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Hasta el viernes 13 de abril se estará llevando a cabo la exposición De la selva al páramo, del artista Jeisson Castillo, en la Sala de Exposiciones de la Universidad de La Salle sede Chapinero. Allí se reúne una serie de pinturas y muestras artísticas que son el producto de una odisea por la selva amazónica y los páramos bogotanos.
Era otra noche fría y, quizá, un tanto insípida. Jeisson desmontaba la maleta con los libros de álgebra y biología y echaba sobre sus hombros una cámara para retratar a Bogotá y su gente anónima. En medio de la diversidad de la ciudad, Jeisson se escabullía entre las personas y el aire para buscar la mejor imagen y la mejor historia. Una escena se hizo recurrente y fue ella la que causó que, años después, el maestro en Artes Visuales de la Universidad Javeriana lograra dedicar su imagen y la oralidad de sus obras al reencuentro de la costumbre citadina con la cultura ancestral indígena en la selva colombiana.
La llegada de mujeres emberas desplazadas a Bogotá sembró en la mente del artista bogotano la idea de conocer las comunidades indígenas y el círculo en el cual conviven para mantener viva una identidad que ha sido deforestada y olvidada a causa de los intereses económicos e industriales de las multinacionales a lo largo del territorio nacional.
Una serie de contenidos audiovisuales, que nacieron de un proyecto del Ministerio del Interior con el fin de retratar la vida de las comunidades indígenas en Colombia, terminaron dándole motivos a Jeisson para seguir recorriendo las entrañas del país y las raíces de nuestra identidad para conocer el espíritu y la esencia de los grupos étnicos en el territorio. Los días pasaron y los bocetos iban quedando a la par de los recuerdos y los momentos compartidos con personas que viven lejos de la opulencia.
De manera transversal, el agua aparece como elemento vital de la exposición. Si bien no se muestra explícitamente, sí existe una hermenéutica de transparencia y pureza que refleja la vida indígena y la conexión que tienen estas tradiciones con el cuidado y la comunicación del ser humano con las plantas, los animales y demás seres vivos que interactúan con el agua a partir de una relación de gratitud y de apoyo mutuo.
Jeisson, que camina por terrenos inestables pero por un sendero seguro con sus pinceles y su cámara, recorrió la selva amazónica por los ríos Papurí, Vaupés, Mirití-Paraná, Apaporis, Amazonas, Caquetá e Ivai-Paraná. Allí conoció un gran abanico de culturas que demuestran la diversidad del país por sus costumbres y su identidad. Como las comunidades de los tatuyos, desanas, barasanas, tuyucas, tarianos, matapis, yucunas, yetuamas, macunas, ticunas, mirañas, ocainas, boras, entre muchos otros gremios que sobreviven con muchos o pocos integrantes, pero que nunca desfallecen en su lucha por cuidar su tribu, su territorio y su identidad.
“La experiencia de estar con estos personajes retratados es también importante a la hora de desarrollar una composición. Por otro lado, plantas sagradas como el yagé también me han ayudado en términos de composición y de material para realizar las pinturas”.
Los testimonios de vida del artista adquieren un valor tan trascendental como la palabra y la oralidad que transmiten los indígenas. Su magia, su visión de mundo y su idiosincrasia quedan plasmados en obras que nos transportan a las malocas y a las costumbres que pocos se atreven a conocer. El choque de tiempos, de comportamientos y de culturas evoca un episodio de reflexión y de introspección que pone en entredicho las acciones que llevamos a cabo rutinariamente en la ciudad y que han causado, sin ser conscientes de ello, una ruptura con la ética y el cuidado de nuestra especie y de nuestro hábitat.
“¿Cuál es mi cultura? ¿Cuál es mi tradición? ¿Cuál es el territorio al que pertenezco? Lo que encuentro es que Bogotá tiene unas características, un territorio en específico. Y los páramos, que son los que abrazan a la ciudad, son los que hacen que existan esta ciudad y la vida. En los páramos de Sumapaz, Chingaza y El Verjón es donde se crean los ríos y el agua que nosotros tomamos. A partir de ahí inicié una exploración de cuáles son las tradiciones que se crean alrededor del páramo, qué pueblos habitaron en la zona y cuál era la relación con el hábitat. Era una relación muy sacra, de lugares sagrados, pagamentos, rituales de agradecimiento”.
Una de las obras de mayor carácter simbólico en la exposición muestra la composición de la palabra Sumapaz por medio de monedas de 100 pesos. La intencionalidad de este espacio es incluir la crítica a los procesos que afectan la vida del medio ambiente: “El hecho de que el Estado haya decidido en el 2012 sacar la moneda de 100 pesos con el esqueleto grandiflora –que es una especie de frailejón– en una de sus caras, fue para mí un hecho muy diciente de los intereses del gobierno: los intereses de explotación, de venta de lo que ellos consideran que son recursos que se pueden vender. El gobierno al imponer el frailejón en la moneda, la cual usas diariamente para comprar y vender cosas, de alguna manera está metiendo en la mente de los ciudadanos que es normal poder generar una transacción del páramo. Esto es una denuncia, un grito que hago hacia la minería”.
El arte, como canal donde confluyen expresiones, críticas y homenajes, acerca a los espectadores a las vivencias del artista, a las moralejas de una travesía que llegó a lugares recónditos, donde la civilización solo ha querido llegar para explotar recursos y no para tender una mano y salvar a las comunidades indígenas que están presentes en el territorio desde mucho antes de los ideales de progreso y desarrollo. Sus pinturas y su objetivo fluyen con la misma fuerza del caudal de los ríos que recorrió, adentrarse en cada símbolo y en cada retrato es una experiencia sensorial que transmite el valor icónico y trascendental de un país que aún, a pesar de su indiferencia, resguarda una diversidad etnográfica y cultural que se mantiene arraigada a su territorio, a sus cosmogonías y a su estilo de vida libre de banalidades e intereses particulares.