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Su piel está hecha de retazos, es un costal destejido y vuelto a tejer al antojo de su escultor, de su captor, su verdugo. Ella, la hermosa Vera, hecha casi una Venus. Él, Robert Ledgard, un médico poseedor del poder de crear cuerpos, un vengador. Y ambos unos testigos de que la piel no es el alma.
Pedro Almodóvar está en otro momento de su vida. En un punto de quiebre del que emerge su más reciente película, La piel que habito, presentada oficialmente en el Festival de Cannes 2011 y protagonizada por Antonio Banderas y Elena Anaya. “Este es un material muy distinto a todo lo anterior, porque me ha pillado en pleno cambio. Me veo como una persona de mediana edad que, como no quise celebrar los cuarenta, cuando llegué a los cincuenta tuve que pasar la crisis de las dos décadas”, confiesa el director, quien en su decimoctavo largometraje se ha aventurado en una historia con paisajes más sofisticados, menos de los mundos bajos en donde tanto hurgó y en donde el problema del cuerpo vuelve a indagarse, esta vez como objeto enfermo, como lugar ideal para la venganza. “Creé un personaje diabólico en cuya piel me costó meterme”, explica Almodóvar.
Todo parece menos perturbador de lo que se advierte cuando el espectador descubre a Vera, a través de unas pantallas que la vigilan, como una calmada cautiva que hace ejercicios de yoga, recoge su comida a través de una ventana que se abre y se cierra y lleva puesto un body, que moldea su cuerpo y oculta completamente la piel.
En ese cuarto hay libros, un televisor con canales restringidos, una pared que sirve como diario de escritura y figuras deformes que hechas de retazos replican los Personnages de la escultora francesa Louis Bourgeois, esos humanoides de cuerpo ambiguo, descompuestos, amarrados por la tela, por la piel, que Vera ve en los libros y los hace sus compañeros. ¿Qué secreto encierra Vera que comulga con semejantes monstruosidades? ¿Cuál que la hace destruir vestidos para hacer con sus gajos la piel de la atrocidad?
“Hay procesos irreversibles, caminos sin retorno, viajes sólo de ida. La piel que habito cuenta la historia de uno de estos procesos. La protagonista recorre involuntariamente uno de esos caminos, es obligada violentamente a emprender un viaje del que no puede regresar. Su kafkiana historia corresponde al dictado de una codena cuyo jurado está compuesto por una sola persona, su peor enemigo. El veredicto, por lo tanto, no es sino una forma de venganza extrema”, dice Almodóvar en las notas de su autoría que acompañan la película.
Pero esta película, que es una amalgama de referencias, que admite influencias de Luis Buñuel, de Alfred Hitchcock, de todo el cine de Fritz Lang, y que podría ponerse en los registros del noir, la ciencia ficción o el horror, no sólo mira a Vera a través de esas pantallas que la vuelven una mujer gigante en su belleza. La piel que habito desentraña también la historia del respetado cirujano plástico Robert Ledgard, quien tras un accidente en el que su mujer sufriera quemaduras en todo el cuerpo, se obsesiona con la creación de un nuevo tipo de piel para salvarla. No lo logra, su esposa no sobrevive al horro de tener el cuerpo destruido. Sólo 12 años después este médico consigue cultivar una especie de piel humana en su propio laboratorio. Una piel sensible a las caricias, pero a la vez una auténtica coraza contra todas las agresiones, inmune a las quemaduras y a las picadas de mosquito. Robert necesitará ahora un nuevo cuerpo que cubrir, uno que pueda dejar la piel y así cumplir su cometido de traer de vuelta su amor perdido.
Robert y Vera jugarán en un extraño mundo de deseo y poder. Pero ella, que lleva seis años como tigre, caminando de un lado al otro por los barrotes, camuflada de elegancia y tranquilidad, ha estado siempre al acecho de cualquier oportunidad de salvación. En el momento menos pensado la que ha perdido la piel pero no la identidad, saltará de la jaula.