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Entraba por Brasil a la Argentina. Sus padres no eran Horacio ni Cristina. Él no venía de Cuba y no hablaba español. Él no se llamaba Juan. Así pasaba 1979 para él, un niño todavía, que había crecido bajo la sombra de unos padres que luchaban por la patria desde el exilio. Aprendió a decir mentiras, a ser otra persona, para que no lo descubrieran, para que no lo desaparecieran. Aprendió a creer en la revolución. Su ídolo: el Che Guevara. Conocía todas sus historias, eran los cuentos que le contaban antes de dormir. Lo había pintado, había soñado con él.
Era 1979 y los revolucionarios regresaban a argentina algunos años después de la muerte de Perón. Habían estado lejos, pero no se habían olvidado de su objetivo, de su defensa de la patria. Habían regresado a cumplirlo. Y Juan también. Él había regresado con ellos, con sus padres, los líderes de esa revolución. Pero ya no era tan chico. Ya no le hacía dibujos a su padre sobre el Che, ya quería vivir sus propias experiencias. “¿Cómo sentiste que estabas enamorada de papá?”, le preguntó a Cristina, su madre, esa a la que no podía llamar madre en público. “Sientes una cosa en la barriga, una cosa”, le respondió ella. Y él se enamoró. De esa niña que había visto en la clase de gimnasia. Pero no podía hacerlo. En la guerra no había tiempo para enamorarse.
“Desde que decidí filmar mi trabajo, quería contar esta historia, mi historia. Pero no quería una película autobiográfica”, afirma Benjamín Ávila, el director de Infancia clandestina. Quería contar esa porción de la historia argentina desde lo que él, siendo niño, había vivido. Y cómo lo había vivido. Era el miedo lo que quería mostrar. Pero también quería ir más allá del miedo, contar los matices de ese miedo. Ese intentar llevar, mientras todo pasa, una vida normal. Y en esa vida, casi paralela, casi contradictoria, aprender a querer. Una mano, una mirada, una sonrisa, un beso. Una cara, esa cara, verla aunque sea una vez más.
Infancia clandestina se cuenta desde la perspectiva de Juan, de cómo tiene que afrontar una adolescencia que está a punto de llegar, mientras sus padres luchan por una causa mayor. Ávila recurre, por momentos, a la caricatura; para mostrar los instantes más crudos, las balas, los gritos, las muertes, el llanto. Sigue siempre a su personaje, que a veces es Juan y a veces Ernesto, en su proceso de encontrar, de encontrarse, mientras que muchos otros van desapareciendo.