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Treinta años después de que Ernesto Sabato hubiera dicho cosas como “El general Videla me dio una excelente impresión. Se trata de un hombre culto, modesto e inteligente. Me impresionó la amplitud de criterio y la cultura del presidente”, o hubiese escrito frases como “La inmensa mayoría de los argentinos rogaba casi por favor que las fuerzas armadas tomaran el poder. Todos nosotros deseábamos que se terminara ese vergonzoso gobierno de mafiosos. […] Desgraciadamente ocurrió que el desorden general, el crimen y el desastre económico eran tan grandes que los nuevos mandatarios no alcanzaban a superarlos con los medios de un Estado de Derecho. Porque, entretanto, los crímenes de la extrema izquierda eran respondidos con salvajes atentados de represalia de la extrema derecha”, diversos columnistas e historiadores lo recordaron por muerto o por centenario y evocaron sus salidas de tono.
Setenta años después de que Emile M. Ciorán desfilara con la Guardia de Hierro rumana por las calles de Bucarest, los servicios secretos rumanos revelaron su pasado, su tormentoso y atormentado pasado, y una editorial publicó sus primeros textos, pecaminosos e infernales a la luz del tiempo. De una u otra forma los dos, y como ellos dos muchos más –Celine, Gunther Grass, Heinrich Böll, Milán Kundera-, pasaron de la gloria al infierno, del elogio a la condena por una respuesta, una reunión, algún vicio o una pasión adolescente. Un instante para morir.
La Historia, los humanos que escriben la historia con sus vanidades, envidias, generosidades, intereses, derrotas y triunfos, se encargó de ponerlos en un renglón que bien podría llamarse cuentas pendientes. Por ese renglón, Sabato, humanista, escéptico, idealista en medio de sus rencores, ensayista, creador de mundos e infiernos, de absolutos y frases a medias, pasó a ser un demonio arcaico, un admirador de dictadores y dictaduras, un defensor de los represores. Su visita a Jorge Rafael Videla en mayo del 79, cuando era amo y señor del Gobierno de los argentinos, y sus palabras “Argentina necesita un De Gaulle”, borró de un solo tajo su obra. Ni María Iribarne ni Alejandra ni Martín, sus personajes, lo salvaron de las acusaciones.
Incluso, dos meses atrás, poco después de su muerte en Santos Lugares, uno que otro escritor, literato, opinador o crítico, recordó en tono de burla su obra pictórica, sus cuadros existencialistas y las mil y una vez que dijo que si ‘Sobre Héroes y Tumbas’ se había publicado fue por su esposa Matilde, que la había rescatado del fuego. Por el personaje, por el Sabato hombre, le quitaron credibilidad a sus textos y sepultaron su obra. Otros críticos, con distintos nombres y en otros idiomas pretendieron destrozar frases como “Todo pensamiento nos debe llevar a la ruina de una sonrisa”, o, “Mi misión es matar el tiempo, y la del tiempo es matarme a mí: se está perfectamente bien entre asesinos”, porque una tarde, a los 16 años, Ciorán participó de un desfile fascista de la Garda de fier (guardia de hierro) rumana, un grupo nacionalista y xenófobo con decenas de miles de seguidores a partir de 1927.
Dos años atrás, la editorial L´Herne publicó algunos de los primeros textos de Ciorán, de los cuales él se arrepintió tiempo más tarde y por el resto de su vida. Aunque allí, según el columnista de El Mundo de España Ruben Amoun, ya se advertían entre líneas la personalidad, la misantropía, el cinismo y el desasosiego de Ciorán, el aspecto más llamativo de sus escritos tenía que ver con sus sobresaltos y tentaciones antisemitas, filonazis y anarquistas. “El Ciorán joven quedó fascinado por su visita en 1933 a la Berlín de Hitler –decía Amoun-. Quedó impresionado por la coreografía megalómana del régimen nazi, hasta el extremo de que le envió una carta a Mircea Eliade en la que le confiaba abiertamente el entusiasmo por el orden político que se estaba levantando en la nueva Alemania”.
Por aquel entonces tenía 25 años. Como Sabato, había nacido en el año de 1911, y como el argentino, a quien conoció en París en los 80, su vida fue un pasar etapas, un evolucionar con errores y aciertos, idas y regresos. Los dos se equivocaron. La Historia quiso confirmar que erraron, tal vez porque esa Historia, fría, distante, no tuvo en cuenta jamás las contradicciones de las que hablaba Fernando Pessoa. Los dos vivieron en tiempos y circunstancias precisas, mucho antes de que los protagonistas de aquellos años hubieran cambiado hasta transformarse en lo que fueron. Los fascistas de 1930 no eran los mismos de 1945. No eran iguales. No podían serlo. Quienes alguna vez creyeron en ellos lo hicieron desde la ingenuidad y el idealismo. Luego todo fue distinto, incluidos Sabato y Ciorán, que escribieron sus obras más allá de sus errores, de sus vicios.