
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Otro por allá. Si mi sensatez hablara, disertaría a propósito de mi mala sangre. Me asombro. Me divierto. Es mi perfil de facebook. A casi todo el mundo le gusta verse de frente, pienso. Con una que otra sombra. Yo no soy la excepción. Lo sé. Tapo mis párpados. Evito sospechas. Estoy deshabitado y a la deriva, sin esperanza de amparo ni la menor posibilidad de nada, salvo el aislamiento. A mí no me molesta el caos. Un día me abracé a él. Me asomo por la ventana. Veo que todo es excesivo, que todo es fastuoso y desbordante, pero no suficiente. Nada estalla. Todo pide más. Me gustan los sobrados porque nunca sobran de verdad. Siempre nos sobra lo que nos falta y nada nos llena más que aquello que nos vacía. En la calle de los Donceles encontré una foto. La desconocida me aborrece con su mirada india. Cabello negro, suéter azul y fondo blanco. Atrás un número de teléfono. Le pregunto al extraño rostro: ¿Al salir de ti, con quién me encontraré? Silencio. Sol. Gente. Esta foto es un reflejo. Bueno, renuncio. Días después vuelvo a encontrarla en el bolsillo de mi camisa. Le aguanto la mirada, hago muecas. ¿Eres tú? Sí. Doblo la foto. Escribo un Whatsapp al número de teléfono: “prometo que voy a socializar con nada, con nadie, con nunca”. Eres la primera extraña de mi adentro, me digo, mientras doy “enviar”. “Soy la primera valija explosiva en territorio enemigo”, respondes enseguida, en menos de un minuto. Nos devastamos juntos durante las siguientes cinco horas, hasta que dejaste de responder. Hasta que dejé de insistir. La alameda central fue testigo de nuestro abandono. Ahora nos queda el vicio: las imágenes de un cortaúñas oxidado sobre tierra roja, un ramo de girasoles secos en un jarrón acampanado, una parte prominente de tu escote con medio pezón al aire, tres postales oaxaqueñas y un inexpresivo atardecer bogotano.
II
Todo se pierde. Eso lo sabía muy bien, pero si me empeñaba en fotografiar mis sueños con frases breves y explícitas, ellos no se perderían jamás. El primer sueño lo resumí así: “La exactitud es una auténtica mentira”. Contundente. A mí siempre me han gustado las cosas claras. O por lo menos esa es la principal idea que tengo de mí mismo.
III
Levantarse en un hotel cualquiera. Escupir las paredes. Saberse observado. Sonreír a esos ojos. Sostener la mirada. Cada segundo dilata el desierto. Decidir qué hacer con uno mismo. Resistir la tentación del balcón. Percibir la simulación del sol. Entusiasmarse al encontrar una sombra ¡una sombra! Esconderse con ella. En ella. Fustigarla. Promover su disgregación con más oscuridad. Detenerse. Intentar no ser. Quedarse dentro del cántaro apenado. Acurrucado. Rostro en las manos. Hacer cuentas. Cuentas de impulsos. Propulsiones. Tres. Cuatro horas. Media hora más. Sentirse el asesino del tiempo. Un cómplice más de la vida adormecida. Reventada. Quieta. Dejar pasar. Sudor. Caminar lentamente hacia una ventana. Lejos del alegre balcón. Sumergirse de nuevo en la luz. En el vacío. En la rimbombante y seductora opción de desaparecer. Imaginar el derroche: de bruces en el asfalto: se rompe la pecera que levanta la niebla. Olvidarse del olvido. Volverse transeúnte de la acuarela propia. Actor del extravío. Hacerse el testigo amargo -y morboso- del silencio. Vestirse. Usar bloqueador solar. Salir. Decir buenas tardes. Dejar la llave en la recepción. Caminar en busca de una cerveza. Comprar lentes oscuros. Seguir adelante. Hasta que pase el capricho. Hasta que vuelva a aparecer. La mente miente. El cuerpo aguanta. Y yo soy un desertor.
IV
Me dedico a soplar niebla. Y de vez en cuando a caminar. Soy menos carne que papel.
V
Ebrio de forrajes, pinché mi desangrada vena.
Iluminado de prodigiosa narcosis, volví a anidar en mi insociable interior.
Tiznado de rubores, labré una imagen capaz de contemplarse a sí misma en la plenitud de mi ostracismo.
Arrebatado por inexpresables vibraciones, cerré los ojos para disfrutar de las infinitas vacantes de mi querida adicción, de mi entrañable devastación, y así, pacíficamente y sin tregua alguna, decidí irme a dormir para siempre, con un gramo, un simple gramo derretido, encapsulado, tierno, uno más que las últimas mil veces.
El reloj marcaba las 13:17 de un miércoles de octubre. De la computadora emanaban las notas de “Tobogán”, el tema de Prietto viaja al cosmos con Mariano. Sobre la mesa de luz medio chocolate blanco con avellanas, unos pañuelos kleenex, un lata de Quilmes Bock y una factura de supermercado garabateada, en tinta negra, con la inscripción: ALEGRÍA. EL CIELO ES MÁS AZUL QUE EL MAR.
Morir es cuestión de suerte.
Dejé de ir, de venir, de estallar, dejé de sentir y de no sentir, me dejé a mí mismo: alucinando belleza. Dejé los recuerdos vivos, dejé de ser querido, de ser extrañado, dejé de vivirme, dejé de estar cansado, también dejé de sonreír, de ser, de enamorarme. Dejé una compañía, todas las compañías, dejé el frío, la soledad, mi música, mis libros, mis mujeres, mis hombres. Dejé de cantar, dejé la zozobra, dejé el tiempo perdido y dejé de perder el tiempo. Dejé de hacer reír, dejé de componer, de escribir, de abstraer, de poner y de quitar, de cosechar, de lidiar. Dejé de regresar con las manos vacías. Dejé de pensar, de agrietar, de querer, de saltar, de cantar, de bailar, de gritar, de pelear, de soñar, de tocar, de escuchar, de patear, de lamer, de oler, de leer, de pelear y apuñalar y escupir y putear. Dejé de morir y de nacer y de resucitar. Dejé de descansar y fantasear, dejé de llorar, de cagar, de mear, de vomitar. Dejé todo y empecé por mi final, para nunca más dejarme ir por el inicio. Ahora: ¿Cuánto más necesito para ser Dios?