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En tránsito al siglo XX, Bogotá apenas superaba los cien mil habitantes y estaba de moda entre los capitalinos recitar los versos de José Asunción Silva, el escritor local cuyo talento había sido exaltado por genios de la literatura española como Miguel de Unamuno. De la poesía de Silva se ha escrito mucho. No tanto de su única novela, De sobremesa, que ahora puede ser descargada gratis en la página de internet de la Biblioteca Nacional de Colombia.
Tengo una edición con prólogo de Rafael Gutiérrez Girardot del que rescato este punto de vista: el juego de realidad y ficción entre París y Bogotá. La estructura de la novela se basa en el diario de un viaje a Europa que José Fernández (el protagonista) lee a sus amigos admiradores. Según el profesor Gutiérrez, un “rito de corroboración de una superioridad cultural y social o simplemente social” que se imponía desde allí a la antigua colonia.
En ese contexto, “el viaje a París y a Europa de José Fernández —o de José Asunción Silva, o de su imaginación— fue no sólo la muestra de su riqueza y de su alcurnia, sino un acto de desafío a la sociedad pacata y a sus ansias de saberlo y experimentarlo todo”. La capital francesa era punto de referencia cultural y mundano. José María Cordovez Moure hablaba en 1893 en Reminiscencias de Santafé y Bogotá (también disponible para internautas) de cómo “esa ciudad corrompe a los hispanoamericanos de más arraigo católico y de más pura y piadosa familia”, porque “para muchos hispanoamericanos, el viaje a París incluía una grata excursión a las infernales y tentadoras regiones del Eros”. La obra de Silva es para entonces un innovador viaje desde la mente del librepensador, ansiosa por capitalizar el progreso y lograr un enriquecimiento rápido valiéndose de la obsesión por el poder, y desde la sensibilidad delirante del cuerpo que reclama sensualidad y placer, dando cabida a tendencias prohibidas, como el homosexualismo.
“En Europa –escribe Gutiérrez–, José Fernández era ya una encarnación de ese ejemplo. Pero como el que soñaba con este papel social vivía en dos mundos, el tradicional bogotano y el moderno al que aspiraba, su portavoz, José Fernández, contempló a Europa de manera igualmente anfibia. Goza los placeres, los vicios y la libertad que ofrece París, pero al mismo tiempo condena a la ciudad… la ‘Babilonia moderna’”. Exhibe lujos, deja entrever pretensiones aristocráticas y a la vez se burla de los burgueses. “Estaba en París, daba rienda suelta a las suscitaciones de la ciudad del mal, pero estaba al mismo tiempo en Bogotá y sentía pesadumbre con el estilo de pesebre de la sociedad tradicional”.
Gutiérrez ve en el juego “Fernández-Silva” no una crítica temática y detallada a la sociedad tradicional e incipientemente burguesa de Bogotá, sino “a su estado actual, a la política que ella engendra”, a enfrentar con el plan de reforma “dictadura temporal ilustrada”, por casualidad en los tiempos de Rafael Núñez y compañía.
Interesante explorar por dónde se movían los pensamientos del escritor, que iban hasta los caprichos de una noche pagados con “desteñidos billetes azules de a mil francos” (Silva es desde 1995 la imagen de los billetes de $5000 y seguirá siéndolo en la versión 2016). Si hay una tendencia intelectual evidente en la concepción modernista de esta novela, es la influencia estudiada por Klaus Meyer-Minnemann en su revisión de la novela modernista. Ratifica: la generación hispanoamericana de la que hizo parte el colombiano “escogió como punto de orientación los procedimientos y actitudes de la literatura europea finisecular, los cuales había conocido a través de la divulgación francesa”.
Es evidente la evocación parisina (60 veces citada en la obra) y londinense, pero no como un simple recurso de enriquecimiento literario, sino como un factor de confrontación cultural frente a la todavía intelectualidad colonial entonces vigente en Colombia. El ensayo de Aníbal González “El marco de acción del intelectual en De sobremesa” muestra que escritores de cambio de siglo como Silva sentían que también debían renovar la escritura, pasando del egoísmo y la ambición totalizante a lo que aquí se llama una retirada estratégica en busca de un territorio propio, personal, autónomo, interiorizante, una nueva forma de indagación literaria. Usa la palabra recapitulación. Querían borrón y cuenta nueva y por eso experimentaron nuevos estilos, en este caso el diario íntimo de José Fernández, trasladado al lector a través de una charla de amigos inspirada en el dictamen kantiano de “una finalidad sin fin”.
