Cuarentena (y el aplauso para los médicos en España)

Relato de un sentido homenaje para el personal médico que trabaja a doble jornada para atender a los infectados por la COVID-19 en Madrid, España, país en el que se registran 1.813 muertes y más de 29.900 contagios.

Reconocimiento al personal médico que se enfrenta al coronavirus en Madrid. / Juanjo Martín - EFE
Reconocimiento al personal médico que se enfrenta al coronavirus en Madrid. / Juanjo Martín – EFE

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Madrid, marzo de 2020

Realmente pensé que nadie lo haría, pensé que seguiría la suerte de toda cadena de Whatsapp y moriría olvidado, pero justo al borde de las 10 de la noche empezó el barullo, el runrún cómplice que corría por las avenidas vacías. Como gotas, las palmadas fueron cayendo una tras otra hasta formar un gran aguacero de aplausos.

Esa era la forma como, desde la protección invisible de los balcones y todavía con la incertidumbre del primer día de aislamiento, Madrid reconocía el trabajo de cientos de médicos que, firmes en la primera línea de infantería, buscaban reflotar la esperanza de entre las entrañas del miedo pandémico. Era un acto de nobleza que te erizaba la piel y te conmovía aun sin ser español.

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Afuera, la vida se ha congelado. El metro se convirtió en una gran oruga esquelética que avanza hueca con su aliento a desinfectante que irrita la nariz, mientras sus estaciones son pueblos fantasmas donde el tumulto y el ajetreo han sido reemplazados por el eco vacuo de mis pisadas y anónimos guardias confinados que te miran con sospecha y prevención al mismo tiempo. Hasta entonces, nunca, ni en las horas más aciagas del último Transmilenio noctámbulo que recorría la avenida Caracas, había tenido un vagón solo para mí. Bueno, y ni tanto, porque aun sin nadie a mi alrededor, ahí siempre estaría él, el virus, sentado en todos los puestos desocupados, repasando con orgullo las noticias de las bajas del día anterior, burlándose de nuestra mortalidad, poniendo a prueba a toda la humanidad.

Armado con el salvoconducto de mi oficina, prerrogativa que nadie debería envidiar, camino en solitario silencio por el Paseo de la Castellana. De no ser porque sé de antemano que esta es mi vida real y que la desolación se ha impuesto por decreto del Partido Socialista, bien podría confundirme y empezar a pensar que estoy en una película de zombis, donde cada tapabocas que pasea a un perro es un aliado sobreviviente. Mis pasos se pierden entre los chorros antisépticos de los camiones cisterna que lavan los andenes con hombrecillos amarillos al volante. Cruzo pasos de cebra con semáforos en rojo que detienen un tráfico invisible que me arrolla con sus prisas imaginarias y me abro paso a empellones para atravesar el río de los espectros ausentes de la hora pico. Allí, por un segundo, me convierto en el rey de la Madrid en cuarentena que, aunque fría en sus calles, late caliente y vaporosa tras cada pared de hormigón.

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Entro finalmente al supermercado, aquel último bastión de la civilización moderna, donde las filas interminables han desaparecido y ahora solo quedamos los asiduos de la última hora. Como en una armería, erramos por los pasillos buscando munición para el encierro. En nuestro caso chocolate, porque hay dos tipos de pandemias: las que te cogen con chocolate en la alacena y las que no. Pago y me voy corriendo a casa, ya casi es el momento de los aplausos, los cinco minutos de rebeldía de la vida sobre la muerte.

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