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César Augusto Acevedo asegura que nunca ha tenido un trabajo. Tras recibir la Cámara de Oro en Cannes está seguro de que hace cine porque no aprendió a vivir. Aunque nunca ha tenido nada estable desde que llegó a Bogotá, hace tres años, este vallecaucano vive de lo que ha querido ser: un cineasta.
Desde hace tiempo Acevedo se cerró emocionalmente y ahora le es imposible decir lo que siente, por lo que se ha escudado en el cine: un lenguaje que considera poético, no sólo para liberar lo que lleva adentro, sino, además, para no sentirse solo.
Por eso, la primera vez que vio terminada su película La tierra y la sombra, tuvo que salir a llorar. No era el único que lo hacía, pero se encontraba en el Festival de Cine de Cannes, donde recibió cuatro premios y la oportunidad de contar una parte importante de su vida que no se resigna a olvidar.
La tierra y la sombra es el resultado de una obsesión que lo marcó desde los primeros años en que entró a estudiar comunicación social y periodismo en la Universidad del Valle. Quiso recrear la resignación que considera que heredó de aquellas tierras por donde su padre lo llevaba de niño para mostrarle la gente y las casas que existieron en lugares en los que hoy sólo se pueden ver cultivos de caña de azúcar.
Además fue un encuentro que le ayudó “a sanar muchas heridas, a conocer y aceptarme como una persona triste”, dice Acevedo. Pero también fue un duelo, porque con la película quiso hacer frente al olvido para recuperar a las personas que amaba y así hablar de ellas una última vez.
Comenzó a escribir la historia a los 19 años, casi al mismo tiempo que murió su mamá. Primero definió la estructura y el conflicto de los personajes y luego tuvo que estructurar los diálogos.
“Había llenado esa casa con todos mis fantasmas y entre ellos no podían hablarse. Fue muy duro tomar distancia y entender que todo lo que había buscado se había perdido, los lazos con todos los que amamos y el arraigo con la tierra: en eso fue en lo que más me demoré, en darles voz a esos personajes”, asegura.
A partir de ese momento comenzó su viaje, su investigación. A bordo de una motocicleta, que le pidió prestada a su padre, estuvo viajando por varios cañaduzales, entre los que se perdía y aprovechaba para conocer a la gente y la resignación con la que aceptan que el cultivo llegó para quedarse, al igual que la presión con la que se vive dentro de esos laberintos.
En medio de los ingenios y los cultivos de caña, en la vereda El Tiple del municipio de Candelaria (Valle del Cauca) encontró el espacio adecuado para que Alfonso, el personaje principal de la película, volviera después de 17 años para reencontrarse con su familia, devastada por el progreso que ha llegado a la zona y reacia a dejar su pequeña casa en medio de las plantaciones. Una historia emotiva y llena de características culturales de la región.
Ese pequeño laberinto vallecaucano se vio proyectado en siete ocasiones en el Festival de Cannes, en donde sólo recibió halagos, como el de Peter Suschitzky, director de fotografía de La guerra de las galaxias: El imperio contraataca, quien le dijo que nunca había visto una película tan emotiva.
Hoy, dos meses después de recibir la Cámara de Oro, César Acevedo espera la aceptación del público colombiano, al que presenta esta película como “un acto de resistencia y otro tipo de mirada, de compartir y conocerse a uno mismo y de ver los problemas de fondo que a muchos nos tocó vivir”.
Por ahora adelanta la producción de dos cortos que terminará de realizar con el dinero que se ha ganado en los premios y prepara una siguiente película, en la que los protagonistas serán fantasmas que emprenden un camino al cielo en una reflexión de cómo el conflicto no sólo ha destruido los cuerpos, sino también los espíritus. “Busco darles una voz porque aquí no podemos hacer de cuenta que no pasó nada, que todas esas voces que se silenciaron no valían, y ese es un tema muy complicado por todo lo que implica. También se debe hablar del silencio de Dios”.