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Decisiones al día (Cuentos de sábado en la tarde)

La noticia que recibió Marcela de su novio Fernando fue devastadora. El diagnóstico del neurólogo fue preciso y directo, como la flecha en el círculo diez, lanzada por el profesional del arco: ¡es un tumor en el cerebro, ubicado en sitio tan delicado, que intentar la cirugía reviste un riesgo ingente!

"Marcela con una obediencia propia de los llamados a recorrer el camino de Jesús, fue vendiendo todas sus propiedades, el apartamento y sus enseres, el carro, cerró sus cuentas de bancos y creyó estar lista para sellar su compromiso con Dios" - Ramón David González Rangel.
«Marcela con una obediencia propia de los llamados a recorrer el camino de Jesús, fue vendiendo todas sus propiedades, el apartamento y sus enseres, el carro, cerró sus cuentas de bancos y creyó estar lista para sellar su compromiso con Dios» – Ramón David González Rangel.
Foto: Unsplash -Mateus Campos Felipe

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Ambas familias estaban resignadas, influenciadas por la manera como había tomado la noticia Fernando. Todos los días la situación se invertía porque era el novio quien tranquilizaba a Marcela, para que la novedad no interviniera en forma negativa en los resultados esperados en la Universidad donde se graduó de bióloga molecular y donde trabajaba dirigiendo un semillero investigador epidemiológico, que buscaba la identificación de virus y bacterias que causan las más variadas infecciones en los humanos. Marcela es una mujer de carácter, independiente en sus decisiones, con piel trigueña, ojos claros y reposados, cabellera negra, lascivamente ondulada, con una belleza escondida en los libros, que siempre la acompañaban y estaba muy enamorada, hecho que no ocultaba con la baza de que la fecha de su matrimonio había sido establecida tres meses antes.

El veredicto del médico se cumplió con una precisión de reloj suizo, la diferencia fue solo de día y medio. El sepelio de Fernando marcó una clara frontera para Marcela, su primera decisión fue rentar un apartamento y salir de la vivienda familiar. En adelante su vida se concentró en su trabajo, logró terminar de forma exitosa su maestría en epidemiología y la Universidad poco a poco fue reconociendo su dedicación, compromiso y disciplina profesional, a tal punto que, al cabo del primer aniversario de la muerte de su novio, había logrado un ascenso importante, dirigía el grupo investigador, formado no ya por estudiantes sino por profesionales, incluidos algunos médicos.

Después del segundo aniversario de la muerte de su novio, Marcela intentó rehacer su vida social, se vio inmersa en un nuevo grupo de amigos, la mayoría gente de su Universidad, algunos profesores y directivos que la apreciaban mucho. Por un extraño presentimiento que la acompañaba con frecuencia, eran más las veces que declinaba las invitaciones a salir, a divertirse, aunque éstas se reducían a reuniones en casa de alguno del nuevo grupo de amigos; muy pocas veces a bailar en sitio público. Frente a las inquietudes de alguien osado en inquirir por su comportamiento, ella se escudaba en su respuesta predilecta: ¡Esta es la vida de los investigadores!

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En el decurso de la vida universitaria y su trabajo, Marcela se fue mimetizando en una real científica y sus diferentes ocupaciones, sumadas a los constantes viajes a congresos y seminarios, no dejaron tiempo para el tráfago social, de tal manera que fue perdiendo todas sus amistades. De no ser por sus padres y hermanos, con los cuales se reunía una vez al mes, para el “almuerzo actualizador” como su padre lo llamaba, se podría decir que llevaba una vida monacal. En esos almuerzos, Marcela siempre ecuánime, comentaba acerca de sus avances en los proyectos académicos y una que otra vez compartía sus logros en las “cosas materiales” como ella se refería a las compras que elevan el interés de las personas preocupadas por el ascenso social. Como esa vez en que informó sobre la compra de su apartamento y solicitó la ayuda de su mamá y de su hermana menor para todo lo relativo a la decoración y moblaje.

La vista que Marcela tenía en su oficina era preciosa, abarcaba muy buena parte del campus en uno de los sectores más hermosos de la sabana bogotana. Desde allí por las mañanas antes de comenzar su jornada, llamaba su atención observar una edificación muy austera, pintada de blanco y que la conservaban bastante pulcra. Como resultado de satisfacer su inquietud encontró que la construcción en mención se trataba del convento de la comunidad religiosa, llamada Carmelitas Misioneras del Sagrado Corazón de Jesús. En una ocasión, de ida para la casa de sus padres, tomó el camino de la edificación que tenía entre ceja y ceja y decidió estacionar su carro al frente del gran portón. Dio tres golpes a la pesada aldaba, el eco se escuchó durante unos diez segundos que le parecieron eternos. Pronto abrieron el “ojo de aguja” del gran portón y se asomó una monja joven que, frente a la información solicitada por Marcela, contestó: ¡La Hermana Superiora atiende los martes de dos a cuatro p.m.! En la tarde Marcela estuvo muy callada en el Almuerzo Actualizador y su Padre lo notó.

