Democracia y soberanía popular como formas de vida

“Tal vez nunca como hoy la democracia ha sido tan aceptada en la teoría y tan rechazada en la práctica”. Esta aserción del profesor Diego Antonio Pineda, en la Introducción al libro “La democracia como forma de vida” de John Dewey, nos recuerda que seguimos alabando la democracia y creyendo en ella sencillamente porque hasta ahora no se ha inventado nada mejor, a pesar de que la gente del común siga reduciendo democracia a elecciones.

John Dewey, nacido el 20 de octubre de 1859 en Burlington, Vermont, Estados Unidos, y fallecido en Nueva York el 1 de junio de 1952.
John Dewey, nacido el 20 de octubre de 1859 en Burlington, Vermont, Estados Unidos, y fallecido en Nueva York el 1 de junio de 1952.

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Y si bien la democracia llegó a ser considerada por Aristóteles como la menos mala de las formas pervertidas de gobierno, lo cierto es que, tras los totalitarismos, fascismos y dictaduras del siglo XX, no estamos dispuestos a renunciar a ella. Se ha convertido en un valor, en un modo de vida, en “un modo personal de vida individual” como dice Dewey. Más que una forma de gobierno, que empodera al pueblo, le da participación activa, limita el poder, garantiza unos procedimientos, tiene instituciones para proteger las libertades y los derechos; más que una forma política, que se convirtió en el ideal hegemónico en la modernidad, la democracia es, ante todo, una forma de vivir, de existir y convivir.

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Este bello párrafo del libro de Dewey, escrito cuando ya se había iniciado la Segunda guerra mundial, es bastante diciente: “cuando pienso en las condiciones bajo las cuales viven hoy tantos hombres y mujeres, en muchos países extranjeros, bajo el terror del espionaje y corriendo un peligro latente, por reunirse con sus amigos para tener una conversación amigable y por tener reuniones en privado, me siento inclinado a creer que el corazón y la garantía última de la democracia está en las reuniones libres entre vecinos en las esquinas de las calles para discutir y volver a examinar las noticias de cada día leídas en publicaciones sin censura y en las reuniones de amigos en las salas de sus casas…”.

Tras el terror, el asesinato, los exilios, las violaciones a la dignidad humana y la pérdida de la libertad en los campos de concentración; la anulación de las libertades de movimiento, reunión, expresión, conciencia, etc., ocurridas en la primera mitad del siglo XX en Europa, la democracia como la mejor de las formas de gobierno se fortaleció. De hecho, se legitimó cada vez más desde los puntos de vista ético, filosófico y político. No sólo se vio como un freno contra todo totalitarismo o dictadura, sino como “la conciencia que tiene el Estado para detenerse frente a la integridad de la persona humana”, como decía María Zambrano. La democracia, entonces, sería el mejor régimen de convivencia para realizar la vida humana de una manera libre y digna; sin miedos y sin barbarie, la única que permite la creación para superar sus propios límites. 

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Por eso, para Dewey la democracia tiene que ver con los hábitos “que guían el pensamiento, la acción y la sensibilidad de los individuos”; debe ser una manera de vivir, que se encarna en la práctica, en las acciones, en el día a día en la casa, la calle, la oficina, el trabajo y el espacio social. Ella está también relacionada con una “inteligencia social pública”, que les permite a las personas una cooperación reflexiva; una inteligencia que permite crear, y que es una fuerza para mejorar la convivencia humana, aspectos que deben pensarse todos los días, reevaluarse, pues la democracia fue para el pensador norteamericano (uno de los padres del pragmatismo), un experimento, “un ideal de vida que debe ser construido y reconstruido de forma permanente”, como afirma Diego Antonio Pineda, pues su logro no es definitivo ni escapa a la historicidad.

Para Dewey, también, en la democracia, y en la cooperación misma, afloran las diferencias, las cuales no sólo son un derecho de las otras personas, sino “un medio mediante el cual enriquecemos nuestra propia experiencia de vida”. Este aspecto lo debe tener muy en cuenta la sociedad colombiana actual atravesada por el odio y los sectarismos, pues el pluralismo, como bien decía Orlando Fals Borda, debe verse de manera productiva, ya que la diferencia enriquece la sociedad y desarrolla sus potencialidades.

Si bien hoy la democracia tiene muchos obstáculos como la suplantación de la representación, la dictadura de los técnicos y la disminución de la participación efectiva del pueblo, entre muchos otros que puso de presente Norberto Bobbio en El futuro de la democracia, por eso mismo debemos luchar por ella, máxime cuando tiempos oscuros se avecinan con la actual crisis civilizatoria y el concomitante auge de la derecha mundial fascista. En este panorama próximo, es claro que mientras la derecha y el neofascismo quieren restringir cada vez más derechos, la democracia debe luchar por su expansión progresiva e igualitaria.   

Un aspecto fundamental para recuperar el papel de la democracia es la cultura política, la educación popular, el trabajo permanente con las gentes sencillas, en todos los espacios públicos y privados. En pocas palabras, empoderar la soberanía popular. Éste es un concepto manoseado por los políticos, pero al que en estricto sentido le temen, pues su realización efectiva y material como poder participativo, consciente y creativo, socavaría sus injustos privilegios y desenmascararía su descarado cinismo.

Es preciso recodar lo dicho por el pensador colombiano Darío Botero Uribe: “la soberanía popular exige un hombre capaz de disentir, con una capacidad de juicio, con un sentido crítico, con una cultura mínima que le permita analizar las propuestas en materia económica, política y cultural…Cuando el pueblo carece de una cultura política, la manipulación, el populismo, el clientelismo están a la orden del día en el manejo político”. Evitar estos males, exige, entonces, que la soberanía popular se empodere, se irrigue en las instituciones del Estado mediante el control político, las veedurías, con el uso de todos los mecanismos de participación, en fin, que se convierta en parte de la existencia cotidiana de la comunidad política.

La democracia, y sus ideales, finalmente, debe producir una conversión en las personas, esto es, debe generar una transformación radical de la existencia, tal como ocurre en toda conversión auténtica; debe hacer compatible la libertad con el interés, y, como decía María Zambrano, debe convertirse en el régimen donde “no sólo es permitido, sino exigido ser persona”. El día que en Colombia entendamos estos principios básicos, se habrán puesto los pivotes de una verdadera convivencia pacífica, en condiciones de libertad, dignidad y justicia social.   

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