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‘Despachados’: el caos de crecer

Usted no está entrando a teatro. Usted llega a una oficina y ve conversar a un par de hombres. Si mira al frente se encuentra con su propio reflejo en las ventanas. A su lado están 20 personas. Solo para ese número hay sillas disponibles. Se siente muy cómodo, es como si le estuvieran contando un cuento al oído en la sala de su casa.

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El diálogo entre Álvaro (Manuel Sarmiento) y Diego (Alejandro Aguilar) le roba sonrisas, le hace pensar en su propio pasado y le recuerda esa creencia popular que dice que una amistad real solo puede existir entre dos hombres. Sí que se quieren ese par. Incluso a usted le da envidia y piensa que le encantaría tener un amigo así, una relación así. Pero algo no encaja. Siente la tensión entre los dos, la desconfianza mutua disimulada por alguna broma. Tal vez es el sonido de ese teléfono fijo que no para de sonar.

De pronto, la charla que empezó con comentarios sobre relojes y sobre el tamaño de la oficina, empieza a convertirse en un ir y venir de indirectas. Diego lanza ciertos juicios sobre el cambio de vida de su amigo, se burla de su pinta de empresario. Álvaro se defiende y le hace entender a Diego que es un inmaduro. Él creció, Diego se quedó en la adolescencia. Se le nota en lo que dice, en la pinta, en la mirada. Cada uno representa el éxito y el fracaso según lo que entendemos como tal en Occidente. Pero el guion debate esas nociones y ellos mismos se encuentran confundidos.

Álvaro tiene un punto débil: su exmujer. El de Diego son sus propios sentimientos. En medio del cruce de palabras descubren que se engañaron, que uno le puso una trampa al otro. ¿O no? Todo es muy confuso.

En ese momento, usted, sentado en su silla de espectador, descubre que está en una puesta en escena. Esos actores sí que han sabido engañarlo. Los ha visto en televisión y en cine, sobre todo en cine, pero aquí se ven aún mejor. Transmiten todo su dolor, todo su caos. Los tiene demasiado cerca. La intimidad de la sala le hace sentir que tiene un zoom en sus ojos, no se pierde ningún detalle.

El montaje tiene al menos tres puntos de giro que lo mantienen ahí, completamente perdido en la situación. Siente compasión por los dos personajes protagónicos. En el desenlace se entera de que ninguno es el villano. Los dos han sido víctimas, según puede inferir del diálogo, de un sistema, de un jefe de esos que habitan en el mundo. El final es contundente y lo deja mudo: crecer es horrible, esa es su conclusión mientras aplaude.

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