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Ese martes Marcela llegó muy cumplida a la cita y la Superiora Hermana Alba Luz, la atendió. La conversación giró en torno a la Misión que cumplía la comunidad religiosa, dónde tenían sedes, cuáles eran las condiciones y cuál era el proceso para vincularse. Las últimas palabras de la Superiora dejaron tranquila a Marcela: ¡No te preocupes, el llamado de Jesús se presenta de muchas maneras! ¡Solo debes estar pendiente de las señales!

La actividad académica de Marcela se incrementó más de lo que ella había planeado para ese año, debido a un contrato que su Universidad suscribió con una prestigiosa Universidad española, interesada en profundizar la investigación de enfermedades tropicales, para replicar este modelo en algunos países africanos. Ya habían pasado seis años de la muerte de Fernando y su recuerdo era un bálsamo tranquilizador para los días más pesados de Marcela. Con la misma fruición que dedicaba a sus quehaceres científicos lo hacía con la investigación de la comunidad religiosa y resolvía sus inquietudes, completando el formulario que la Hermana Superiora había dejado, más a manera de sugerencia que de compromiso. En algunas noches, después de arduo trabajo, solía tener un sueño revelador donde se veía plácida compartiendo sus conocimientos elementales para mejorar condiciones de vida sana y saludable. Al día siguiente de estos sueños su estado de ánimo era inmejorable, sus compañeros de trabajo lo reconocían y ella parecía que lo disfrutaba.

Marcela creyó haber identificado las señales a las que se refería la Hermana Superiora, en la complacencia de sus sueños y en lo apacible que se presentaba el actual período académico, con lo cual sintió que para ese domingo su decisión estaba tomada y era la ocasión para comunicarla a su familia, en la cita acostumbrada, el tiempo del almuerzo. De parte de la Universidad contaba con la aprobación del Rector y del Decano, su amigo de muchos actos, salvando numerosos proyectos de investigación, que por lo general cuentan con muchos enemigos por lo elevado de sus presupuestos de inversión. Del Rector había sido la idea de ofrecerle una licencia por los próximos seis meses, no remunerada. Sus palabras tenían una carga emocional evidente y encontró la oportunidad para reconocer a Marcela sus apreciados resultados, en el convenio con su Par Español: ¡La Universidad no puede perder un recurso tan valioso! ¡Exploraremos todas las opciones para que tanto usted como nosotros estemos seguros de su nueva vocación!

La noticia no cayó bien en la familia, su hermana y hermano no entendían, su Mamá terriblemente intranquila trataba de disimular su reacción acomodándose continuamente su cabello. Eran sentimientos encontrados, rabia y tristeza, tantos años de estudio y experiencia sin que ahora tuvieran ninguna importancia, pensaba y repensaba. Solo las palabras de Marcela, expresadas con la misma paz que experimentó aquel martes en la cita con la Superiora y convencida de que “lo mejor solo se compra con grandes dolores”, lograron calmarla para así culminar de una manera sosegada el encuentro familiar: ¡Madre, ahora mi servicio a la humanidad será más expedito! ¡Dios me quiere más cerca de él y será una gran Bendición para toda la familia!

Su Padre que ha sido un intelectual y libre pensador, ya en sus años de feliz retiro de las actividades profesionales, propició el justo y debido equilibrio, con la serenidad del que, en el casino, reparte las cartas en un juego de blackjack, para que la familia poco a poco fuera digiriendo este abultado y fastidioso bocado.

El martes siguiente llegó Marcela al convento con su maleta donde según instrucciones solo llevaba una muda completa, -La que te sirve, si algún día te arrepientes- había decretado la superiora Alba Luz. La acomodaron en la habitación designada donde halló lo que sería en adelante su vestimenta, el hábito de novicia. Al día siguiente la Hermana Alba Luz la recibió en su oficina, con una espléndida sonrisa, propia de dos amigas que se conocen de mucho tiempo. Tuvieron una agradable y amena conversación donde Marcela pudo deducir que se había generado entre ellas una clara empatía, justa y necesaria para que la noticia fuera percibida por Marcela sin sobresalto: ¡La primera prueba de las que te hablé en aquella primera entrevista es que viajas la próxima semana para Villa Tunari, un municipio de la Provincia de Chapare, del departamento de Cochabamba, en Bolivia! Además, es el municipio con más hogares en extrema pobreza.

El viaje de Marcela se cumplió sin contratiempo y su comunicación con su familia era fluida, oportuna y frecuente, situación que mantenía agradecida a su Mamá y motivada para compartir con sus amistades este inesperado cambio. A quien si se le notaba su avenencia era a su Padre, con mucho orgullo manifestaba que la decisión de Marcela era una gran bendición para la familia. Los más amigos tampoco entendían, pero al observar su satisfacción se resignaban y acompañaban su saludo con expresiones de alegría.

