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¿Podríamos culparlo por no sonreír? de ninguna manera. ¿A qué se debe su seriedad? A los sucesos trágicos que acompañaron su existencia. Theodor Adorno (o “Teddie”, como firmaba la correspondencia con sus amigos y familiares) pertenece a una generación de intelectuales de antaño, la generación que nació a inicios de inicios del siglo XX, que se forjó intelectualmente en un caótico período entre guerras, los cafés literarios, los discursos intelectuales en plaza pública, la incertidumbre, las expectativas del experimento de la república de Weimar y el trágico ascenso del nazismo. Una generación donde la formalidad, la pulcritud, vestirse de saco y corbata, y la seriedad característica de los alemanes no rayaba con sus creencias en un mundo mejor.
El año de 1933 fue trágico para él, impotente y horrorizado, leyó en los diarios cómo las juventudes hitlerianas quemaban las obras de Goethe, Bertolt Brecht, Hesse, Schiller, Heine, Freud, Kant, Hegel, Marx y Hannah Arendt. Ese mismo año es expulsado de la universidad de Frankfort a causa de la persecución al pueblo judío por los Nazis, exiliándose en Oxford y luego trabajando en el Institute of Social Reasearch, que funcionaba en la universidad de Columbia, en Nueva York (en Alemania Institut für Sozialforschung), recién trasladado a los Estados Unidos, a la cabeza de su mentor, Max Horkheimer. Con Horkheimer escribiría libros como la Dialéctica de la ilustración, donde hacían una fuerte crítica a la idea del hombre como amo y señor de la naturaleza. De dicho instituto sobresaldrían destacados colaboradores como Herbert Marcuse, Eric Fromm, Friedrich Pollock y Jurgen Habermas, entre otros.
El trabajo de Adorno es una apuesta especial dentro del círculo de intelectuales que colaboraron en el Institute of Social Reasearch, más conocida hoy como “Escuela de Frankfurt”[1]. Su apuesta por el análisis de la sociología de la música (en especial por el Jazz), la literatura y el arte, está cargada de una mirada escéptica sobre los que para su época eran los nacientes medios masivos de comunicación y de reproducción del arte[2]. Además de sus famosos análisis literarios de las obras de Balzac, Proust, Thomas Mann (con quien también tuvo una intensa relación epistolar) y Heine, entre otros[3], afición que compartía con Walter Benjamín, quien no pudo reunirse con él, ya que por más esfuerzos que hicieron Horkheimer y Adorno (como lo deja ver su correspondencia entre Adorno y Benjamín), no pudieron evitar su pérdida. Benjamín se quitó la vida huyendo de la Gestapo. Luego de su exilio, Theodor Adorno regresaría a Alemania y se convertiría en una de las personalidades más famosas de la posguerra. No solo tenía aulas llenas, sino que era invitado a dar cientos de conferencias, y a hacer parte de programas radiales y eventos culturales.
En Colombia la obra de la escuela de Frankfort tuvo su mayor recepción en las décadas del 60 y 70, en parte, gracias a que sus obras se difundieron al impulso del recientemente fallecido Guillermo Hoyos y a Rubén Jaramillo Vélez, quienes hacían las traducciones de algunos textos y entrevistas que aparecían en la revista Ideas y Valores, del departamento de filosofía de la Universidad Nacional, y en la desaparecida revista Argumentos.
Aun así, por cuenta de la complejidad de la obra de Adorno (algunos culpan a las traducciones), quedó sumergida para siempre en un colectivo y perdió su independencia de los demás autores. Su obra quedó obsoleta ante los análisis de Michel Foucault y Pierre Bourdieu, quienes desplazaron su influencia en las academias de filosofía del mundo.
En Colombia pocas veces se impartió un curso especializado sobre su obra, que sigue, según los expertos, sin comprenderse en el campo de la crítica literaria, los estudios artísticos, el cine y la música.