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La forma más ruidosa de presentar al escritor bogotano Jairo Buitrago es esta: dos de sus libros han vendido cerca de 400.000 ejemplares en Corea, Japón, Canadá, Estados Unidos y toda América Latina. La forma más importante no tiene que ver con números.
A Buitrago le han bastado ocho años para encontrar una voz singular, una especie de tránsito por la tristeza que atraviesa a los niños cuando ven venir la vida adulta, sin saber muy bien de qué va eso que llaman crecer. Acompañado por buenos ilustradores, especialmente por el también colombiano Rafael Yockteng, sus libros son experiencias emotivas pero no dramáticas y logran explicar la pérdida, la amistad y el abandono sin necesidad de señalarlos.
Volver a casa (Fondo de Cultura Económica) y Eloísa y los bichos (Babel) son los best-sellers y, aunque tienen tramas distintas, comparten la estructura típica en Buitrago. Un discurso político que fluye bajo el suelo, niños que hablan como niños junto figuras adultas que hablan como adultos y que intentan entenderse en el afecto, sin sabidurías forzadas, y un entorno físico que parece roto pero está lleno de vida. Pocos autores de literatura infantil tienen la prosa precisa de Buitrago y si uno ve la cantidad de reuniones, propuestas y halagos que está recibiendo durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, no hay duda de que todo el mundo ya lo sabe.
Se instaló en Ciudad de México hace año y medio. ¿Mudarse, salir de su país, ha cambiado su aproximación a la escritura?
La distancia cambia mi visión, obvio, pero también produce pérdidas y renuncias a muchas otras actividades que me llenaban la vida allá, por eso estoy escribiendo sobre edificios, sobre aeropuertos. La distancia me ha hecho más consciente de las pérdidas.
¿Cómo evita la estructura del final triste y el final feliz al escribir desde la tristeza?
Yo siempre pienso en los finales, no puedo decir que no me atormenten porque soy un creador de historias y busco que tengan un ritmo, que sean interesantes y que el final sea contundente, no triste o feliz, abierto o cerrado.
¿Cree que sólo crecemos en el dolor?
No.
En sus libros parece que sí…
Es cierto, pero si tuviera un hijo no me gustaría que creciera descubriendo la dureza de la vida adulta con tanto dolor. No obstante, sí me interesa mucho el tema del dolor dentro del crecimiento, la decepción y de la ruptura que hay en la infancia; los cambios abruptos que te despiertan y te hacen ver que la felicidad se va a perder. Y me interesa la pérdida, pero no el abandono porque el abandono es melodramático y mis personajes son más equilibrados, están a punto de cruzar la delgada línea que los separa de descubrir que crecer es decepcionarse de la vida adulta. Por ahora quiero mantenerlos así, que no la crucen.
Escribe sobre entornos frágiles, ¿ve un reflejo de Colombia ahí?
Siento que en América Latina no nos preocupamos de que haya niños pobres sino que convivimos con la pobreza y la desigualdad, de modo que llevamos esa especie de responsabilidad más interiorizada. La responsabilidad de un escritor no está en la renuncia sino en la sinceridad que uno tiene para abordar ciertos temas, no hacerlo sólo porque son “incómodos” y se ponen de moda entre bibliotecarios y maestros. El niño inmerso en las dificultades económicas y sociales, por ejemplo, ha existido en la literatura colombiana desde los años 40, pero se ha hecho siempre desde un punto de vista muy caritativo. Siento que todavía hace falta ahondar en las dificultades económicas dentro de una sociedad desigual como esta, en la que se crean grupos sociales que difícilmente se van a encontrar.
Entonces, ¿en la literatura infantil, a diferencia de la literatura a secas, siempre hay una responsabilidad?
Los autores de libros infantiles estamos muy cercanos a los lectores, casi a diario. Es un trabajo de promoción en el que nos encontramos con maestros y bibliotecarios en los que se supone que recae la responsabilidad de formar lectores, pero implícitamente, aunque algunos autores digan sentirse comprometidos sólo con su trabajo artístico, esa confrontación con los lectores es tan real que sobrepasa la voluntad individual. Somos responsables, pero también lo somos cuando dejamos que los lectores lean con su propio sentido. No creo en los mediadores dentro de la lectura, lo que vale es un hecho social de leer el grupo y de divertirse en grupo.
La reconquista del centro de Bogotá
Jairo Buitrago está preparando nuevos libros con editoriales como S.M. y Ekaré, pero vuelve a trabajar en un proyecto junto a su primera editora, María Osorio, de Babel. Se llama ‘El edificio’, “lo publicarán cuando se termine”, dice Osorio, y trata sobre el deterioro del Centro de Bogotá, con énfasis en el imponente Teatro San Jorge, en la calle 14 con carrera 15.
“Jairo tiene la habilidad de mostrar algo oculto pero importante del mundo al que pertenecemos”, cuenta la editora, quien completó el proyecto con el ilustrador argentino Daniel Rabanal.