La primera prueba de Marcela fue superada con alto índice de cumplimiento como lo demostraron las distintas certificaciones de la superiora en Bolivia y que la Hermana Alba Luz registró con gozo y amplio reconocimiento en el convento. -Ahora debes prepararte para la segunda y definitiva- le advirtió a Marcela. Al contrario de lo que se esperaba para ella fue algo normal por cuanto en esta etapa de su vida el apego a las cosas materiales prácticamente ya no existía. Marcela con una obediencia propia de los llamados a recorrer el camino de Jesús, fue vendiendo todas sus propiedades, el apartamento y sus enseres, el carro, cerró sus cuentas de bancos y creyó estar lista para sellar su compromiso con Dios. Sin embargo, la Superiora con la sabiduría que le otorgaban los veintitrés años consagrados al servicio de su comunidad y a la alabanza de su Señor Jesús, le enunció: ¡Tienes los siguientes seis meses para confirmar tu vocación! Marcela ya sabía que al finalizar este nuevo período se produciría su retiro definitivo del mundo, como así lo llamaban en su comunidad y debía realizar los tres votos que, aunque temporales eran renovables: ¡Pobreza, Obediencia y Castidad!

En este lapso a Marcela le asignaron la tarea de manejar las comunicaciones de su comunidad con todas las sedes en los diferentes países. Lo primero que encontró era que todos los equipos requerían un estricto mantenimiento. Al comentarlo con su Superiora obtuvo una respuesta que la sorprendió: ¡Aprovecha tus contactos con tu Universidad, ya que es nuestra vecina! Así lo hizo, no solo para solicitar la ayuda mencionada, sino para lograr la correspondiente renovación de su licencia no remunerada. El lunes siguiente se presentó en el convento Mauricio, un ingeniero de sistemas con la edad en que el hombre adquiere la madurez completa, con una barriguita ligeramente notable, de fácil conversación y de aspecto bonachón; que de una manera diligente inició su labor, identificando algunos repuestos que era necesario cambiar. En la conversación con Marcela ambos reconocieron que, a pesar de los años de trabajo en la misma Universidad, no habían tenido la oportunidad de conocerse.

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En la segunda visita Mauricio se presentó con un hermoso ramo de flores, justo para que Marcela hubiera podido defenderlo ante sus compañeras y hacerlo pasar como adorno al espacioso salón de sistemas del convento. La comunicación entre el visitante y la nueva del convento brotaba de todas las formas, a veces no hacían falta las palabras porque los gestos lo decían todo. En el tercer mes de este nuevo período Marcela quiso probarse si esta era la oportunidad que la vida le presentaba para que su amor alguna vez interrumpido, floreciera y sobreviviera a cualquiera de las estaciones diferentes a la primavera. Concertó un encuentro con Mauricio después de su cita médica; hablaron largo y de manera escueta por cuanto Marcela ya no estaba para amoríos pasajeros y necesitaba argumentos poderosos para que en una confrontación solitaria y con la ternura de un niño, lograra llegar a un acuerdo con su “esposo” Dios, que la había bendecido siempre. Ese día Marcela quedó convencida que este era su nuevo camino; Mauricio contagiaba su felicidad a su hija, de unos nueve años, que después de escuchar a su Papá referirse de esa forma a su nuevo amor, no cabía duda que esta vez iba en serio.

En el almuerzo actualizador de ese quinto mes del último período de convento, después de las nuevas de Marcela, todo era dicha, risa, llanto, abrazos. Solo su Padre no parecía dispuesto a conformarse del giro de los acontecimientos de su hija mayor. Su estado lo dejaba escapar en las conversaciones con sus amigos, a tal punto que uno de ellos, el más bromista se inventó esta “perla”: ¿Saben por qué Jorge, el Padre de Marcela está triste? Y él mismo contestaba: ¡Porque perdió la oportunidad de tener semejante “Yerno” (Dios)! ¡jajajajaja!

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El tiempo transcurrió como Marcela y Mauricio lo habían programado, ya llevaban un año de casados. Marcela retomó sus actividades en su Universidad y ya había realizado el viaje a España donde la Universidad del convenio la aceptó para que realizara su Doctorado en epidemiología. En sus ratos de solaz Marcela pensaba en sus nuevas bendiciones, vivía en un holgado apartamento con su familia adquirida, esposo e hija, manejaba un carro del año, gozaba del aprecio de sus compañeros de trabajo, los proyectos de la Universidad marchaban de forma oportuna y con los resultados esperados. Recordó las palabras de su nueva gran amiga la Superiora Alba Luz, que se habían convertido en hábito: ¡SOLO DEBES ESTAR PENDIENTE DE LAS SEÑALES!

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