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Diana Vargas y Laura Turégano, creadoras de Corto Circuito Latino Shorts Film Festival of NY, se conocieron en el Havana Film Festival de Nueva York hace 12 años. La comunicadora caleña Diana Vargas era ya la directora artística y curadora de ese festival, y Laura Turégano, gestora cultural madrileña, acababa de ser nombrada directora ejecutiva del Centro Rey Juan Carlos I de España de la U. de Nueva York (NYU), un centro académico y cultural que, a pesar del nombre, es independiente y promueve la cultura tanto española y como latinoamericana, fomentando la creación contemporánea de alta calidad.
Turégano llegó a su nuevo cargo con la idea de crear un festival de cortometrajes, un formato cinematográfico que, aunque muy popular, se enfrenta a la ausencia de un mercado definido. A pesar de que las tecnologías digitales promovieron el auge de la producción amateur y los jóvenes realizadores ahora pueden hacer cortos sin los grandes gastos que antes suponían su producción, todavía son pocos los circuitos de exhibición comercial de cortos. Irónicamente, hay varios concursos y festivales de cortometraje, siendo especialmente reconocidos el festival internacional Clermont-Ferrand, Palm Springs International ShortFest, Los Angeles International Short Film Festival y Anima Mundi de Brasil. “En los últimos quince años los cortos, sobre todo los latinos, han tenido un boom impresionante, porque hay leyes de cine en los países, escuelas y el trabajo de jóvenes realizadores que sacan provecho de la tecnología. Hacer una historia corta es más fácil que meterle todo el billete a un largo. Por eso se hacen muchos cortos, pero los canales de exhibición no son tantos”, dijo Vargas.
“Organizamos con las uñas la primera edición. Yo era la todera, tanto directora del evento como proyeccionista”, cuenta Turégano entre risas. Una de las mayores dificultades era la multiplicidad de formatos que coexistían: “Fue un momento de transición. Recibíamos propuestas en Betamax, DVD, VHS. Teníamos 20 aparatos con los que tratábamos de reunir todo el material”, cuenta Vargas. Recibían, y siguen recibiendo, alrededor de 450 cincuenta cortos cada año de Latinoamérica y España, y se proyectan entre 40 y 60. Muchas veces los reciben sin subtitular (“o subtitulados con Google Translate”, dice Vargas), sin sinopsis, sin la duración, sin el material de apoyo como afiches, tráiler, fotos. A pesar del caos la acogida fue inmediata. Tanto ha sido el éxito del festival que con los años adquirió un reconocimiento independiente de NYU y su centro cultural.
En su décimo segundo año, las creadoras decidieron llevar el festival a Cali, una de las ciudades colombianas más cinéfilas históricamente y una de las que más produce cine en el país. A pesar de ser considerablemente más pequeña que Bogotá, el auge de su producción cinematográfica, que se viene dando desde los años 70, no tiene tanto que envidiarle al de la capital. Además Diana Vargas es caleña, por eso quiso que la primera edición itinerante fuese en su tierra natal. Pero los organizadores del evento en Cali, Carlos Augusto Albán e Isabella Prieto, tenían una preocupación inicial: llenar la Cinemateca del Museo La Tertulia. “Tal vez estamos siendo demasiado arriesgados al apostarle a una sala con capacidad para trescientas personas”, comentaba Albán horas antes del primer día de proyecciones. Pero ni siquiera la Cinemateca dio abasto.
Se presentaron alrededor de 45 cortometrajes de Argentina, Brasil, Colombia, Costa Rica, Cuba, República Dominicana, Ecuador, El Salvador, Guatemala, México, España, Panamá, Perú, Venezuela y EE.UU. Animaciones, cortos de ficción y documentales con una duración de 4 a 26 minutos reflejaron en los tres días de festival dilemas, inquietudes y problemáticas propios de Latinoamérica. (Vea uno de los cortos aquí) En el segundo día hubo una sesión dedicada a los colombianos haciendo cine en el exterior, especialmente en Estados Unidos, titulada “Colombianos en la diáspora”, y otra dedicada al director invitado, Andrés Beltrán. El último día Turégano, Vargas y Beltrán ofrecieron un taller gratuito dividido en tres ejes temáticos: “Cómo presentar una propuesta cultural + la gestión de un centro cultural”, a cargo de Turégano; “Distribución, marketing, creación y participación de audiencias”, por Diana Vargas, quien explicó ampliamente el funcionamiento de los festivales de cine alrededor del mundo; “Cortometrajes: por qué hacerlos, cómo tratarlos y cuándo pasar al largo”, a cargo de Andrés Beltrán. En esa última sesión, y a lo largo del festival, se enfatizó en una cosa que los cortos mismos, proyectados uno tras otro, confirmaron: aunque es un espacio ideal para la experimentación de técnicas y narrativas que prolifera como ejercicio en las facultades de cine, el corto no es necesariamente la antesala del medio y largometraje. Es un formato en sí mismo, un género con una estructura propia y con posibilidades que muchos curiosos desconocíamos antes de ver la multiplicidad de propuestas, proyectadas en cuatro tandas. Sorprende la flexibilidad del género, y descubrir que, en definitiva, hay historias que pueden y deben ser contadas en pocos minutos. Muchos directores hacen largos y luego vuelven al corto porque son géneros con exigencias y posibilidades diferentes. Para entenderlo, dijo Vargas, sirve hacer la analogía con la escritura: un autor no es menos porque deja de escribir novelas para hacer cuentos. Son expresiones distintas.