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Diez años sin Moreno-Durán

La experta en la obra de uno de los grandes escritores colombianos del siglo XX nos lleva de vuelta a sus novelas, cuentos y ensayos.

21 de noviembre de 2015 – 09:00 p. m.

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Conocí a R. H. (1946-2005) a mediados de los 80, cuando fue invitado por el Banco de la República y la Universidad Javeriana para homenajearlo en un simposio sobre literatura colombiana. Quienes habíamos leído De la barbarie a la imaginación y las novelas de su trilogía Fémina suite, que circulaban en Colombia en fotocopias, sabíamos de la escritura renovadora, juguetona y crítica y notábamos la erudición que algunos reconocían como soberbia.

Fue tildado de misógino, debido a los comentarios chocantes sobre los personajes femeninos de la realidad y de sus ficciones, a quienes dotaba de actitudes y liderazgos propios de los tradicionales roles masculinos con el fin de mostrar el poder matriarcal. Y es que su literatura es una saga sobre y desde la mujer, que contrasta con las versiones femeninas tradicionales: ni divinizada ni demonizada, se prepara para asumir, y lo logra, una función autónoma en la vida y en la sociedad. En su primera novela, Juego de damas (1977), la identifica en su paso de “Menina” a “Mandarina” y a “Matriarca”, y explica sus aprendizajes en un proceso de conquista erótica, de espacios culturales y de poder político durante el siglo XX, y a su vez anuncia su presencia en el siglo XXI. El tema se volvió referencia obligada al hablar de su obra, hasta entender que hay una perspectiva crítica referida a un cuerpo cultural, que “la historia del país admite una lectura femenina”, que el autor va más allá de rebajar a la mujer y anticipa el lugar que ocupa hoy en la cultura y en la sociedad de Colombia y del mundo.

Al reconocer el siglo XX como el de las revoluciones, entre ellas la fascinante e irreversible de las mujeres, las relaciona con la clase media ilustrada en la que se perciben más hondamente los conflictos. Lo mismo sucede con su perspectiva del paso de la utopía al escepticismo. Y lo que llamó “orgía galante” destaca el vaticinio en sus percepciones: inquieta la fuerza de acción de sus personajes femeninos frente a la insignificancia e inutilidad de los actos masculinos. Si desde Fémina suite anticipa las conquistas de la mujer —y lo sostiene en toda su narrativa—, en Pandora (2000) reinventa ficciones, muestra la relación honda de sus lecturas, homenajea a la mujer a través de personajes femeninos de obras literarias publicadas entre 1905 y 1991, y afirma que “todas las mujeres son la misma mujer”, pues su signo corresponde a una voz plural de diversos lugares.

En La memoria irreconciliable de los justos. La Universidad Nacional en la década de los setenta hace un balance en el que se capta el compromiso con su tiempo: mayo del 68, la generación Beat, la Guerra de Vietnam, la confluencia de la mujer en la universidad, la liberación femenina vista en la minifalda y la píldora anticonceptiva, la importancia del cine europeo y de determinados autores en la formación del pensamiento crítico. Subraya significativamente que su generación creyó en la utopía y sintió el peso del escepticismo: “creíamos inocentemente en la utopía y a partir de mayo del 68 esta fue imposible”. Cada vez se entiende mejor cuando hablaba del “escepticismo creativo”: “Teníamos la sospecha de que si nosotros éramos el futuro, como decían los mayores, era contra nuestra voluntad: ¿qué futuro puede haber en una farsa?”.

Un escritor en la universidad

Perteneciente a la generación que se formó en la conciencia crítica, el influjo de la Revolución cubana y las renovaciones y experimentaciones del boom narrativo latinoamericano, Moreno-Durán consideró fundamental para su formación literaria e intelectual su época como estudiante de derecho de la Universidad Nacional de Colombia a fines de los 60, llamando la atención sobre los movimientos estudiantiles, la mujer que se prepara para abrirse camino más allá del mundo doméstico y la clase media que en el Nuevo y en el Viejo Continente refleja de manera sustancial las crisis de valores, los problemas y los fracasos. “Nunca la universidad respondió? tanto a su sentido de universalidad como en aquella década”, decía, y, gracias a ese momento histórico y a su experiencia en la institución que con orgullo llamó alma máter, reiteró que su “escritura quiso ser desde entonces la constatación de una ética: la de la transgresión”.

