se sienta”.
Desde el detalle pintoresco hasta la observación profunda, en poco más de cien años, la música española creó su propio universo. Muchas de esas obras serán escuchadas en Cartagena y, con la complicidad de esa arquitectura que también le debe mucho a España, revivirá su fuerza y su tremenda poesía.
Quizás ese arrojo de poesía esté condensado en una pequeña pieza para orquesta de cuerdas: La oración del torero, de Joaquín Turina. La música le llegó al compositor una tarde en la Plaza de Toros de Madrid, cuando se asomó a la capilla y vio a un torero arrodillado ante el altar, minutos antes de salir al ruedo. La escena es un compendio de emociones: la cercanía de la muerte, la fiesta brava, la devoción, el miedo… La música tiene esa capacidad milagrosa: nos pasea por todas esas impresiones que surgen en el contexto de una cultura.