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Todos conocemos La Cenicienta. De una manera u otra, la historia está tallada en nuestra memoria desde pequeños. ¿Pero de dónde viene esa Cenicienta que la mayoría de nosotros recuerda? ¿Y por qué sigue siendo tan relevante en el mundo contemporáneo?
Se ha dicho mucho que las mejores historias son aquellas que trascienden el tiempo. Es decir, aquellas que son relevantes siempre, sin importar en qué época se cuentan. Esto es cierto. Y la prueba, todavía viva, es nuestra querida Cenicienta.
Cuando nuestros padres trataban de dormirnos —a veces sin éxito—, leyéndonos cuentos de hadas, quizá no se daban cuenta de que al hacerlo estaban continuando una tradición iniciada hace muchos siglos. Esa tradición es la del cuento con moraleja, del cuento que refleja el idealismo al que aspira el ser humano.
Esto al principio no es muy aparente para un niño. Incluso de adultos, a veces sólo recordamos La Cenicienta gracias a la calabaza y el hada, elementos mágicos que fueron añadidos por Charles Perrault en su propia adaptación del cuento en el siglo XVII. La historia original de Cenicienta —si es que se puede hablar de tal— se remonta por lo menos hasta el siglo I antes de Cristo, en una versión griega conocida con el nombre de Rodopis. Pero cientos de versiones y variaciones existen alrededor del mundo en las más diversas y distantes épocas. Entonces, ¿qué nos dice toda esta disertación histórica? Es simple: La Cenicienta en realidad no se trata de magia. Su esencia son la humildad y la bondad como vehículos para encontrar la felicidad y emancipar a la humanidad.
Así lo comprendieron el compositor Gioachino Rossini y el libretista Jacopo Ferretti cuando decidieron trabajar en su propia versión operática del cuento a principios del siglo XIX. Sin necesidad de hadas o calabazas, la ópera nos presenta lo que podría describirse como la versión “realista” de La Cenicienta. La única magia, quizás, yace en la música y en el disfraz, los dos recursos más importantes que utiliza la ópera para contar esta historia inmortal.
Es entonces apropiado que este sea uno de los eventos más importantes del presente Festival. Con un reparto de ensueño, la unión entre música y fábula llegará a una apoteosis hoy en el teatro Adolfo Mejía. El esmero en la preparación de la obra ha sido impecable y los ensayos han sido llevados a cabo en un ambiente prácticamente hermético. Sólo el pasado miércoles se autorizó la entrada a la prensa a lo que fue un ensayo general. Pero para los asistentes, el ensayo fue más bien un concierto con todas las de la ley: el vestuario y la escenografía estuvieron presentes, y la obra fue interpretada en su totalidad. La acción en escena sólo se detuvo una o dos veces máximo y, al terminar, los artistas hicieron la venia como si la escasa audiencia representara un teatro colmado. Los que estuvimos presentes pudimos confirmar la majestuosidad del montaje semiescénico y la calidad atemporal de un cuento donde triunfan la bondad y la humildad.
El entorno no podría ser más apropiado, pues el teatro es humildemente hermoso. Jacopo Spirei, el director escénico, no dudó en comentar que el Adolfo Mejía es “uno de los teatros más bellos” en los que ha trabajado. Y es que la belleza del teatro no radica en su pomposidad, como es el caso de otros famosos escenarios del mundo. Su belleza radica, aparte de su magistral trabajo arquitectónico, en su entorno íntimo. Es el lugar perfecto para apreciar una historia que nunca cansa y nunca cesa de enseñarnos los principios a los que debemos aspirar. Hoy, por lo menos, los necesitamos más que nunca.
* Compositor y musicólogo.