De esta época valoró a Mito y ECO, las revistas colombianas que contribuyeron a estar a tono con el presente y a mostrar la apertura a debates y autores del momento y la divulgación del pensamiento y las expresiones occidentales. Confesó leer a Jorge Luis Borges, Macedonio Fernández y Felisberto Hernández, Joyce, los clásicos y los contemporáneos. Reconoció la presencia de Camus y Barthes en la Revolución de Mayo, el primero como el más consultado y debatido entre los jóvenes de su generación, y el segundo por el sentido de la revolución y de la escritura. A los dos rindió explícito homenaje: a Barthes en los cuentos de Metropolitanas y a Camus en su breve novela policial: Camus, la conexión africana (2003).

Y al referirse a la formación del pensamiento crítico y reflexivo más allá de la universidad, dio importancia a las películas del “decenio iniciado con West Side Story y clausurado lúcidamente con Blow Up”, a El graduado y a los directores Jean-Luc Godard, Federico Fellini y Bergman, diciendo que los estudiantes hablaban de Julieta de los espíritus y El sirviente y vivían “el morbo que las intimidades universitarias desplegaban en ¿Quién le teme a Virginia Woolf?”.

El contertulio

En sus quince años en Barcelona y otros lugares de Europa, y los dieciocho últimos en Bogotá, no sólo amplió su producción literaria y se hizo necesaria su presencia en el ambiente cultural. Consignó sus lecturas en cuadernos personales que llamó Los protocolos de Babel, y sus conversaciones, tertulias, mesas redondas y conferencias fueron una fiesta de la palabra, incluso en los últimos encuentros propiciados por su enfermedad, donde atendidos por su esposa, Mónica Sarmiento, y en presencia de su hijo Alejandro —a quien dejó un conmovedor testamento literario que llamó Carta al hijo—, sus amigos narradores, poetas, pintores e historiadores gozaron de su palabra y sentido del humor.

Evocándolo en sus memorias, Germán Espinosa ve no solamente al amigo sino al contertulio que con naturalidad deambula “por la cultura universal como alguien lo haría por su parroquia”. Puedo aseverar que, como Rodrigo Parra Sandoval, Darío Ruiz Gómez, Óscar Collazos y otros de su generación, fue un autor actualizado en la lectura de clásicos y contemporáneos y con una prodigiosa memoria literaria. El contertulio de gran conocimiento y humor también se reflejó en sus entrevistas a grandes autores: Como el halcón peregrino y su programa de televisión Palabra mayor.

Todo cabía en ese conocedor de la gramática de humor mordaz. Sus lectores saben que jugaba con las palabras para trastocar su sentido y hacer reír: se mofaba de la Atenas Suramericana llamándola la tenaz o la apenas suramericana, aludiendo a la decadencia y la violencia. Y al ironizar sobre la grandilocuencia nacional que consideró arribismo “hasta en las cosas onomásticas”, se burló del afán de apelar a la tradición clásica para lucir ilustres, como dice de nuestros políticos y diplomáticos en Mambrú o en Los felinos del canciller.

El último jueves que lo vi festejaba los cuarenta años de Mónica y hablaba de la novela de Jorge Edwards que no alcanzó a presentar. Las notas con letra refinada quedaron en el último cuaderno de sus protocolos. Salió de urgencia para el hospital y pedía disculpas por “dañarnos la fiesta”. Al salir sabíamos que no lo veríamos más. El sábado Mónica me solicitó de parte de él escribir unas palabras que leí el martes en su funeral. Todavía duele. Diez años después sorprende el olvido de sus editores, a sabiendas de sus amplios reconocimientos y de la obra que dejó inédita: un libro de cuentos, una novela y sus memorias. Durante estos diez años ha hecho falta el intelectual.

* Poeta y ensayista, maestra de literatura y autora de “La novela colombiana ante la crítica, 1975-1990”, “Fin de siglo, narrativa colombiana”, “Narrativa colombiana, búsqueda de un nuevo canon” y “Más allá de Macondo. Tradición y rupturas literarias”. “De artes y oficios” (Taller de Edición Rocca) es su más reciente poemario.

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