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Tiene pisos claros de madera fina, suaves al contacto del pie que baila desnudo, y los bailarines que lo habitan son artistas del cuerpo y del alma, porque para bailar se necesitan ambos.
Así, los bailarines de la recién creada Compañía de Danza del Teatro Jorge Eliécer Gaitán tienen las dos cosas y las ponen en escena con toda la fuerza interpretativa de la que es capaz un artista. Son 12 y representan el espíritu en movimiento de una ciudad que los necesitaba, que los reclamaba y que ahora, por fin, los tiene.
Su puesta en escena está marcada por la armonía de sus movimientos calculados, ensayados, aprendidos y simétricos, que sin embargo son sueltos, libres y elegantes y le dan forma a un despliegue en el que todos los imaginarios del amor tienen cabida.
La obra que ensayan por estos días, Abrazos, trampas y otras fábulas, del director y coreógrafo Charles Vodoz, estará en el VII Festival Danza en la Ciudad. Aquí, los bailarines guían al incauto espectador por las sutilezas más íntimas de sus alegrías, sus desengaños, sus duelos y sus insoportables angustias en un viaje calculado en el que, al final, la evidencia nos obliga a aceptar que todos, todos, todos vivimos a merced del látigo o el consuelo del amor.
Los 12 bailarines de la compañía ensayan más de ocho horas diarias, que interrumpen para comer, dormir y vivir la vida que los reclama más allá de los espejos del salón de ensayos donde bailan bajo la mirada inquieta del director, que los observa como el más diligente de los espectadores. Dentro del grupo, Aleksandra Rudnidcka sobresale por su tamaño y por su fuerza interpretativa y porque baila como si no hubiera dado a luz hace pocos meses y deja ver en cada paso que la danza ha sido, es y será lo suyo.
“Es que cuando uno más baila, más tiene que entrenar el cuerpo”, dice la mujer que empieza la vida todos los días a las seis de la mañana amamantando a su recién nacida y que llega al teatro a las ocho y media para empezar a calentar el cuerpo antes del ensayo. A las diez y media, ella y sus compañeros tienen un receso de quince minutos, descansan y siguen bailando hasta la hora del almuerzo. Van y vuelven para volver a bailar hasta las seis o hasta más tarde si el rigor lo requiere.
Rudnidcka va y viene del teatro a su casa en bicicleta, como tal vez lo haría en su natal Polonia, pero está mejor acá, porque se enamoró de un colombiano y de la danza en Bogotá, que la recibió con los brazos abiertos.
“Yo siento que la danza acá en Colombia es mucho más diversa e interesante que en los demás países donde he bailado. Aquí hay mucha variedad, se trabaja más la diversidad de las expresiones”, dice esta bailarina consumada que se ha formado en la danza clásica y contemporánea.
Como ella, el bogotano Michele Cárdenas alterna su vida de bailarín con sus obligaciones como padre. Empezó a bailar a los 14 años, cuando descubrió que existía lo que los citadinos de entonces llamaban house. Allí empezó su romance con el hiphop, una relación que lo convirtió en bailarín de tiempo completo, lo llevó por el mundo y lo hizo todo un profesional.
“Es que como bailarín uno se está cuestionando permanentemente”, dice, y agrega que, para él, pertenecer a la compañía es la realización de un sueño. Michele, como sus compañeros, lo dejó todo para unirse a este viaje en el que el Distrito atiende la urgencia de darle lugar, valor y prestigio a la danza en la ciudad y nos regala la satisfacción de tener nuestra propia compañía.
Porque ¿cómo resistirse a la magia de esos cuerpos que se niegan a pasar inmóviles por el mundo y tienen la osadía de dominar el arte del movimiento para rescatarse y superar la levedad de su propia existencia?
Mayores informes: www.idartes.gov.co.