La literatura como arte en búsqueda de límites creativos. González concluye que “De sobremesa es quizá una de las obras más patentemente autocríticas producidas por un modernista”. Esto significa que además de construir una prosa poética innovadora quería plasmar en ella su pensamiento para posicionarse como intelectual de avanzada. Cuando se cruza la inspiración con la conciencia de los valores de ese mundo moderno es que Silva encuentra la necesidad, por ejemplo, de que en su novela la pintura adquiera un papel protagónico, arte dentro del arte.
Es por esto que Fernández traslada su formación europea a un ambiente bogotano que, según él, le resulta propicio para fabricar una utopía personal y política valiéndose de la sensibilidad del arte. Así termina obsesionado con Helena a partir de los trazos que de ella nos da desde el momento en que la compara con el retrato de una princesita de Van Dyck, con la Ana de Austria de Rubens, con una virgen de Fra Angélico.
En el modernismo el arte es apenas una de las herramientas generadoras de estímulos y sensaciones. En el caso de Fernández tiene que ver con su ostentación personal también en el ámbito social e, incluso, en la buena mesa bajo la ecuación terrenal de “cerebro y estómago”. El resultado de este nivel de pensamiento refinado es lo que el ensayista González califica como “un mundo radicalmente estetizado”, que no solo implica la belleza material, sino su trascendencia espiritual.
Con autoridad, Silva se cruza con las ideas de Nietzsche –según Meyer-Minnemann asimiladas a través de sus charlas con Baldomiro Sanín Cano– a la hora de enjuiciar todo desde una perspectiva más estética que moral. Y así llega a la estetización de la política, a la adaptación del pensamiento europeo en el ámbito latinoamericano con una obra de exploración novedosa de los sentidos a partir de un yo redescubierto en el que Fernández termina por refugiarse.
El resultado de la experimentación es una nueva “ideología literaria” capaz de generar un gobierno en manos de un déspota ilustrado, el rey filósofo que les da cabida en su reino a los poetas. Como dice González, la novela de Silva es la prueba de “la duda existencial y literaria que carcomía a los hombres de letras hispanoamericanos de su tiempo, ya en camino a convertirse en intelectuales”.
Señala el crítico británico Cyril Connolly que “el deber supremo” de todo escritor es “producir una obra de arte” y el colombiano Roberto Rubiano Vargas anota en su Alquimia de escritores que “la literatura es una exigencia artística que se basta a sí misma para proponer una visión ética del mundo, para convertirse en un mundo paralelo, donde sus oficiantes, escritores y lectores encuentran una explicación, una posibilidad de cambiar el mundo o al menos plantear su propia visión del mundo”. Ese, creo, fue el cometido de Silva en De sobremesa.
Ya que las frustraciones personales y los dramas familiares, además del tibio reconocimiento de su obra, lo hayan llevado al suicidio hace 120 años, atiza un debate todavía abierto. Tomo partido por Fernando Vallejo, autor de la biografía sobre Silva Almas en pena, chapolas negras. Documenta que “se mató por su soberana voluntad, no porque no lo comprendiera la aldea de Bogotá: se mató porque entendió, con su lucidez incomparable, que la vida no vale la pena de vivirse ni aun en las mejores circunstancias. En prueba José Fernández, el protagonista de su novela, que lo tiene todo –dinero, juventud, salud, mujeres, belleza– y que no sabe cómo terminar”.
Como dice Vallejo, “De Sobremesa acaba como empieza, entre brocados preciosistas y medias luces y puntos suspensivos”. Pero reclama también a quien la lee una postura analizada en el ensayo “Fin de siglo, decadencia y modernidad”, de David Jiménez Panesso, donde se anota: “Silva es consciente de que escribe porque lee”, y porque lo hace con un “gusto refinado”, “amante de lo bello y de lo extraño, elemento indispensable en cualquier temperamento poético”.
Era la estética literaria de aquella época, esperando de vuelta la reacción apasionada de un lector también “artista”.